En estos días inciertos en que vivir es un arte, de inicio del nuevo año, es muy usual, al menos para mí, tratar de hacer un balance de los acontecimientos pretéritos, con el noble fin de corregir aquello que, por una razón u otra, no concuerda o no va bien en mi vida. Es cierto que hay momentos en los que esta labor se hace titánica, pero contemporizando y priorizando, es posible llegar a una conclusión final.

Siendo honesto, este final de año 2021 no me ha colocado en la mejor de las posiciones en según qué materias, pero es cierto que si pretendo ser fiel a mi intención de nuevo año de contemporizar, en otras ha sido un año enormemente positivo, lleno de nuevas experiencias que me han llevado por caminos los cuales nunca pensé que debería recorrer. Desde este punto de vista, el año me ha puesto a prueba y me ha desafiado a vivirlo. Y como a mí me gusta sentarme al borde del abismo, he aceptado el reto, llevándolo, con humildad, por el mejor de los derroteros que me ha sido posible.

Tengo una amiga, Soledad,  cántabra y por lo tanto pragmática que suele repetir un dicho de la sabiduría popular que para mí es un mantra : “ agradece lo que recibas aunque no sea lo que esperas “.

Es una frase muy cierta. Estos días atrás, con motivo de los Reyes Magos, les explicaba a mis hijos que mi hermano y yo nunca hacíamos la carta de Reyes. Sabíamos, por experiencia, que sus Majestades de oriente se iban a portar bien con nosotros y nos hacía ilusión cualquier cosa que trajeran. Ahora, si no aciertan con el modelo de las zapatillas o la talla del pantalón, los chavales se vuelven republicanos en al acto. Es potestad de los hijos pedir y es derecho de los Reyes satisfacer o no todas las peticiones.

somos unos privilegiados. Para darse cuenta de ello, es fundamental pararse a hacer una reflexión de en qué lugar nos encontramos; con los pies en el suelo y sin establecer comparaciones del todo improductivas con aquellos que están en estratos sociales económicamente inalcanzables

Entiendo que para una generación que ha vivido en la opulencia, por lo general, entendiendo por opulencia no solo tener cubiertas sus necesidades básicas, sino mucho más, no es fácil conformarse con algo que no sea, específicamente, lo que desean. Estos jóvenes y no tan jóvenes del “ lo quiero, lo tengo “, deberían aprender que la vida te da una de cal y dos de arena cuando menos te lo esperas.

Recuerdo, al hilo de estas reflexiones, una entrevista que tuve la ocasión de ver, a uno de mis actores favoritos, sin duda; el gran Ricardo Darín. En el transcurso de esta entrevista, un periodista le preguntaba acerca de por qué había rechazado un papel que le habían ofrecido en una producción americana, siendo Hollywood la Meca para cualquier actor. 

Tras algunas explicaciones de tipo técnico, el periodista le insistía, con el argumento de que, además, estas producciones están muy bien pagadas. Darín, con la inmutable media sonrisa que tienen los que ven la vida con sentido irónico, lo cual está reservado a los inteligentes, todo hay que decirlo, le contestó que para qué quería el dinero. Que él lo que quería era volver a Argentina, tras haber estado actuando en Madrid durante varios meses, en una obra que, por cierto, tuve el privilegio de disfrutar en los teatros del Canal.

Dado que el periodista insistía en el tema económico, Ricardo Darín le contestó : “ Yo me ducho caliente dos veces al día “, en alusión a que ya era un privilegiado y pensaba, con buen criterio, que volver con su familia, a su casa, era prioritario.

Interesante reflexión, interesante respuesta. Si nos paramos a pensar un poco, hablando, como es lógico, en general, somos unos privilegiados. Para darse cuenta de ello, es fundamental pararse a hacer una reflexión de en qué lugar nos encontramos; con los pies en el suelo y sin establecer comparaciones del todo improductivas con aquellos que están en estratos sociales económicamente inalcanzables. Tratando de ser, si no positivos, simplemente pragmáticos.

Por lo tanto, creo que el agradecimiento a todo lo bueno que la vida nos aporta es una cuestión de justicia. Y si se han de comparar, miren hacia abajo. Podrán darse cuenta de la ingratitud que supone el descontento que, por lo general, arrastramos por la vida. No hace mucho, mi mujer me preguntó, al llegar a casa, que tal había ido mi día. “ yo, con llegar ileso, me conformo “, le contesté. Es una de mis patochadas habituales, pero no por ello deja de ser una gran verdad. Yo, con acabar el día en mi cama, rodeado de los míos, ya soy feliz.

Así pues, gracias por los días pasados y, sobre todo, gracias por los días que vendrán. Que sean muchos.

“ Hola Ana. ¿ Que tal tu marido ?”.

“¿ Comparado con quien ?”.

Lo dicho.

@julioml1970

viento
Julio Moreno

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