En verano de 1969, cuatro muchachos de Liverpool con nombres tan comunes como John, Paul, George y (un poco más raro) Ringo, se reunieron en los estudios Emi, en el número 3 de la calle Abbey Road de Londres, para grabar el que ya empezaban a olerse que podría ser su último trabajo juntos. En la producción estaba otro George, de apellido Martin, y a su lado un pequeño grupito de ingenieros de sonido entre los que estaban un tal Geoff Emerick y un veinteañero que respondía por Alan Parsons. Para quien no conozca la historia, podría ser cualquier banda de entonces, en un estudio cualquiera y grabando un disco del montón.

No hace falta decir que aquellos cuatro muchachos no eran precisamente unos principiantes, y que el estudio, a pesar de su escueto nombre y su austera apariencia, estaba destinado a convertirse en uno de los más famosos de todo los tiempos. En parte, por lo que el aquel cuarteto estaba a punto de lograr en los meses siguientes.

Tensiones y peleas en la cúspide

Sin embargo, los antecedentes no podían ser menos halagüeños. A pesar del enorme éxito de crítica y ventas de su predecesor álbum blanco, y de haberse convertido a lo largo de la década en la indiscutible referencia, no solo musical, sino también cultural, los Beatles no vivían precisamente su mejor momento como banda. La traumática muerte de Brian Epstein, su manager, descubridor y apaciguador de sus tensiones internas, había hecho mucha mella en la banda.

El hecho de que Paul intentara erguirse en el líder antinatural de la banda, al menos en su faceta de marketing y gestión del negocio, no ayudó a relajar una situación ya tensa debido al desgaste de años de interminables giras, entrevistas, grabaciones y compromisos promocionales, incrementada por diferencias artísticas, roces musicales, pleitos mercantiles y una enorme lucha de egos.

Malos precedentes antes del Abbey Road

Las grabaciones del álbum blanco ya dejaron en evidencia muchas de esas diferencias artísticas. Las sesiones del Let It Be, que sería a la postre su último trabajo publicado (aunque las grabaciones fueron anteriores al Abbey Road), fueron recogidas en un documental en el que se ve a los miembros de la banda discutir abiertamente entre ellos. Básicamente, la complicidad entre ellos había concluido poco después de terminar el Sargent Pepper’s. A partir de entonces, las canciones las hacían por separado, usando a los demás como poco más que músicos de sesión (eso sí, realmente formidables y coordinados).

El épico final de los Beatles

No obstante, lo que salió de aquellos estudios al final del verano de 1969 fue uno de los mejores discos no solo de la banda, o de la década, sino de toda historia de la música popular. John Lennon aparece en auténtico estado de gracia con canciones tan visionarias como Come Together o Because, George Harrison dando su definitivo paso al frente como compositor en las formidables Something y Here Comes The Sun, Ringo firmando uno de los mejores cortes del disco en la alegre Octopus’s Garden y Paul McCartney, sin estar precisamente inspirado, creando un apoteósico meddley con trozos de canciones y descartes que servirían de épico cierre para el disco y la banda.

Un álbum imprescindible, que sorprende por una disparidad de estilos que, a pesar de todo, se escucha como un todo coherente en el que sobresale la madurez de una banda absolutamente irrepetible.

Un artículo de Ignacio Moreno.

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