En estos días inciertos, en que vivir es un arte, me encuentro releyendo, por enésima vez, un libro de uno de mis autores favoritos del que ya me habrán oído hablar, Juan Tallón. Este autor gallego, con numerosas novelas en su haber, es realmente un articulista genial. Columnista de numerosas publicaciones, hace algunos años publicó una recopilación de sus artículos llamada  “ Mientras haya bares “.

Para mí, este libro es mi libro de cabecera. Si me permiten la ofensa, la biblia según San Juan, Tallón. No es que lo haya releído en su totalidad en numerosas ocasiones, que también. Es que te permite abrirlo por cualquier página y disfrutar de su acidez y de su fina ironía. La acidez y la ironía, junto con saber reírse de uno mismo deberían ser motivo suficiente para alcanzar los cielos. Carecer de estas virtudes, pecado capital. Para esto, los gallegos tienen un don. Deben de ser las horas que se pasan mirando por la ventana como llueve sobre su tierra magnífica, que dan para mucha reflexión.

La paciencia del sargento estaba llegando a un límite peligroso, así que, con una actitud propia del sargento de artillería Hartman en “ La chaqueta metálica “, le espetó “ ¡ Como que depende !, ¿ de que coño depende ? “. A lo que este contestó, “ Depende. Si la mira de cerca, es grande. Si la mira de lejos, es pequeña “.

Yo tenía un compañero gallego en la mili. No recuerdo su nombre porque para el resto de la reclutada era “ el gallego “. Lógico. Un día estábamos formados, con el uniforme de paseo precisamente para eso, para salir al paseo. Por si no han hecho la mili, el paseo es salir fuera del cuartel en las horas libres que tienes por la tarde. Pues en esas estábamos, en formación, cuando el sargento al cargo, por no pasar la revista, nos preguntó si alguno teníamos algún inconveniente que tuviera que conocer para salir al paseo.

Esta es la típica pregunta trampa, para la que la única respuesta válida es el silencio absoluto. Sin embargo, el gallego levantó la mano. El sargento, que ya conocía al individuo, se llevó la mano a la cara y le dijo “ a ver, gallego, ¿ que pasa ahora ? “. El gallego, sin perder la posición de firmes, le contestó; “ Mi sargento, yo tengo una mancha en el uniforme “.

El sargento, tras mirar al cielo y suspirar hondamente, y supongo que deseoso de marcharse de paseo o a donde coño fuera, le insistió; “ Pero Gallego. ¿ es muy grande la mancha ? “. A lo que este contestó “ depende “. La paciencia del sargento estaba llegando a un límite peligroso, así que, con una actitud propia del sargento de artillería Hartman en “ La chaqueta metálica “, le espetó “ ¡ Como que depende !, ¿ de que coño depende ? “. A lo que este contestó, “ Depende. Si la mira de cerca, es grande. Si la mira de lejos, es pequeña “.

La fiesta de Paris

El gallego, obviamente, se quedó sin paseo. Hay ocasiones en las que la mejor respuesta es el silencio. Volviendo al tema de los libros, yo tengo mucha costumbre de releer, como también tengo costumbre de volver a los sitios que me hacen feliz. Aunando estas dos costumbres, otro de los libros que he releído innumerables veces es “ París era una fiesta “, de Ernest Hemingway. Y digo aunando ambas costumbres porque, entre las muchas cosas maravillosas que me han pasado en la vida, yo he visitado París en muchas ocasiones, y adquirí la costumbre de releer este libro como prólogo o epílogo a cada uno de mis viajes.

En París era una fiesta, Hemingway relata los primeros años de su profesión, pasados en esta ciudad, cuando era más pobre que las ratas y, sin embargo, feliz. Como dice mi madre, no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita, y en esta etapa, a Hemingway le bastaban los bistrots parisinos para sentirse en casa. Bien es verdad que la mitad de su obra se encuentra inspirada en el ron Saint James que consumía con aplomo profesional, pero cada uno busca su inspiración donde le da la gana.

Era por su escasa economía, y por su don de gentes, que Hemingway se hizo habitual de Gertrude Stein, coetánea del autor, también escritora y coleccionista de arte. Por aquel entonces, Hemingway frecuentaba su casa, donde era bien recibido en calidad de literato ya emergente y donde Ms. Stein le obsequiaba con su colección de buenos caldos espirituosos.

La vida como comedia

Gertrude Stein, amiga de la crítica y persona docta en el arte literario, siempre le decía a Hemingway que sus textos eran, en ocasiones, inaccrochables, término este que, en un sentido literal podíamos traducir por incolgables, perdónenme el término, en alusión a ciertas obras de arte que no se pueden colgar, bien por su calidad o bien por su contenido.

Trasladando esto a nuestra vida de a pie, a veces nos pasan cosas que, debido a la situación cómica o anecdótica que provocan, hemos contado innumerables veces. Una de las frases favoritas de mi mujer, cuando estamos con amigos y me pongo a soltar mis historias es “ eso ya se lo has contado cien veces “. Es cierto, pero para mi, la vida es una comedia. Si no fuera así, no soportaría el peso de ciertas cosas.

Sin embargo hay otras que, aunque se hayan contado en “ petit comité “, son realmente “ Inaccrochables “, incontables. Si no que se lo pregunten a mi amigo Coco, conocedor de situaciones que dejarían mi prestigio, si alguna vez lo he tenido, por los suelos.

El sexo de papá Noel

Pero no nos desviemos del tema. En esta línea, recuerdo algo que nos pasó hace unos once o doce años. Era un día de Navidad. Tengo que decir que, probablemente porque mi hijo Javier nació el 26 de diciembre y mi hijo Juan el 4 de enero, a casa nunca ha venido Papá Noel. Bueno, por eso y porque como dice un buen amigo mío, es un invento anglosajón, y en mi casa somos muy ibéricos, faltaría más. Así que mis hijos nunca han recibido nada de Papá Noel y lo han llevado siempre bien, o al menos, eso pensaba yo.

Pues nos encontrábamos paseando por el barrio cuando nos encontramos con los padres de una amiga, señores de cierta edad y educación tradicional, con los que nos paramos a conversar. En un momento de la conversación, el hombre debió sentirse en la obligación de dirigirse a los niños, así que, inopinadamente, le preguntó a mi hijo Juan, que entonces tendría tres años, que qué le había traído Papá Noel.

Aún a día de hoy me pregunto, muchas noches de insomnio, que fue lo que llevó a Juan a contestarle así, pero mi hijo le miró desde su escaso metro de estatura y le dijo “ Papá Noel es gay “. Supongo que si Juan hubiera sacado el Magnun Smith & Wesson del 44 de Harry el sucio y le hubiese apuntado a la cara, el hombre hubiera tenido la misma reacción, aproximadamente.

Blanco como la pared, dio un paso atrás y balbució ¿ que ha dicho ? , a lo que yo, como mi amigo el gallego, contesté con el silencio. Como ahora nos la cogemos con un papelito, tengo que decir que si alguien se ha ofendido por el uso de la palabra gay, sinceramente, me la sopla.

Volviendo a la actualidad, me imagino que anoche, en el debate de las elecciones del 4 de mayo, a los miembros del equipo de Gabilondo se les quedó la misma cara cuando le espetó a Pablo Iglesias lo de “ Pablo, el 4 de mayo tenemos que ganar “.

A veces, sin duda, el silencio es la mejor opción.

Sean felices.

JM6

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