La mañana de un terrateniente. Lev Tolstói. Traducción de Selma Ancira. Editorial Acantilado

Nos propone Acantilado una de las narraciones breves de Tolstói. Este La mañana de un terrateniente comienza con el cambio de tercio en la vida del príncipe Nejliúdov. A los dieciocho años decide dar un giro en su vida. Después de pasar el verano en su aldea escribe en francés a su tía, la condesa Belorétskaia, su mejor amiga. Abandona la Universidad para dedicarse a la vida rural. El príncipe se anticipa a la reacción de la tía, y le pide que no se ría de él. El cuento lleva fecha de 1856. En aquella época una decisión como la del príncipe solo podía provocar la hilaridad entre la aristocracia. La tía le responde con sabiduría que admira su maravilloso corazón, pero que en la vida «las cualidades nos perjudican más que nuestros defectos».

El relato y la vida de Tolstói

El relato tiene ecos autobiográficos. Lev Tolstói dejó la universidad en 1847 y se refugió entre los campesinos de su Yasnaia Poliana natal. Su conciencia tuvo una profunda sacudida. El escenario de dolor y miseria de sus siervos le cambio la vida. Es entonces cuando nace su idea de consagrar su vida a mejorar las condiciones de los pobres. Es verdad que en aquel primer impulso no encontró la forma de dedicarse a la tarea. Ingresó primero en la carrera militar y fue nombrado oficial de artillería.

Después de la guerra de Crimea, en la que Tolstói participó con valentía, se dedicó a escribir y a viajar por Francia, Suiza y Alemania. De esos países se llevó a Rusia ideas pedagógicas que aplicaría en una escuela para pobres que abrió en Yasnaia Poliana. La enseñanza en su institución era gratuita, los alumnos podían entrar y salir de clase a su antojo y jamás hubo castigos. La escuela se instaló en una casa próxima a la que habitaba Tolstoi y la base de la enseñanza era el Antiguo Testamento.

Una mañana decepcionante

Recordamos estos detalles de la biografía de Tolstói porque conectan con La mañana de un terrateniente y los pequeños sucesos que se relatan en el recorrido del príncipe por las isbas de sus siervos. Sale de casa para resolver problemas, con las ideas muy claras sobre lo que deben hacer los hombres y las mujeres que, somo siervos, «le pertenecen». La mañana del príncipe será una decepción. Su razón le dice que debe orientar la vida de esas familias: a unas les propone trasladarse a una granja nueva, a otras les indica negocios en los que se pueden asociar. Todo son negativas, todo se vuelve inconvenientes.

La mañana de un terrateniente demuestra que la tía tiene razón cuando anota en su carta «que solo cuando nos hemos equivocado de vocación, sabemos cuál es la verdadera, que es más fácil conseguir la felicidad propia que la ajena; y que para ser un buen patrón es necesario ser una persona fría y severa, algo que difícilmente conseguirás ser, aunque intentes parecerlo». El resultado de los afanes del príncipe es una felicidad racional, una felicidad seca y fría. Al final, triste por su error, descubrirá su verdadera vocación. Eso se lo dejamos al lector. Tan solo debemos añadir que la traducción de Selma Ancira es un brillante peldaño más que se añade a una obra de traducción colosal.

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