Ellis Island es uno de esos lugares del mundo que guardan la memoria de millones de personas. Un lugar que es un no lugar. Un punto en el mapa que evoca la vida de millones de personas. La vida igual de todos ellos y la vida diferente de cada uno. La emigración a los Estados Unidos entraba por barco desde mitades del siglo XIX. Llegaban a Garden Castle, en Manhattan, donde eran controlados. Pero la instalación era deficiente y el gobierno decidió construir un establecimiento en Ellis Island para examinar a los inmigrantes. Una parte de la nueva edificación se dedicó al control de los enfermos. La primera persona que llegó a la isla fue Annie Moore. Era apenas una adolescente. Venía de Irlanda. Recibió como premio una moneda de oro de diez dólares. Era 1892. En los 62 años siguientes pasaron por Ellis Island dieciséis millones de personas. Muchos de ellos españoles, aunque en el libro de Perec no se mencionen.

Ellis Island

Ellis Island de George Perec no es un libro de historia. No le podemos pedir rigor. El texto de Perec es otra cosa. Se trata de una reflexión para una obra audiovisual que reunió a dos intelectuales de ascendencia judía, Robert Bober y el propio George Perec. La película la rodó Bober y Perec la comentó. Y ese comentario es la reconstrucción del espíritu de un lugar extraño. Todo el que visite Ellis Island siente, o sentirá, que por las grandes salas, por el embarcadero, circula una corriente humana que conecta con lo que la vida de todos tiene de nómada, de imprevisible, de frontera, de estrecha orilla.

La película fue un encargo del Institut National de l’Audiovisuel en 1978. Hasta ese año, Ellis Island era una ruina abandonada y asaltada por buscadores de chatarra y muebles viejos. Hoy es un Museo en el que, a través de su página web se puede encontrar el rastro de los antepasados que cruzaron esa frontera y consiguieron entrar en los Estados Unidos. Yo he hecho la prueba y he hallado varios Iriarte, provenientes de Navarra, con sus registros de entrada, el barco en el que viajaron y el detalle sobre el puerto europeo del que partieron.

La isla de las lágrimas, llamaban los emigrantes a Ellis Island. Huyeron de Europa, primero por persecuciones políticas (1848) luego por hambre y miseria (Irlanda, España, Polonia, Italia) América había pasado a ser el símbolo de la vida nueva, de la libertad, de la riqueza, de las oportunidades. Los europeos subían al barco en Nápoles, en Burdeos, en Bremen, en Hamburgo o en El Havre. «Ellis Island no será más que una factoría para fabricar americanos, una fábrica para transformar emigrantes en inmigrantes, una fábrica a la americana, tan rápida y eficaz como una charcutería de Chicago; en un extremo de la cadena se pone a un irlandés, a un judío de Ucrania o a un italiano de Apulia, y por la otra puerta – después de una inspección ocular, un vaciado de bolsillos, una vacunación y una desinfección- sale un americano». O se rechaza y tiene que regresar a Europa, donde, si son judíos, les espera el exterminio.

A algunos en Ellis Island les cambiaban el nombre, para hacerlo más americano, o porque los funcionarios eran incapaces de dar con la escritura correcta de apellidos judíos rusos o polacos. En ese lugar Perec se pregunta por su identidad. Desciende de judíos, pero no se siente judío: «soy extranjero con respecto a algo de mi mismo; de algún modo soy «diferente», pero no diferente de los otros sino diferente de los míos». Pero la isla no es un lugar reservado a los judíos: «pertenece a todos aquellos a los que la intolerancia y la miseria han echado y siguen echando del lugar en el que crecieron». A los que llegaron a América tras el mito dorado de un lugar de calles asfaltadas sin saber que iban a ser ellos los encargados de asfaltarlas, de plantar las vías del ferrocarril y de explotar las minas.

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