Pues resulta que hoy, después de mucho tiempo sin escribir por motivos varios, hemos tenido una mañana movidita en la escalera y os lo tenía que contar. Tenemos una jefa bastante antisocial que, por otro lado, le da envidia que hagamos pandilla en el trabajo. Siempre que estamos en la sala del café, con la excusa de los protocolos covid, viene y nos abre todas las ventanas, para joder más que nada, porque siempre que viene se disuelve la reunión, claro.

Hoy, como el tiempo acompañaba, hemos vuelto a salir a la escalera de atrás. Allí estábamos todas al sol, contando nuestras cosas del fin de semana, cuando ha aparecido ella con su cara de estar oliendo mierda en un palo, y se ha unido al grupo. Es como si te echan un cubito de hielo por la espalda. Aun así, nosotras hemos seguido a lo nuestro. Ella callada, porque se esfuerza, pero no sabe. No sabe entrar en las conversaciones de manera normal, contar sus anécdotas, reír las gracias de las demás, no sabe. Total, que Lola ha empezado a contar que este fin de semana ha estado en la boda de unos amigos y que ha sido una tortura. Que tanto rosa, tanto unicornio, arcoíris, purpurina y amor dulzón le ponen las hemorroides garrapiñadas.

Bea ha roto una lanza en favor de las bodas, a ella le gustan, le gusta el amor correspondido y poder celebrarlo con la gente que quieres. Solo ha tenido el apoyo de Marga, y eso que ella nunca se ha casado, pero dice que le divierte cualquier tipo de celebración, y que hay muchas bodas que son la mar de divertidas. Lola seguía mascullando que ella no ha ido a ninguna que sea mínimamente decente. Que son todas una horterada y también un pedazo de negocio, aunque nadie se atreva a decirlo. Nada más decirlo ha habido un silencio de lo más violento. Hace unos meses se casó nuestra “agradable” jefa e invitó a todo el departamento. En esos segundos tensos en los que todas estábamos pensando que decir, pero a ninguna se nos ocurría nada, ella, la jefa, dice:
—Pues yo no hice negocio con mi boda.
A lo que Lola contestó:
—Perder tampoco perderías, porque el menú fue simplón y no pusiste ni una mísera hora de barra libre.
Ese momento en el que no se mueve ni el aire y solo se oye a Lola sorber tranquilamente lo que queda de su café…
A nuestra querida jefa le salía fuego por los ojos, se notaba como movía los labios sin llegar a decir nada porque no sabía ni que decir, al fin contesta muy alterada y gritona, como es ella:
—Si ya sabía yo que había cierta gente que no debería de haber invitado…
Con la tranquilidad que da saber que eres totalmente superior a tu oponente, y ante la atenta mirada de todas que estábamos en un sinvivir, Lola contesta:
—Tienes un síndrome de Solomon que da gusto verlo.
Ha tirado su vaso a la papelera y nos ha dejado allí sin saber que decir. La jefa se ha ido detrás intentando contestar a eso para no quedar como una polilla, pero ya no había remedio y ella lo sabía.
Creo que nos esperan unas semanas bastantes tensas con la jefatura, si es que con esta mujer no se puede

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