La barba fue progre. Eran tiempos en los que el progreso en las ideas se asociaba a la seriedad de las barbas. En las colas del cine (entonces se hacía la fila para comprar entradas) era fácil identificar a los sujetos por sus atributos pilosos. Una mandíbula poblada era signo identitario inequívoco.

Llegó pronto la posmodernidad y sus desconstrucciones hermenéuticas, y se llevó las barbas mientras se pintaban las crestas de colores. La movida madrileña fue un paisaje de caras lampiñas, muchas veces aniñadas. Lo serio se lo llevó el viento. Ahora han vuelto los barbudos.

Y como todo culto, también tienen sus textos. El que ahora comentamos está firmado por el Capitán Peabody Fawcett, y es un compendio de historias, formas, códigos y entretenimiento de las barbas, los productos asociados para su cuidado y belleza y las ideas que ahora se aplican a los que lucen el pelo, nada salvaje en la cara. Ahora los barbados son veganos, practican yoga y tienen una conciencia social generosa y proactiva.

¿Pero quién es este Peabody que se atreve con este tema en este tomo editado por Oberón y titulado Hombres y barbas. Estilismo para caballeros? La editorial nos dice que se trató de un explorador intrépido desparecido en 1905 cuando navegaba por un afluente del río Congo. La barba le habría venido bien para evitar, en aquellas aguas infectadas de mosquitos, la picadura irritante de algún tábano. Los grupos de rescate enviados a la zona no hallaron rastro de Peabody. Pero muchos años después, en 1997, apareció un baúl en una subasta, con textos del capitán desaparecido, diarios de sus aventuras, y pomadas y ungüentos para cuidar de su poblada barba.

Los bálsamos del capitán

Con buen criterio comercial, los bálsamos del capitán se han convertido en una marca actual que celebra el dandismo clásico de la época eduardiana con una imagen de marca antigua, que mezcla la elegancia con un toque conservador. El libro es una joya porque su edición está cuidada: fotografías excelentes de tiendas, barberías, señores relajados en el sillón, a pesar de tener una navaja en el cuello. Es cierto lo que dice el texto: no hay mayor gesto de confianza que el abandonarse a una mano que sostiene una navaja de barbero a un centímetro de la aorta. Hay sujetos exóticos, recomendaciones para cuidar la barba, métodos para el rasurado y un amplio catálogo de cremas y afeites para ser un tipo elegante, lejos de la grave y sosa seriedad de aquellos progres de sala de cine de arte y ensayo, versión subtitulada. Van a encontrar historias fascinantes como la de los barberos escoria de Rotterdam y relatos con otros personajes y otras plumas, ajenas al relato fundacional de Fawcett.

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Concluido el libro, uno tiende a pensar que la historia del capitán Fawcett pudiera ser perfectamente una creación típica del storytelling, una forma de darle profundidad histórica y legitimidad (caso de que le hiciera falta) a ese regreso de las barbas al código de elegancia de nuestro tiempo. Un tiempo en el que, si el capitán no hubiera existido, habría que inventarlo. La vanguardia, queridos lectores, es hoy conservadora.

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