(Y la representación humana de la idealización ídem)

En la segunda temporada de la magnífica serie Fleabag, -si Phoebe Waller-Bridge supiera cuánto la amo, me acusaría de idealizarla sin derecho-, la protagonista, Fleabag, (Phoebe) y Belinda, (Kristin Scott Thomas), conversan en la barra de un bar. Entre sonrisas cómplices, Belinda manifiesta que las mujeres llevan el dolor dentro: «es nuestro destino. Dolores menstruales, de tetas, partos. Los hombres tienen que buscarlo. Se inventan todos esos dioses y demonios para sentirse culpables de no sé qué, algo que nosotras sabemos hacer muy bien solitas. Y luego se inventan guerras para sentir cosas. Tocarse entre ellos. Y cuando no hay ninguna guerra juegan al rugby. Y en cambio nosotras lo llevamos todo en nuestro interior. Sufrimos dolor en ciclos durante años y años y años. Y luego, justo cuando crees que estás en paz con todo, la maldita menopausia llega y es la cosa más maravillosa del mundo, joder, y ya eres libre. Ya no eres una esclava. Ya no eres una máquina con partes…».

Si el autor de este artículo fuese mujer, aplaudiría con orgullo esas palabras. Incluso sin serlo. Y es que en el reciente documental “Audrey, más allá del icono”, de Helena Coan, Hepburn, con su apaciguadora y melancólica voz, sin querer, desde luego y rizando el rizo al máximo, lleva a las palabras de Scott Thomas con las suyas tras separarse de su segundo marido, el psiquiatra italiano Andrea Dotti: «los hombres son seres humanos con toda la fragilidad de las mujeres. Quizá más vulnerables. Se puede herir a un hombre fácilmente…». Claro que, también lo hace, -detalle que el documental muestra bien, aunque sin escarbar demasiado-, su propia vida.

Audrey Kathleen Ruston nació en Bruselas y era hija de un diplomático británico con ínfulas, que abandonó a la familia en 1939, y de la neerlandesa baronesa de Heemstra, ambos simpatizantes nazis que, sin embargo, no pudieron evitar las penurias, el hambre que el futuro mito entre mitos sufrió durante la ocupación de las SS en Ámsterdam. Aun así, como relata su propio hijo, fruto de su primer matrimonio con el actor Mel Ferrer, formó parte activa de la resistencia, llevando mensajes en sus zapatitos.

No era sólo una mujer melancólica, quizá harta de emitir solo belleza bajo constante presión.

Tras la guerra, llega a Estados Unidos. No cumple su sueño de ser bailarina, admitiendo no ser una gran bailarina, pero, junto a aquel titán de la interpretación y de la mesura llamado Gregory Peck, triunfa con todo un Óscar en su primer papel importante, “Vacaciones en Roma”. En solo cuatro años pasa de un sótano bajo el infierno nazi, a ser uno de los símbolos, nunca sex-symbol, de la época dorada de Hollywood. A ser, quizá, la más admirada y querida musa de Hubert de Givenchy que, según la escritora Clemence Boulouque, autora de “Un instant de grâce”, sobre la vida de la actriz, se sorprende doblemente al verla por primera vez: primero por esperar a Katherine, la otra Hepburn, y segundo por su mágica sonrisa, capaz de cautivar a las piedras. Una vez alcanzada la madurez: («y luego, justo cuando crees que estás en paz con todo, la maldita menopausia llega…»), con dos matrimonios fracasados, -en palabras de su nieta: «es muy triste saber que la mujer más amada del mundo carecía de amor a su alrededor»-, siendo la primera actriz, junto con Elizabeth Taylor y en un Hollywood de hombres, en ganar un millón de dólares por una película, decide retirarse a una idílica villa en Tolochenaz, Suiza, a cuidar de su jardín y de sus perros.

Audrey
Audrey, vista por Avedon

Con la intervención de amistades, de la citada Clemence, del gran Richard Dreyfuss, Peter Bogdanovich o de su nieta, la artista Emma Ferrer Hepburn que, a pesar de no conocerla, no puede evitar las lágrimas al recordarla, el tono del documental sigue la glamurosa pauta de un especial de revista del corazón. Casi dos horas que no hacen feliz al cinéfilo, -apenas toca sus películas-, pero sí al mitómano del séptimo arte tipo Terenci Moix. Y es solo al final cuando el lineal, pero en general, buen trabajo de Coan, muestra que Audrey Hepburn, ¡ay, Audrey!, no era solo una de las caras más bellas de la historia del cine.

No era solo una mujer melancólica, quizá harta de emitir solo belleza bajo constante presión. O quizá insegura por no ser como las demás. Que no era una figura algo rota por dentro. Parte superficial de un conglomerado de avariciosos consumidores de estrellas: («y es la cosa más maravillosa del mundo, joder, y ya eres libre. Ya no eres una esclava. Ya no eres una máquina con partes»). Que no fue solo uno de los primeros iconos culturales, idealizado rostro para varias generaciones. No solo una persona que quería descansar de todo ese ruido mediático, sino un corazón muy sensible. Enorme. Convirtiéndose en una infatigable embajadora de Unicef. Visitando los países más desfavorecidos y difíciles. Transformándose, tal vez, en una mujer anuncio dentro de una vida de etiquetas en un mundo de dicotomías. Curando, como ella misma asegura rescatando palabras de un libro de Arthur Rubinstein: «amando la vida incondicionalmente», sus heridas. Demostrando que la idealización tiene carne. Y sangre. Tanta como eterna era su sonrisa.

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