En abril de 1941 los nazis ocupan Salónica, ciudad griega donde vive el grupo de sefardíes más numeroso y notable del oriente. Comienza para los judíos el infierno. El abogado Yomtov Yacoel, hombre prominente en la Comunidad judía, anota con una prosa precisa, escrita en tercera persona, los hechos que se suceden desde ese momento hasta marzo de 1943, cuando redacta un párrafo final de sus notas, un párrafo inacabado: «Desde el domingo, 7 de marzo, y sobre todo después de la reunión de los notables que hemos referido, los hechos se desarrollan muy deprisa y el nerviosismo aumenta progresivamente entre el elemento judío. La prohibición de su salida….»

yacoel

El clima antisemita

Tenemos noticias precisas del Holocausto en Alemania, en Polonia, en Ucrania, en los territorios invadidos de la Unión soviética, en Hungría, en Italia, en Francia (el Velódromo de invierno), pero nos faltaba precisión sobre el Holocausto en Grecia. Estas memorias inacabadas de un testigo directo del exterminio de los judíos de Salónica es un documento excepcional que relata con rigor notarial y precisión la escalada de opresión que sufrieron las comunidades judías de aquella ciudad.

Una historia relegada hasta ahora a los márgenes del relato. Las notas de Yacoel no se publicaron en Grecia hasta 1993, a pesar de que habían servido como prueba en el proceso contra Eichmann. Grecia nunca abrió una reflexión pública para analizar el papel de los griegos ante la persecución a los judíos.

Y sin embargo, una de las ideas que más fuerza tienen en las memorias de Yacoel es la de que el Holocausto fue posible porque en Europa se vivía un clima antisemita que no era una actitud particular de los nazis, sino una posición compartida por muchas comunidades. Los griegos cristianos de Salónica enviaron mensajes a Berlín en los que pedían reiteradamente la aplicación de las leyes antisemitas a sus vecinos judíos.

Gimnasia en la plaza de la Libertad

Pero los nazis no tomaron medidas hasta julio de 1942. El día 12 de ese mes, sábado, fueron citados en la plaza de la Libertad de Salónica todos los varones de entre 18 y 45 años. Les sometieron a ejercicios físicos absurdos, con la única finalidad de humillarlos. Y les incluyeron en una lista para hacer trabajos forzados a partir de los días siguientes. Ser fuerza de trabajo en aquel momento significaba la muerte: jornadas agotadoras, alimentación ínfima. La Comunidad judía, dirigida por un rabino sometido a los nazis, busca rescatar a sus hombres de los nazis. La Gestapo les exige 2.500 millones de dracmas.

El relato de Yacoel explica los esfuerzos para conseguir el dinero. Los dirigentes judíos se mueven siempre con la esperanza de que llegará un tiempo mejor. Pero el poder nazi va aumentando la presión hasta pedirles que anoten en un listado todos los bienes que poseen los judíos. Obedecen, con la vana ilusión de que se trate de una medida fiscal.

Los alemanes destruyen sus cementerios, cercan su barrios. La esperanza se desvanece. Tan solo algunos gestos de solidaridad de cristianos cuando los judíos son obligados a llevar una identificación por la calle. Las últimas palabras de Yacoel dejan un vacío en su relato, el vacío de un infierno del que tenemos noticia por otros relatos. Sus memorias, insisto, son un testimonio preciso y nos dan noticia de un contexto, el del antisemitismo en Europa, sin el que quizá no hubiera sido posible la llamada «solución final».

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