El negro artificial y otros escritos. Flannery O’Connor. Editorial Encuentro. 24€

Es una de esas escritoras a las que uno vuelve una y otra vez, de la misma forma que ella insistía en sus personajes: gentes sin gracia, lisiados, locos, extraviados. Hay tres circunstancias en la vida de O’Connor que marcan su posición con la precisión de un GPS: el ser sureña, el ser católica, y la enfermedad. El lupus la mató. Sintió los primeros síntomas mientras escribía su primera novela: le costaba levantar los brazos para escribir. Más tarde tuvo que recurrir al bastón. Hizo un viaje a Lourdes para sumergirse en las aguas milagrosas, pero de vuelta a casa confesó que mientras se bañaba, no rezaba por sus huesos sino por la novela que estaba escribiendo. Murió a los 39 años.

Las novelas de O’Connor son un milagro. Leer sus cuentos supone una transformación. Recuerdo con especial emoción la lectura de Un hombre bueno es difícil de encontrar: un preso fugado que asesina a toda una familia para averiguar si la vida vale la pena. En otro de sus cuentos, una granjera delante de una pocilga llena de cerdos, ve el final de los tiempos; un niño maltratado que pone su esperanza en las promesas de un predicador loco; un pobre diablo que hace descansar su identidad en el tatuaje que se hace en la espalda, o un nieto y su abuelo que se reconcilian ante la visión de la estatuilla rota y maltrecha de un negro artificial. El negro artificial.

El negro artificial
El negro artificial

Flannery forma parte de aquel renacimiento del Sur americano, que dio grandes escritores como Faulkner, Thomas Wolfe, Tennessee Williams y Robert Penn Warren, así como las llamadas Ladies of the South: Eudora Welty, Katherine Anne Porter y Carson McCullers. El mundo cambiaba a gran velocidad. El sur iba perdiendo su esencia, en el giro de una sociedad rural a otra industrial y urbana. En esa falla surge este puñado de escritores que nos dejaron grandes obras.

Lo real y lo grotesco

Flannery se distancia del experimentalismo de Faulkner. Ella misma comentaba con ironía la visión que en el norte urbano e industrial se tenía de las cosas que pasaban o de las cosas que se escribían en el sur: “Cualquier cosa que sale del sur será llamada grotesca por el lector del norte, a no ser que sea grotesca, en cuyo caso será llamado realista”. Tobias Wolff dijo de su obra: “Flannery O’Connor tendía a volver una y otra vez sobre las mismas situaciones sin perder mucho de su capacidad de sorprender. En su trabajo hay patrones recurrentes, pero siempre se las arregla para que parezcan nuevos. Supongo que me gustaría conseguir algo así”.

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Sus personajes, muchas veces grotescos, no son sino el reconocimiento y el intento de descifrar lo absurdo en la vida del ser humano: «Una historia es una forma de decir algo que no se puede decir de ninguna otra forma, e incluso necesita de cada palabra para descifrar cual es ese sentido» Para leer a O’Connor quizá es mejor empezar por sus cuentos, y luego abordar su gran novela: Sangre sabia. El mal puro habita sus páginas. Solo nos queda sentir pavor y conmoción. Como dijo Harold Bloom, “su sensibilidad era una mezcla extraordinaria de salvajismo sureño y severo catolicismo”.

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