Oiga doctor, a ver si tengo cura. Solo quiero ser yo y ahora parezco mi caricatura “.  ( “ Oiga doctor “. Joaquín Sabina ).

No sé si a ustedes les pasará, pero yo, a mis cincuenta y un años recién cumplidos, me enfrento a una dicotomía difícil de gestionar. Por un lado, está mi espíritu, según el cual acabo, como quien dice, de dejar el instituto. Según mi espíritu, soy un chaval. Y muchos días, tengo incluso la falsa impresión de que el espejo no me desmiente. Me levanto, me miro en el espejo y pienso “ pues para la edad que tengo, estoy bastante bueno “.

De cualquier modo, es una impresión errónea. Habrán oído ustedes comentar que la televisión engorda. Bueno, lo que engorda son los chuletones de kilo, pero la televisión, parece ser que también. Pues mi espejo, muy al contrario, debe de ser que adelgaza y rejuvenece. Fijo, porque yo me miro al espejo antes de salir para, no sé , una comida familiar, y me veo bien. Lo malo es cuando, a los diez minutos, alguien te hace una foto y te la manda por whatsApp. Ahí, sin anestesia, se encuentra la realidad.

 Yo hay veces que ni me reconozco; “ ¿ Quien es ese tipo gordo y viejo de la foto ? “. “ Eres tú “, responde el pepito grillo de turno, devolviéndome a una realidad que me empeñaba en no asumir. Entonces, sin tu llamarla, la parte opuesta de la dicotomía aparece ante ti, inopinadamente, para recordarte que viviste tiempos mejores. Es el cuerpo, el maldito cuerpo el que se empeña en recordarme, desde que me levanto hasta que me acuesto, que lo bueno ya pasó; al menos, en lo referente a mi situación física y que, sin lugar a dudas, ya me encuentro en la cara B del disco de mi vida.

Yo recuerdo que cuando tenía veinte años, incluso treinta, mi botiquín de viaje consistía en desodorante, colonia, preservativos siendo optimista y el cepillo de dientes. Ahora, aunque solo sea un fin de semana, el Almax no puede faltar.

Todo empieza, en realidad, por la noche. Es verdad que ahora me duermo rápidamente, cosa que en mi juventud no me ocurría, pero, para compensar, a las tres de la mañana estoy despierto. Es cierto que luego me vuelvo a dormir. Esta operación se suele repetir antes de las cinco y, con un poco de suerte, sobre las siete. A mí, la verdad, no me importa demasiado. Eso de abrir el ojo y comprobar que te quedan cuatro horas de cama, es un gusto; incluso dos horas. Yo siempre he dicho que la mejor siesta es la que te echas ente las cinco y las siete de la mañana. El problema viene si, cuando te despiertas, te das cuenta de que te estás meando, problema que es aún más grave en esta época invernal en la que estás calentito en tu cama, tapado hasta en cuello. Solo de pensar que tienes que salir para ir al baño te planta ante tus demonios.

En estos casos, no se ustedes, yo me doy la vuelta, con la esperanza de que se me pasen las ganas de mear, sin ser consciente de que es físicamente imposible que esto ocurra. A ningún ser humano, a lo largo de los siglos, se le han quitado espontáneamente las ganar de mear y, si ha sido así, es porque se ha meado.

Otra cosa muy relacionada con la cama es cuando, por fin, suena el despertador y te obliga, a punta de soniquete, a salir de la cama repentinamente. En este caso, suelen ocurrir dos supuestos. Puede que, al levantarme bruscamente, me dé un mareo que parece que voy en barco. Esto es de lo más desagradable y me obliga, por lo general, a sentarme para no besar el suelo, como el papa Wojttyla.

O puede que me libre del mareo, en cuyo caso son mis rodillas y mis lumbares las que manifiestan su descontento con tan brusca maniobra, que cuando voy hacia el despertador parezco el anuncio de las muñecas de Famosa. A este respecto hay quien opina que, sin con cincuenta años te despiertas y no te duele nada, es que te has muerto. Así que, de momento, daré por buenos mis dolores.

Otra cosa muy significativa es cuando te vas de viaje. Yo recuerdo que cuando tenía veinte años, incluso treinta, mi botiquín de viaje consistía en desodorante, colonia, preservativos siendo optimista y el cepillo de dientes. Ahora, aunque solo sea un fin de semana, el Almax no puede faltar. Por supuesto, también el omeprazol, por si la cosa se va de madre. Ibuprofeno para sobrellevar el vino de la cena al día siguiente y, dado que yo extraño las camas, un orfidal por si no me coge el sueño, que al final no sabes si te vas de vacaciones o a un congreso médico.

Bueno, por no pecar de pesimista, habrá que pensar que la madurez también tiene sus cosas buenas. Según Ingmar BergmanEnvejecer es como escalar una gran montaña :  mientras se sube, las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena “. Aunque yo, en este caso, estoy más de acuerdo con Johnny Deep, con el que me identifico más, que opina que “ Envejecer y hacerse mayor no significa necesariamente madurar. El hacerse viejo nos pasa a todos, pero si lo haces con elegancia, puede ser fantástico “.

Interesante reflexión la de Johnny, que, sin duda, da para otro artículo.

Sean felices.

@julioml1970

película
Julio MOreno

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