Pues resulta que Lola se quiere ir de viaje por su cumpleaños. Esa era la idea inicial. Cumple una cifra muy redonda y está ahorrando para pegarse un homenaje. En un principio, a ese viaje nos podíamos enganchar las que quisiéramos; ya lo avisó con tiempo. Lo que no contábamos era con las restricciones sanitarias.

Lola está que trina. Ella se puso las dos primeras dosis de la vacuna un poco obligada por la presión laboral, pero no tenía ninguna gana. Después de eso, todo lo que la pasa lo achaca al pinchazo y ya no se va a poner más dosis. Cuando se ha enterado de que si no se pone la tercera no le dan el pasaporte Covid, ha liado la de Puerto Hurraco.


Marga está sin vacunar; ella está muy convencida de que es lo sensato y nadie la juzga. En la escalera de atrás hemos hablado mucho sobre este tema, y más teniendo cada una de nosotras creencias totalmente diferentes al respecto, pero ninguna intenta convencer a las demás de que su opinión sea la correcta. De ese modo, nos escuchamos sin juzgar y, luego, contamos lo nuestro.


Bea y Tina están vacunadas. Ellas lo han decidido así y son libres de hacerlo igual que las que no lo hemos hecho. Entre unas y otras está Lola. Con dos dosis de vacuna y 10 de mala hostia, aunque esa ya la traía de serie. No entiende nada. No entiende que si no se pone la dosis que le queda no pueda viajar a donde le dé «la puta gana», palabras textuales.


La conversación en la máquina de café ha subido tanto de tono que he visto venir a gente por el pasillo y darse la vuelta. Incluso a José Luis. Ya le he dicho: «¡Joder, Lola! ¡A José Luis no nos lo espantes… es la única alegría que tenemos!» Se ha reído mientras nos decía: «No os preocupéis que ahora voy a buscarle». Pero ha seguido cagándose en las vacunas, en el Covid y en todos los muertos de los gobiernos dictadores que no le van a permitir hacer su viaje soñado.


Al final he ido yo a buscar a José Luis. Sabía que iba a ser el catalizador para que Lola dejara de soltar tacos como una metralleta. Se ha quedado como una malva cuando le ha visto. Hasta el punto de decir que «Bueno, si no puedo coger un avión, alquilo una autocaravana y nos vamos por ahí, donde sea…» ¡Madre mía, una autocaravana, Lola! No sabe ni lo que dice; con lo sibarita que es… Pero viene José Luis, la mira, le sonríe, y ella cambia los tacos por incongruencias y barbaridades.


Por lo menos se ha calmado y ha aceptado evaluar otras opciones. Y después de la clase de palabroteo, porque cada vez que Lola se mosquea aprendemos palabrotas nuevas, José Luis ha vuelto a su sitio y Lola a ser ella misma de manera que, cuando le ha visto desaparecer por el pasillo, le ha obsequiado con un «Te abría la caja fuerte para guardar ese lingote…» No la dejamos terminar; hemos estallado en risas y todo ha vuelto a la normalidad.

La Limón

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