Quinientos epigramas griegos. Edición bilingüe de Luis Arturo Guichard. Editorial Cátedra. Letras Universales

Decimos vicio en el título de este artículo porque en el epigrama número 388 el autor dice así: «Juré miles de veces no escribir más epigramas, pues me había granjeado el odio de muchos tontos. Pero cuando veo el rostro del paflagonio Pantágato no puedo controlar el vicio». El plafagonio, así llamaba Aristófanes a Cleón en su obra Caballeros. Pantágato es el que tiene todos los bienes. Estamos ante «uno de los géneros más longevos y productivos de toda la literatura griega», dice Luis Arturo Guichard en la introducción. Comenzó siendo una inscripción en verso para conmemorar una muerte o una ofrenda y con el tiempo se convirtió en un género literario particularmente dinámico.

Escritores malabaristas

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«Veinte años trabajando en esto y obtengo un libro de cuatrocientas páginas», dice el autor. La antigüedad clásica griega es así. Uno le tiene que dedicar media vida, incluso a un género literario cuyo común denominador es la brevedad. El epigrama es breve, ya sea burlesco, funerario, costumbrista, o descriptivo. Y de una variedad inmensa.

El libro recoge 500 ejemplos, pero deja fuera otros 3.500. En el epigrama están las inscripciones en estatuas o en lápidas funerarias, los grafitos en las paredes de Pompeya, los exvotos. Y todos los temas y tratamientos: la erótica, la sátira, la burla, el elogio, la ironía, lo heroico.

Son textos rápidos, vertiginosos. Aunque nunca hubo reglas, un epigrama no debía tener más de cuatro versos. Fugaz. Cuentan una historia en muy pocas palabras, sorprenden, transmiten una impresión, y están llenos de guiños. Nada fácil de traducir porque se trata de poner muchas cosas en el texto. El epigramatista es un prestidigitador.

La influencia de esta literatura llega hasta hoy. Lean si no los poemas de Carmen Jodra. Su último libro, libro póstumo, es precisamente un homenaje a la llamada Antología palatina, que recoge toda la tradición de epigramas de la antigüedad griega. Editado y traducido por el poeta y profesor de filología clásica de la Universidad de Salamanca, Luis Arturo Guichard, Quinientos epigramas griegos reúne una selección de epigramas de autores griegos. Abarca un periodo que va del siglo III a. de C. al siglo VI d. de C.

El epigrama evoluciona en el tiempo. Comienza siendo una inscripción, dice Carlos García Gual, y termina como un género literario refinado, un género que toca todos los temas. Están los banquetes, la sátira, los enfrentamientos literarios entre escritores, el duelo, el dolor por un ser perdido, pero también el dolor por la pérdida de un saltamontes. «Tiene una chispa vital que no tienen otros géneros», dice García Gual. Son poemas llenos de juegos de lenguaje, con erudición. Juegos entre poetas que se aluden, y ese final, esa punta chistosa, irónica, que hacen de esta una poesía moderna, por su vitalidad y su frescura. Incluso cuando se trata de una poesía erudita.

Quinientos epigramas griegos ofrece una mirada panorámica al epigrama desde la época helenística a la imperial y la tardoantigua, con muchos textos anónimos y otros de autores conocidos como Calímaco, Meleagro, o Dioscórides, autor de este epigrama funerario sobre Tespis y la tragedia arcaica: 

 Aquí yace Tespis, el primero que modeló el canto trágico y novedosos deleites para los campesinos,
cuando Baco conducía un coro estruendoso y el premio era aún un macho cabrío y una cesta ática de higos.
Si los jóvenes lo modelan de otro modo, sus innovaciones se verán con el tiempo; pero las mías, mías son.

El traductor en este caso es un poeta, y además de conocer el griego domina el español. Expresa la misma idea en otra lengua, no hace una traducción literal. Comprueben la gracia con la que vierte en español este epigrama amoroso de Asclepíades:

Con su palmito me sedujo Dídime y yo, ay de mí,
me derrito como cera junto a la llama viendo su belleza.
¿Y qué si es negra? También los carbones. Y cuando
los encendemos resplandecen como cálices de rosas.

Luis Arturo Guichard es filólogo, traductor y poeta. Se desempeña como Profesor Titular de Filología Griega en la Universidad de Salamanca, donde coordina el Máster de Creación Literaria y el Máster Europeo de Culturas Clásicas. Es autor de ediciones críticas de poetas griegos y mexicanos, de libros de ensayo y de investigación filológica. Como poeta ha publicado siete libros, por los que ha obtenido reconocimientos como el Premio Internacional de Poesía Villa de Martorell en el 2017 y el Premio Hispanoamericano de Poesía Carlos Pellicer de 2018. Ha traducido epigramas griegos y preparado una edición bilingüe de las Anacreónticas (2012). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México, en la modalidad de traducción literaria.

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