No sé si les habrá ocurrido alguna vez que se han despertado de un sueño tan profundo y pesado que no sabían dónde estaban. A mi sí. Normalmente ha tenido que ver con las condiciones lamentables en las que me había acostado la noche anterior, o la madrugada anterior, pero otras veces me ha ocurrido hasta sobrio.

En cierta ocasión, cuando contaba, más o menos, con veinte años, o sea en el pleistoceno medio, un primo mío, un poco menor que yo, acudió a visitarnos a la casa de la playa. Tengo que decir que entonces veraneábamos con mis padres y la casa, si bien funcional, no era precisamente una mansión, así que pusimos un colchón entre mi cama y la de mi hermano para acomodarle.

En aquella dorada y añorada época, las noches en la playa eran memorables. No voy a decir que acabábamos como Dean Martin y Fran Sinatra destrozando una suite del Caesar´s Palace pero hacíamos lo que podíamos con nuestros medios, por lo tanto, esa noche no fue una excepción a la regla, que creo recordar que es la única regla que he conocido sin excepciones. Treinta noches, treinta juergas memorables. Hay que tener esa edad para soportarlo o ser un miembro de los Rolling Stones, en cuyo caso la edad es irrelevante.

«El ibuprofeno y la edad te harán olvidar que la resaca es zona catastrófica»

La mañana siguiente

Pues bien, a la mañana siguiente, más bien sería medio día, mi primo se despertó. Yo ya me hallaba en ese duermevela clásico en el que sabes que en algún momento te tendrás que levantar pero que cuando lo hagas te sentirás tan mal que jurarás que nunca más volverás a beber. Nunca más, hasta esa noche, en la cual el ibuprofeno y la edad te harán olvidar que la resaca es zona catastrófica. Ciertas resacas son tan apoteósicas como las noches que las provocaron, pero al revés. Es como cuando los pescadores gallegos cogen un pulpo y le dan la vuelta a la cabeza, no sé si lo han presenciado, con la salvedad de que la agonía del pulpo termina en ese momento y la tuya, sin embargo, puede durar varios días.

Pero no nos desviemos del tema. Hay que decir que para aderezar la situación yo en aquella época dormía como Dios me trajo al mundo. Al menos quiso la suerte que cuando mi primo se despertó estuviera de espaldas, lo cual impidió un despertar más traumático aún para el pobre muchacho. De cualquier modo, miró a un lado, miró al otro y tras evaluar la situación dijo, a voz en grito “ ¡ Dios !. ¡ Me he metido en un apartamento con unos tíos !”. Su desconcierto terminó cuando tanto mi hermano como yo, presas de un ataque de risa a pesar de los cactus que pugnaban por atravesar nuestras cabezas desde el interior, nos dimos la vuelta. Nos miró a los dos, suspiró, miró al cielo y siguió durmiendo.

Supongo que le bastó con sentirse vivo y a salvo. Esa suele ser la primera sensación que te invade al despertar, si bien no suele durar mucho. Dura hasta el momento en que, con suerte, te acuerdas de las cagadas que hiciste la noche anterior. Entonces sí que no te quedan ganas de levantarte. Aunque siempre puede ser peor. En los tipos duros no bailan, de Norman Mailer, aparece un tal Tim Madden que una mañana se despierta con resaca. Tiene un nombre tatuado en el brazo y por supuesto no recuerda nada de la noche anterior. A los pocos minutos descubre en el asiento de su porche una enorme mancha de sangre y al cabo, en el rincón donde oculta su plantación de marihuana, la cabeza de una rubia cortada por el cuello. Si lees este libro una mañana de resaca, tu dolor de cabeza ya no parece tan grave.

Toda esta reflexión tiene un por qué.

Últimamente me despierto como las mañanas de resaca. De entrada, me siento feliz y a salvo, confortable en mi cama, hasta que empiezan a aflorar a la cabeza los primeros pensamientos. Entonces me doy cuenta de que no se bien en qué lugar me he despertado. Aparentemente, es mi lugar, mi mundo, pero cuando lo miro al trasluz me doy cuenta de que solo es un reflejo de lo que era.

«El futuro es la eterna resaca de nuestra vida anterior y ya parece que nunca nada será igual»

Este maldito virus nos ha cambiado la vida. Esta vida con bozal a la que nos hemos acostumbrado de tal manera que cuando vemos fotos o vídeos de hace tan solo ocho meses se nos hace raro no ver mascarillas no es la vida que teníamos.

A fin de cuentas, la mascarilla es lo de menos. Lo peor es la correa invisible que también nos han puesto al cuello, que nos impide no solo la libertad de movimientos, sino el imprescindible derecho de poder visitar a nuestros amigos, a nuestros mayores, que se están perdiendo los últimos momentos que les correspondía compartir con sus hijos, con sus nietos. La ineficacia de la clase dirigente, con independencia del color político, nos ha llevado a este puerto, un puerto sombrío y gris del que parece que nunca vamos a zarpar hacia aguas más limpias y transparentes. El futuro es la eterna resaca de nuestra vida anterior y ya parece que nunca nada será igual.

El problema es que en estas aguas revueltas pescan ciertos pescadores que nada tienen que ver con lo que está pasando y tienen la habilidad de subvertir las revueltas más intrincadas de nuestro ordenamiento jurídico para convertir este problema sanitario en otra cosa bien distinta, introduciendo sus sucias manos en nuestras vidas y nuestros bolsillos.

Me refiero a filósofos ministros de sanidad, vicepresidentes bolivarianos que, merced a resultados previos, ya sabemos dónde nos pueden conducir, presidentes que pactan con aquellos que hace relativamente poco disparaban a sus compañeros en la cabeza, con tal de mantenerse en el poder y por supuesto jefes de la oposición que traicionan a sus votantes de toda la vida para medrar y tratar erróneamente de arañar votos con virajes que indudablemente se volverán en su contra. Eso sin nombrar a ciertas ministras cuyo discurso más celebrado en su trabajo anterior era “ se informa a los señores clientes que hemos abierto la caja siete “.

Pues con toda esa amalgama de eunucos tenemos que lidiar para salir de este trance. Me temo que la resaca nos va a durar toda la vida.

Supongo que en este caso nuestros políticos se aferran a la cita de Fidel Castro, tan admirado por alguno de ellos; “Condenadme, no importa, la historia me absolverá “.

Pues así, pero al revés.

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