Carne de sirena. Montero Glez. Fotografía de portada de Roberto García Alix. Temas de hoy

Lo redactores de fajines de libros, pieza de marketing para atraer lectores, deberían meditar las anclas que utilizan para cazar compradores. En el caso de Montero Glez, esta Carne de sirena, novela redonda y brutal, quizá la mejor que ha escrito, viene con las campanas que le han puesto, y que tocan a El viejo y el mar y a Homero. Nada menos. Pero al cerrar la novela, no hay rastro ni de Heminghway ni del poeta griego. Pero no se me asusten. Porque la novela de Montero tiene ecos de otros grandes. Tiene sonoridades de Melville. La posada en la que transcurren los hechos centrales de Carne de sirena, recuerda a aquella en la que Ismael se encuentra con el nativo Quequeeg, en la que tendrá que compartir cama con un arponero, vendedor de cabezas disecadas.

Carne de sirena

Al modo y manera de García Márquez, desde la primera frase de Carne de Sirena sabemos que Andrés Bouza morirá al final del relato. Se asoma al que será el final de su destino: «el último día de su vida, Andrés Bouza se hizo a la mar temprano, sin dar importancia al oscuro presagio del cielo». Bouza parte para desde la costa de la Muerte, en Galicia, hacia Lisboa. Tiene que hacer un encargo: dejar el paquete en el puerto portugués y regresar a Galicia para cobrar la otra mitad del precio acordado. No viaja solo. Le acompaña un chaval con la cabeza rapada al cero y pocas luces.

La novela comienza in media res, en el ecuador de unos sucesos que terminarán con la muerte de Bouza, pero que tienen su origen más atrás. Montero narra como si sus personajes se abocaran a un destino trágico. Lo intuyen, y en lugar de evitarlo corren hacia él, para abrazar la tragedia con la fuerza de una esperanza. En el relato comparecen sujetos locos o tarados, que solo pueden elegir entre una de las dos opciones.

En la posada en la que termina una noche aciaga, la previa a los sucesos que le llevarán al final, Bouza se encuentra con un cura ciego y blasfemo, un disparate clerical, un borracho capaz de cambiarle el sexto a toda la corte celestial. Le acompaña el tabernero, el contrapunto que completa las historias del clérigo, y una sombra al final de la barra, armada de pistola, que mira con un ojo medio cerrado por un párpado vago mientras acaricia la pistola que le enfría el riñón.

La novela está ambientada en los años ochenta, en los primeros buenos años del narco gallego, cuando cambiaron el tabaco por la cocaína que llegaba de Colombia. En ese paisaje de planeadoras y guardias civiles corruptos, los personajes de Carne de sirena vacilan entre la crueldad extrema y la oligofrenia. El autor no tiene piedad con ninguno. Las mujeres son todas putas o delincuentes, o asumen las dos condiciones a la vez. Y el relato es una sucesión de excesos al que Bouza asiste sin saber muy bien cuál es su papel, qué se espera de él. Cuando lo sepa, aceptará su destino como un inconsciente. No le queda otra.

Lo magistral de la novela estriba no solamente en que ha encontrado el tono y ha sabido mantenerlo y declinarlo hasta el final, sino en que dosifica el misterio que se encierra en esa sombra que mira el líquido ámbar de una copa, en el fondo sombrío de la barra. Cuando se revele su sentido, explotará como una bomba. El lector cae presa en las primeras palabras de la novela y no le sueltan hasta el final. Con todo esto, Glez ha construido una novela que merece convertirse en un clásico, muy al modo de Jim Thompson (el de 1280 almas) , también deudor de los momentos más sombríos de Melville. Su estilo es directo y brutal, pero no se detiene en la carne y la sangre, por momentos se eleva para encontrar momentos de poesía descarnada, reveladora. La portada, una foto de García-Alix, termina de redondear una novela esférica.

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