Pues resulta que no he podido contar mi fin de semana porque hoy la escalera estaba entretenidísima y mi cena del sábado ha quedado en un segundo plano. El tema principal ha sido nuestro compañero José Luis. De vez en cuando nos da con él. Es muy raro que en un grupo tan dispar de mujeres haya un hombre que a todas nos venga bien. Pues José Luis es ese hombre.

Es tan completo que tiene virtudes para gusto de todas. Hoy ha salido a la palestra porque, en el café, le ha dicho a Lola que había estado este fin de semana en su pueblo haciendo leña. Os podéis imaginar. Lola lo ha visualizado con la camisa de cuadros abierta y la motosierra y por poco se le cae el café. Sus palabras exactas han sido “le ponía los pies en los hombros y le dejaba que hiciera leña conmigo”. Si, Lola es así, no se lo tengáis en cuenta.


Marga dice que a ella le atrae muchísimo esa capacidad que tiene José Luis de analizarlo todo. Es observador e ingenioso. Tiene un gran sentido del humor y a Marga le gusta eso, pero, sobre todo, su rapidez mental. Lola ha dicho que “rapidez le daba ella”. Tina cree que es muy inteligente y para ella eso lo es todo, conversar con él le vuelve loca, más que su cuerpo y ya es decir. Lola ha dicho, como os podréis imaginar, qué sí, que muy inteligente, pero que ella le hacía un traje de saliva.


Bea, siempre que habla con él, lo hace con la sonrisa de una quinceañera enamorada. Es muy cariñoso y con ella se porta muy bien. Sabe cuando está mal con solo echarle un vistazo, le pregunta y se preocupa por ella. Esa dulzura suya es lo que engancha a Beatriz. Lola tiene asustada a Bea, por eso suele ser comedida con ella, pero hoy le ha dicho que ella le comprobaba el dulzor pasándole la lengua por toda la columna vertebral. Antes de terminar la frase Bea ya estaba de color rosa fucsia.


A mí me gustan sus ojos. Me gustan mucho los ojos de la gente, hablan más que muchas bocas. José Luis los tiene pardos, más bien verdes, grandes y muy expresivos. En cuanto le da un poco la luz su pupila se reduce a la mínima expresión y se convierten en dos jades brillantes, casi hipnóticos, que pueden fundir un bloque de hielo. Lola dice que cuando José Luis la mira, se queda como una liebre en mitad de la carretera cuando, en la oscuridad, un coche le da las largas. De mi debe de pensar que soy un poco psicópata, porque cuando hablamos le miro a los ojos de manera poco protocolaria.


Desde que entró a trabajar con nosotras estamos buscando los defectos que pueda esconder. Ya es una necesidad. Nadie es perfecto y él no lo será, pero no hay manera de que le podamos poner alguna pega. Cuando le preguntamos si tiene algún defecto, se ríe con esa sonrisa encantadora que tiene, con un punto de picardía infantil, y nos dice que tiene muchos. Para él uno de sus mayores defectos es la inseguridad. Claro, nos dice eso y nosotras nos rendimos totalmente a sus pies. ¿Inseguridad? Por el amor de dios ¡si eres perfecto!

Este punto de modestia nos vuelve locas también. Lola le dice que ella tiene unos métodos buenísimos para superar las inseguridades. Él se ríe y se va caminando por el pasillo con esos andares de hacen que Lola no pare de decir ordinarieces por lo bajini hasta que él llega al ascensor, se da la vuelta, y nos pilla a todas mirando con una sonrisa de medio lado. Entonces disimulamos, le decimos adiós con la mano y, cuando se cierra la puerta del ascensor, Lola vuelve a deleitarnos con cosas como “yo, en ese cohete, si me iba a la luna”

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