No sé si les ocurrirá a ustedes, pero yo, sinceramente, hay días que voy por ahí con el piloto automático. Son esos días que pasan anodinos, que te aportan poco. Días en los que si tuviera la capacidad de hacer un esquema de lo que me ha ocurrido cuando me voy a la cama, capacidad que por otro lado no poseo ni ganas de poseerla, no podría enumerar nada importante.  Esto también me pasaba algunos domingos de mi juventud, pero era por el excesivo consumo de bebidas espirituosas. No confundir.

Sin embargo hay otros días en los que, sin saber muy bien por qué, voy por ahí absorbiendo lo que tengo alrededor. No sé que es mejor, la verdad, porque a veces pienso que mejor sería no enterarse de según que cosas. Estos días estoy moviéndome bastante en metro. Podría decir que me encanta ir en el metro, pero la verdad es que el domingo mi coche sufrió un calentón. Si, como cuando íbamos a las discotecas a los dieciocho, pero de otro tipo. Por este motivo, esta semana lo estoy dejando descansar, a ver si se arregla solo, que está la cosa muy mal.

El metro es, sin duda alguna, un lugar fascinante. Si tu capacidad de observación te lo permite, aporta conocimientos sobre el género humano que, de otro modo, serían inalcanzables. Es por esta observación profunda de la naturaleza humana que, esta misma tarde, he llegado a la conclusión de que el género humano hizo cumbre en su evolución hace algunos años, alcanzando la cima de un crecimiento diría que piramidal y, desde entonces, ha empezado un vertiginosos descenso por la pared opuesta. Sin más metáforas, que está degenerando a una velocidad de vértigo, vamos.

Ya tenía ciertas sospechas, la verdad. Hay cosas que no son normales, como que los millennials no sepan usar un teléfono de baquelita o un cassette de toda la vida. Porque cuando yo nací, en las casas había nevera y, sin embargo, sé para qué sirve un botijo. Es más, sé usarlo perfectamente; pero esta generación desnortada de “ adultescentes”  que florecen en los parques y las macetas, va con las orejeras puestas.

Puede que sea porque ahora las drogas son más potentes que en nuestra juventud, no te digo yo que no, y esto haya provocado una masacre de neuronas en esta generación. O puede que sea porque no tuvieron a Coco explicándoles que es estar cerca y estar lejos, o a la Bola de cristal, con su didáctica filosofía. Estos, en lugar de ello, tuvieron a Doraemon. No sé si han tenido ocasión de prestar atención a dicha serie, pero el tal Nobita Nobi no es precisamente un dechado de conocimientos. Acuérdense de Koji Kabuto, que ese si era de los nuestros, que en dos minutos manejaba a Mazinguer Z, y sin libro de instrucciones.  O Vicky el vikingo, que ante un problema se frotaba la nariz y tenía la solución a cualquier adversidad. Hoy, si uno de estos millennials se frota la nariz, la verdad, mal asunto.

Esta generación, lo que tiene es un déficit. Si me lo permiten, un déficit de ostias. Si, como suena. Estos no saben lo que es ver volar una zapatilla, o una colleja de esas que me daba ni profesor de religión. Y esto, sin duda alguna, ha hecho mucho daño a los jóvenes nacidos a partir de 1990.

Volviendo al metro, creo que el remate a mi tesis doctoral sobre la degeneración del ser humano ha sido observar a una parejita que bajaba delante de mí, esta misma tarde, en las escaleras mecánicas.

De entrada, se iban comiendo la boca sin pudor ninguno. Que digo yo que hay cosas que se pueden dejar para momentos más íntimos; pero además, cuando han llegado abajo, el tipo ha dado un saltito y ha hecho una pequeña pirueta en el aire, como si estuviera ensayando para un remake de La La Land. No piensen que estoy hablando de dos adolescentes. Estos no cumplen ya los treinta, sin duda.

Mi primer pensamiento, lo confieso, ha sido” ¿ este tipo es imbécil, o es que no tiene problemas ? “.  Eso en el supuesto de que ir haciendo bailecitos por el metro a determinada edad no sea un problema. Luego, pensándolo fríamente, he llegado a la conclusión de que, probablemente, viva una adolescencia prolongada debido a que no habrá tenido que afrontar determinadas cuitas. Sin duda, este tío no ha hecho la mili.

En cierta ocasión, en otro de mis artículos, ya traté este tema. Pero, bien mirado, esta escusa valdría para los hombres, pero las mujeres no hacían la mili. Entonces Irene Montero no había nacido y esto de la igualdad, las mujeres de mi generación, se lo pasaban por el chichi. Sobre todo si la igualdad era incriminatoria, y no discriminatoria.

Así que, descartada la mili, incidiré en otra de mis más celebradas teorías, y acertada, sin duda alguna. Esta generación, lo que tiene es un déficit. Si me lo permiten, un déficit de ostias. Si, como suena. Estos no saben lo que es ver volar una zapatilla, o una colleja de esas que me daba ni profesor de religión. Y esto, sin duda alguna, ha hecho mucho daño a los jóvenes nacidos a partir de 1990.

Cómo se explica, si no, que ahora, tras dejar a los niños en el colegio, los padres se vayan en monopatín, mientas que los niños se introducen en sus aulas, con el portátil, para mantener una reunión por skype.  O, como ví ayer en el metro, que un tipo más largo que un día sin pan, como dice mi madre, vaya en el vagón con un monopatín a cuestas, que debía pesar más que la condena de un preso, para luego salir a la calle y poder ahorrarse el esfuerzo de caminar. Y además, con el casco puesto. Que digo yo que eso es desidia o desconfianza en la seguridad de nuestro transporte público, una de dos.

Me recordó aquel chiste en el que dos tipos se encuentran en la selva. Uno porta una cabina de teléfonos, de las antiguas y otro carga con un yunque. Por curiosidad, se preguntan mutuamente el por qué de estos objetos. El de la cabina responde : es por los leones. Si viene un león, me meto dentro para protegerme.  A lo que el otro replica : Yo también lo llevo por los leones. Si viene un león, tiro el yunque y así puedo correr más “.

Estos dos eran millennials. Fijo.

locos
Julio Moreno

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