«¿ Qué importan los años ? Lo que realmente importa es comprobar que al fin de cuentas la mejor edad de la vida es estar viv. (Mafalda).

Siempre he sido un fan de Mafalda. Realmente, siempre he sido un fan de Quino, su creador. Estos individuos que, con una frase, te hacen cuestionarte cosas que hasta entonces dabas por sentadas, para mi merecen un reservado en la gloria. Si es con una buena botella de whisky y mucho hielo, aún mejor. Si además de ello, lo hacen con humor, con ironía, el resultado suele ser espectacular. Yo ya no leo, no veo una película o escucho un disco para pasar el rato. Con la edad que voy teniendo, no puedo malgastar el tiempo en banalidades.  Yo ya le pido a cualquier manifestación cultural que me aporte algo, que me haga pensar o que me cambie el ánimo.

Decía Umberto Eco que él había escrito El péndulo de Foucault con la intención de que el lector, al acabar la obra, se tirase por la ventana. Es lícito. Es más que normal, cuando escribes, querer despertar emociones, llegar a puntos recónditos del lector, a lugares prohibidos. Es cierto que, para lograr tal fin, el escritor también debe entregar algo de su alma, de su yo. Si no estás dispuesto a desnudar tus más oscuros pensamientos, con el riesgo que esto pueda representar, no te pongas a escribir. Dedícate a otra cosa, por ejemplo, hazte chef.

Sí. Antes, una persona que se dedicaba al noble arte de la cocina era un cocinero. Llámenme simple, si quieren, pero el termino deriva de la palabra primitiva, en este caso «cocina «. De cocina, cocinero. Pero ahora no. Un chef no es un cocinero, es mucho más. El chef aspira a remover tus sentidos con sus creaciones; y no el sentido del gusto, no. Quiere llegar a tu alma con sus esferificaciones, con sus novedosas técnicas, creando un plato que  no solo esté bueno, que no siempre lo está, sino que además evoque, por ejemplo, la cultura y costumbrismo del último país que ha visitado el chef, pongamos  Papúa Nueva Guinea, de tal modo que, con solo probarlo, ya no te haga falta ir.

«yo reproduje aquello en la pared del salón, un día antes de las vacaciones y me quedó bastante bien, pese a la dificultad que se le presupone a una obra de 120.000 pavos. El problema fue cuando volví de vacaciones.»

O, por ejemplo, recrear en un sabor la Quinta sinfonía de Beethoven, o la Traviata, de Giuseppe Verdi, en tres actos de bacanal gustativa, para que en lugar de salir saciado del restaurante, salgas llorando como Vicky el Vikingo. Es cierto que la cocina es creación, pero no es arte. Cuidado con aquello que denominamos arte. No sé si recuerdan el plátano pegado a una pared con cinta de embalar  que Maurizio Cattelan logró colocar en la Art Basel Miami Beach de hace un par de años. Lo vendió por nada más y nada menos que 120.000 dólares.

Aquí hay dos puntos de vista, como en el chiste. Uno bueno y uno malo. El bueno es que hay tipos, como Cattelan que, presumo que tocando los contactos necesarios, influyentes pero afectados de una gran falta de criterio e inteligencia, logran colocar una basura como esa por 120.000 dólares; que digo yo que es la revalorización más alta lograda nunca por una fruta u hortaliza. Yo compro un kilo de plátanos por 2,45 €, ¡ y de Canarias !.

El malo es descubrir que hay gilipollas capaces de pagar 120.000 € por un plátano y un trozo de cinta aislante. Si alguien sabe quien lo compró, por favor que me pase el contacto, que tengo  una idea con una manzana y un boli Bic que este año va a arrasar en ARCO. Yo, que soy un amante del arte, inmediatamente traté de reproducir “Comedian“, que así se llamaba el engendro. ¡Que huevos el Maurizio! Le puso nombre y todo.

A lo que voy, yo reproduje aquello en la pared del salón, un día antes de las vacaciones y me quedó bastante bien, pese a la dificultad que se le presupone a una obra de 120.000 pavos. El problema fue cuando volví de vacaciones. Ahora, en lugar del famoso plátano tengo una mancha bastante fea en la pared; pero le he puesto un marco y la he llamado «inmundicia«. Hace furor entre las visitas. Sobre todo, entre los críticos de arte. La leche.

Pues eso, que volviendo a Mafalda, en otra de sus fantásticas tiras, «lo malo de andar siempre con las orejas puestas es que uno se expone a oír…» según que cosas, y esta tarde me ha tocado, según venía en el coche, escuchar a una neo diseñadora de ropa, que además diseña joyas, interiores y fundas para la mesa camilla si es necesario. La muchacha trataba de explicar que su última colección evidenciaba la precaria y contradictoria actitud del alma humana, pero no en su plano primario, sino en el secundario, evocando actitudes, costumbrismo y religión, todo ello, por ejemplo, en un top blanco de algodón.

Miren ustedes. A mi ya me cuesta aceptar que un cuadro de Miró pueda ser llamado arte, pero ya soy muy mayor para que me quieran vender la moto, sobre todo si esa moto tiene las ruedas cuadradas. Así que, devolvamos a la palabra ARTE su bello significado. Y no llamemos artista a cualquier patán con ínfulas, que al final nos van a vender, una vez más, mierda enlatada.

Que está la cosa muy mala para tirar el dinero.

Sean felices.

twitter : @julioml1970

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Julio Moreno

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