ARCO. Feria internacional de arte contemporáneo. Del 26 de febrero al 1 de marzo. Ifema. Madrid

Una mañana en ARCO. La primera impresión es que el arte gana terreno, que se han marchado los saltimbanquis, los maestros del efecto mediático. ¡Espera! Está Franco. Es un Franco irónico, un Franco como de sello, con sus «méritos», desde los pantanos a su participación en los Lunis. Esta vez no ha sido un artista nacional, como aquel que lo metió en el refrigerador de la Coca-cola. Ahora es un nórdico. ¿Qué les habrá hecho Franco a los nórdicos, a los que permitió tostarse en las playas hasta desangrarse como langostinos torrados a la parrilla? Franco como reclamo, como anzuelo. ¡Funciona!

Franco atrae a un equipo de televisión de La Sexta, excita sus hormonas, y la reportera quiere a toda costa hablar con el dueño de la galería, con el artista, que reside en España. Arco en La Sexta será Franco, desalojado del Valle para acabar en la Feria de Arte. Uno sospecha que el arte para algunos es lo que llevan dentro antes de entrar en Arco. Menos mal que tenían al autócrata, de lo contrario, no sé qué iban a contar de ARCO. El Franco de Riko Sarinen cuesta 50.000 lereles. En Arco, si quieres salir en La Sexta, lo tienes fácil: haz un Franco.

Franco de Sarinen
Franco de Riko Sarinen

El Franco que «no fue tan malo como dicen» es, sin embargo, la única concesión al circo mediático que uno ve en el recorrido por la Feria. Este año hay más arte y menos papilla pop. Hay un granito y unos grabados de Chillida, que ya hacía estas cosas cuando el general mandaba, y cuadros de Barjola, que a uno le gustan de manera especial. Hay algo de Calder, y de Tàpies. Hay un Retrato de Jacqueline, pintado por Picasso que se puede comprar por algo más de seis millones de euros, que es lo que uno suele llevar a la feria en los días laborables. Es el cuadro que está en la cabecera de este artículo. Si no tiene suelto o va en un mal día siempre se puede hacer un selfie o llevarse una foto de móvil para el recuerdo.

Barjola
Obras de Barjola

En ARCO vas de galería en galería mientras unas muchachas reparten café y unas bolsas diminutas que contienen una porra, o un par de churros. Las chicas explican a los paseantes, en especial a los foráneos, qué es una porra y qué parentesco tiene con los churros. El forastero entiende mejor el mostrador donde se reparte champagne Ruinart, acompañado de trozos de fruta. O la enorme barra de ron Brugal. Dos golpes de ron a las once de la mañana ayudan a comprender el arte y a transitar por la exposición patrocinada por un periódico donde se habla de la «degradación de las palabras«. ¡Mamma mia!

Arco 2020
Arco 2020

Una feria sin chinos

No hay chinos, apenas hay chinos. Pero mi acompañante tiene la mala suerte de tropezarse en la puerta con la única que ha venido a Arco. Arrastra una maleta que en la multitud es un peligro con ruedas. La china pide perdón y reparte abrazos, sin darse cuenta, quizá, de que el abrazo ha cambiado su sentido: ha pasado de ser un gesto cordial para convertirse en una amenaza. Al abrazo de la china respondemos de la misma forma que ellas cuando alguien amaga con un beso. El otro chino que se nombra en ARCO es Ai Wei Wei, pesadilla del régimen, al que los capos del Partido Comunista chino consideran un auténtico virus.

Hay dos paseantes que llevan mascarilla, pero como quien lleva un Louis Vuitton. En realidad en estos sitios uno espera mascarillas firmadas. Para algunos de los que se levantan las gafas para mirar con detalle la firma de un Picasso el coronavirus sería una vulgar ordinariez, cosas de la gente que viaja en metro. Mientras saltamos de galería en mostrador procurando no pisar obras de arte o el tubo aspirador del señor de la limpieza, la radio anuncia que se ha detectado el primer caso en Madrid, y luego un segundo. Los dos están aislados. Para cuando salgan, la Feria habrá echado el cierre.

El viaje, antes del coronavirus

En otra galería cuelgan unas metáforas del viaje: fotografías de un sujeto que viaja cargado de maletas. Obviamente esto se hizo antes del cororavirus. Ahora estamos en el pánico y el miedo al que se mueve. El que viaja de aquí para allá es un sujeto portador de algo malo: virus desconocidos que cabalgan a lomos de nómadas.

Metáforas del viaje, antes del coronavirus
Metáforas del viaje, antes del coronavirus

Y luego está el espacio de los libros, de las editoriales dedicadas al arte, entregadas a sus autores. Ya hemos comentado en un artículo anterior la presentación de Bodas de sangre de Lita Cabellut, editado por Artika. Pero el que se acerque a Arco puede disfrutar de las pinturas de Hockney editadas por Taschen. Hockney es siempre una brisa fresca, con sus colores puros, eléctricos, intensos, joviales, y sus cuadros llenos de luz, de sol, de flores, de cristales y persianas, de un hedonismo feliz y sin culpa. Los payasos y los domadores este año no han venido a ARCO. Y la verdad, no se les echa de menos.

Hockney en Taschen
La ventana de Hockney en la editorial Taschen

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