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Hablar con extraños. Malcom Gladwell. Editorial Taurus

En su último libro Hablar con extraños, Malcolm Gladwell explora los errores que cometemos cuando tratamos con desconocidos. Los errores en los juicios de valor, afirma, son los que permitieron a Madoff mantener su esquema Ponzi durante años; los que llevaron a Amanda Knox a pasar cuatro años en una cárcel italiana por un asesinato que no cometió; o los que indujeron a Chamberlain a fiarse de Hitler durante el año anterior a la II Guerra Mundial.

Los seres humanos, por razones evolutivas, estamos más inclinados a la confianza que a la sospecha. Si la sospecha fuera la base de toda interacción entre desconocidos, no habríamos aprendido nunca a cooperar en una escala compleja. Pero esta ventaja evolutiva tiene su contrapartida. En contra de lo que solemos pensar de nosotros mismos, la mayoría somos bastante malos para detectar a quien nos miente. Según Madwell, ‘somos mejores que el azar, identificando a las personas que son sinceras, pero somos peores con aquellos que mienten, porque tendemos a creer que la gente es buena’.

El sesgo de Veracidad

Y aquí está el primer fallo de nuestro radar ante los extraños. Lo que el autor llama el ‘sesgo de veracidad.’ Tal y como demuestra el experimento de Mullainathan, un programa de inteligencia artificial predice con mayor acierto que los jueces, el comportamiento delictivo de las personas pendientes de juicio. Tenemos la falsa idea de que tener a una persona delante de nosotros, mirarla a los ojos, nos ayudará a conocerla. Este fue el error de Chamberlain.

El primer ministro británico uno de los pocos mandatarios de su época que conoció personalmente a Hitler. Estuvo con él en tres ocasiones. ¿Le sirvió para hacerse una idea clara de su personalidad? No. Se fió del ‘doble apretón de manos’ que el austriaco le dio y que el británico ‘creía que se reserva para manifestaciones especialmente amistosas’. Churchill, que no conoció personalmente al dictador de Alemania, tuvo siempre una idea mucho más clara de su personalidad cuando dijo, en 1934: ‘Alemania está en manos de un criminal sin escrúpulos y una bomba de relojería para la paz mundial’.

Portada de ‘Hablar con extraños’ de Malcom Gladwell

Ese mismo sesgo de veracidad fue lo que permitió que se prolongara en el tiempo la estafa de Madoff. El investigador de fraudes Harry Markopolos estuvo durante años advirtiendo de que había algo raro en el caso Madoff. ¿Por qué nadie le creyó? Porque el sesgo de veracidad se convierte en un problema cuando nos vemos forzados a elegir entre dos posibilidades, una de ellas plausible y la otra imposible de imaginar. ¿Y por qué Markopolos fue capaz de detectar lo que el resto del mundo se negó a creer?  Porque creció en el restaurante de su familia griega, viendo como su padre y sus hermanos perseguían y apaleaban a los clientes que se iban sin pagar y que robaban lo que podían, desde cubiertos hasta comida. Aprendió a desconfiar, a ver que la gente no es lo que parece, que no siempre los peor vestidos son quienes se olvidan de pagar la cuenta.

Según el autor, ‘partimos de la hipótesis falsa de que la gente con la que tratamos es honrada. Se cree a alguien porque no se tienen dudas suficientes sobre esta persona. Necesitamos un disparador para salir del sesgo de veracidad, pero el umbral de los disparadores es alto’.  Ya sea entre espías o en el matrimonio, al parecer, siempre hay una excusa para creer la explicación que nos dan.

Hablar con extraños es un libro más sombrío que las obras anteriores de Gladwell, los éxitos de ventas El punto clave, Fuera de serie o David y Goliat. Los casos que le sirven de ejemplo para apoyar sus teoría son, por no llamarlos de otra forma, feos:  abuso policial, pederastia, torturas de la CIA, violaciones y una amplia gama de métodos para el suicidio. No son cosas agradables de leer. Pero da lecciones para la vida en sociedad si es que lo que afirma es cierto, que también tiene su legión de detractores entre los sociólogos. Segun Gladwell, cometemos tres errores al enfrentarnos a los desconocidos.

Tres errores al hablar con extraños

  • El sesgo de veracidad,
  • La ilusión de transparencia, el creer que las personas reflejan siempre en su rostro sus verdaderos sentimientos,
  •  Despreciar la importancia del contexto en el que actúa el desconocido.

Los humanos no solo somos malos a la hora de detectar mentiras, según Gladwell. Al parecer también somos prepotentes y nos consideramos infalibles: ‘creemos conocer a los demás más de lo que ellos nos conocen a nosotros. Tendemos a juzgar la sinceridad de las personas basándonos en su conducta. La gente que se expresa bien, las personas seguras de sí mismas que nos dan un apretón de manos firme, que son amables y atractivas transmiten credibilidad. Creemos que podemos mirar sin más dentro de los corazones de los demás basándonos en las pistas más endebles, nos lanzamos a jugar a los desconocidos con una ligereza que jamás nos aplicaríamos a nosotros mismos. Pero es que nosotros somos complejos, enigmáticos y estamos llenos de matices. Los desconocidos, en cambio son accesibles.’

La conclusión, dice el autor, es que ‘La forma correcta de dirigirse a los desconocidos es con cautela y humildad’. Para el caso de que no seamos tan listos como creemos y que ellos estén teniendo un mal día.

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