Doctor Portuondo se presentaba con el sello de «primera serie original de Filmin». De hecho inaugura un capítulo de productos llamado Originals. La idea puede resultar atractiva: un psiquiatra cubano inspirado en un personaje real. Inspiró una novela. Ahora la novela se lleva a la pantalla. El resultado es flojo, aburrido, sin ritmo. Los cinco primeros minutos prometen. En el desarrollo, el suflé baja a velocidad vertiginosa. No hay nada ni nadie que salve esta serie. El tema, el psicoanálisis, podría haber servido como pretexto hace treinta años. Ahora se ha quedado viejo, demasiado viejo y sobado.

Tópicos, tópicos y más tópicos forman el guion de Doctor Portuondo (Filmin), desde el enamorado de una gallina al paciente que inventa su vida y sus obsesiones para resultarle atractivo al doctor. Doctor Portuondo está basada en la novela de Carlo Padial (Barcelona, 1977) publicada por Blackie Books en 2017. El desarrollo de la serie obedece al subtítulo de la novela: “Mis días de psicoanálisis con un sabio desquiciado”.

Portuondo es la transfiguración de un psicoanalista real, uno que echaba a sus pacientes, que les insultaba, y a pesar de todo, conseguía tener lista de espera para sentarse en su diván. El protagonista, la serie, algunas situaciones, recuerdan al Woody Allen que hacía humor con sus obsesiones, su relación con los psicoanalistas, y sus fobias. De aquel humor creo que salimos todos bastante hartos, y eso, también, lastra la serie. El tema del psicoanalista se nos antoja viejo en un país que prefiere las tabernas a los divanes.

Una serie floja y sin relieve

El perfil del protagonista es borroso. Quizá uno de los fallos de la serie es no haber sabido elegir el punto de vista. Vamos de Carlo, el primer narrador, al Doctor Portuondo, que pasa a ser el primer personaje de la serie. Buen trabajo de Jorge Perugorría, que eclipsa a todos los demás. Los que pasan por su consulta se convierten en juguetes, que buscan la aprobación del doctor. Y ahí termina el conflicto narrativo en la serie, que deviene así una sucesión de anécdotas y de situaciones con poco humor, con poco ingenio. La serie no conecta con el espectador. Los personajes son planos, sin relieve, sin complejidad, meros arquetipos.

La serie es floja. Los primeros minutos prometen mucho, pero ese primer punto de vista del paciente/protagonista enseguida se distrae con otros personajes, y la narración no se centra en ninguno. Ante esa ausencia de una estructura, brilla por contraste el actor con más experiencia. A priori el planteamiento podría haber servido para hacer una larga serie, pero el hecho de que se reduzca a seis capítulos de algo menos de media hora cada uno da la medida de que se trata de un esquema que se agota pronto. Le falta guion, sobre todo, y le falta humor. Primer original y primer pinchazo de una plataforma que tiene como urgencia resolver algunos problemas técnicos: en las horas de más consumo Filmin se bloquea con facilidad.

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