La cucaracha. Ian McEwan. Anagrama. Panorama de narrativas.

Circula por las librerías  La cucaracha, una sátira en 125 páginas y cuatro capítulos, una burla de los políticos y los mecanismos populistas que han llevado al Brexit, tan de actualidad. “Se lee de un tirón” dice en la contraportada la publicidad que acompaña este tomo inesperado, apresurado, fallido. Si lo ponemos en el orden histórico de la tradición satírica británica, ‘La cucaracha’ no pasa de ser un mal ejercicio de redacción de un estudiante de secundaria. Nombrar aquí a  Dickens, a Swift, a Thackeray o a Orwell, no deja de ser un golpe bajo para un gran novelista (McEwan) que a la hora de ridiculizar a los Boris Johnson, y a los Farage que han urdido el Brexit, tiene que recurrir nada menos que a Kafka.

la cucaracha
La cucaracha

Pero ya que McEwan tira del hilo del insecto de Kafka, pongámonos en modo tradición literaria para analizar esta obrita que se te cae de las manos, a menos que la leas de un tirón, como dice la promoción. Si te tomas dos respiros entre capítulos, es probable que la abandones, como si fuera un folleto de publicidad de artículos de oficina. Como los malos malabaristas, el lector tiene que correr por el alambre para evitar la caída en un paso lento.

En Kafka, el protagonista de La metamorfosis despierta una mañana encerrado en un exoesqueleto brillante y oscuro. En la novela de McEwan, el protagonista se llama Sams (versión británica de Gregorio Samsa), y ya ese paralelismo al lector le toca las meninges, porque el tono y el fondo de la novela de Kafka no tienen nada que ver con el tono y la intención (satírica, recordemos) del británico.  

Del hilo de Kafka al lío de McEwan

El Sams británico es una cucaracha que una mañana despierta en la cama del primer ministro desprovisto de su esqueleto exterior, y con todas las carnes en la periferia de sus huesos. Durante el sueno se ha metamorfoseado en humano. Suponemos que esto para un insecto de esa naturaleza debe de ser muy obsceno. En su memoria de los hechos más recientes están las imágenes del viaje, la víspera, desde Westminster, hasta el 10 de Downing Street. En ese viaje el blatodeo esquiva las pisadas de los manifestantes de una marcha, y una montaña de boñigas, suponemos que de caballos. Todo suena a garabato en una servilleta de bar. El hilo de Kafka no lleva al ovillo de McEwan.

Otro de los recursos que chocan al lector, y que hacen perder eficacia satírica al asunto central de la novela, es el paralelismo elegido para cuestionar el Brexit. En La cucharacha, el primer ministro pone en marcha el mecanismo del “reversionismo”, que consiste en darle la vuelta a los flujos económicos: a usted le pagan por consumir. Y usted utiliza ese dinero para  comprar  un puesto de trabajo: “cuanto mejor y en consecuencia más costoso sea el empleo que encuentre, más deberá comprar para compensarlo. La economía se incentivará, habrá trabajadores más cualificados, todo el mundo saldrá ganando. Los caseros deberán comprar incesantemente productos manufacturados para pagar a  sus inquilinos. El gobierno adquirirá plantas nucleares y ampliará su programa espacial para ofrecer regalos fiscales a los trabajadores. Los hoteles tendrán el mejor champán, las sábanas más suaves, orquídeas exóticas y el mejor trompetista de la mejor orquesta de la ciudad para permitirse el lujo de tener huéspedes”.

Ian McEwan
Ian McEwan

Trump, el de Twitter

El hilo del reversionismo es delicado, porque si tiras y tiras llegas hasta el socialismo comunista, donde ya saben ustedes que “unos hacen como que trabajan, los otros hacen como que pagan”. Entregados a esa brillante estupidez, los  ministros del gabinete se aprestan a parar la economía, porque todo lo que tiene que circular en sentido opuesto tiene primero que detener su marcha. En la novela se exploran algunos mecanismos del populismo, como el control de la agenda mediática, y el uso del pretexto feminista (Me Too) para eliminar a algún adversario político, agrupados aquí en lo que el autor llama los  “avantistas”, los que quieren que la economía siga el sentido tradicional del capitalismo. En la novela aparece también Trump, convertido en Archie Tupper, un presidente con una capacidad extraordinaria para convertir en un tweet de éxito el asunto más complejo, y al que no se le puede molestar en las horas del prime time de la televisión.

El chiste de McEwan se agota pronto, está muy poco elaborado, es apresurado y esquemático y no consigue la adhesión cómplice del lector. En su descargo debemos decir que incluso en el texto esbozado en una servilleta de bar, el autor sigue siendo un gran prosista. Pero para entender el Brexit y sus corrientes ocultas, nos resulta más útil la última novela de John Le Carré, que este garabato apresurado de McEwan.

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