Dos puntos en el mapa del mundo: Suecia y Raqa. A un lado el mundo desarrollado, el paraíso del estado del bienestar. Al otro, el feudo medieval del Estado Islámico: mujeres cubiertas con el niqab, ejecuciones en público, la tiranía de la ley islámica, barburos armados, salvajes como animales. Y mujeres sometidas. Esta es una serie en la que el peso la llevan las mujeres. Las mujeres son las víctimas, y también las que salvan la historia, las que evitan el atentado. Heroínas y víctimas.

La serie de Netflix está dividida en ocho capítulos de unos 45 minutos. La ha dirigido un director bosnio, Goran Kapetanovic. El guión es de Wilhelm Berhman y Niklas Rockström. Se estrenó en Netflix a mitades de marzo. La trama está muy bien construida, y es muy eficaz para mantener la atención del espectador durante toda la serie. Conviene advertir que no se trata de una serie frívola. La historia que narra Kalifat lleva una gran carga de información y en algunos momentos lleva a pensar que está realizada para dirigirse a las jóvenes adolescentes europeas que pueden caer en la seducción a distancia de los yihadistas. Sería conveniente que se recomendara en las escuelas. Las jóvenes de la serie caen rendidas de seducción ante la promesa de un mundo nuevo, en el que serán trituradas sin piedad cuando lleguen.

Una serie valiente

En Fanfan hemos preguntado a Hannan Serroukh, investigadora española y experta en cuestiones sociales, que conoce muy bien las tramas y la forma de operar de las redes yihadistas. Y nos ha dado su opinión sobre esta serie: «tiene un gran valor educativo, consigue hacer una fotografía completa sobre la amenaza del terrorismo yihadista.  Es una serie valiente que muestra cómo en nuestro día a día convivimos con el extremismo islámico,  en las escuelas, en  ciertas organizaciones sociales y culturales que aparentemente trabajan para por el bien común , pero que el objetivo real es otro».


Hannan concluye que Kalifat «pone en evidencia la necesidad de trabajar de manera más estrecha entre los agentes sociales con las fuerzas de seguridad. Cabe destacar cómo aparece el discurso víctimas y manipulador sobre el conflicto de Palestina que circula en las redes y nos enseña que no existe un perfil único de terrorista.  Es un reflejo muy cercano a la realidad de la lucha contra el terrorismo yihadista».

Dos mujeres contra el Daesh

La agente de policía Fátima recibe información que le lleva a pensar que se está preparando un atentado en Suecia. Comienza una investigación en solitario, en la que va a encontrar todo tipo de dificultades y zancadillas de sus superiores. No tardará en ser apartada del caso.

En Raqa, una joven, Pervin, esposa y madre, casada con un pistolero de una de las muchas bandas y brigadas que operan bajo la bandera de Alá, quiere huir del infierno. Un teléfono la convierte en confidente de Fátima. En cada conversación pone en riesgo su vida. La agente sueca le promete montar una operación para sacarla del país con la condición de que le de información para evitar el atentado. Pervin es la verdadera heroína de Kalifat. Lidia con un marido apocado y nervioso, y con sus colegas brigadistas, una cuadrilla de brutos salvajes que se pasan el día preparando matanzas o celebrando los atentados que ven por televisión.

Doctrina y seducción

La intriga se plantea, por tanto, a través de una línea telefónica en la que se desarrollan conversaciones clandestinas. La subtrama nos presenta por una parte a los que están organizando el atentado: un tutor de un instituto, camuflado al amparo de una supuesta organización católica, y dos hermanos suecos que rozan la oligofrenia. La otra parte de esta subtrama son tres jóvenes: dos hermanas de una familia árabe cuyos padres han dejado atrás el islam y se han integrado en los usos y costumbres occidentales, y una tercera joven que vive con su padre, un maltratador alcoholizado.

La serie desarrolla con detalle los pasos del adoctrinamiento ideológico. La incapacidad del sistema para integrar a jóvenes de familias inmigrantes, sin arraigo cultural, o la marginación por formar parte de familias rotas, son los dos caladeros en los que operan los captadores, que prometen un futuro idealizado de bienestar y felicidad en los territorios del Estado islámico.

La serie evidencia un trazo grueso a la hora de definir algunos personales. Los terroristas suecos son dos imbéciles manejados por un sagaz musulmán, encargado de dirigir el atentado en Suecia. Husam, el marido de la confidente en Raqa, es un cobarde débil mental que no quiere inmolarse ni ir a la guerra y tiembla ante su mujer cuando se pone brava. Pero ese trazo tosco de algunos personajes resulta muy eficaz a la hora de narrar una historia compleja, que deja en su final un sabor amargo.

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