Cuando el jilguero no quiere cantar, cuando el poeta es un peregrino. Cuando de nada nos sirve rezar, caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”. (Antonio Machado).

Hay días en los que sentarse delante del teclado, para mí, no es sino un gesto de fe. Esos días en los que, a pesar de haberte devanado el pensamiento, no se te ocurre un tema del que tirar, un hilo para iniciar la madeja del artículo. Como decía el personaje de Audrey Hepburn en “desayuno con diamantes”,  “Escuche, ¿conoce usted esos días en que se ve todo de color rojo?”, a lo que su interlocutor contesta “¿color rojo? Querrá decir negro”, “no, se tiene un día negro porque una se engorda o porque ha llovido demasiado; estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles. De repente se tiene miedo y no se sabe por qué”.

No sé si ustedes han tenido esa sensación alguna vez, un pánico indefinido que te trastoca y te saca de tu zona de confort, sin tener, aparentemente un motivo claro. Me gustaría decir que a mí no ha ocurrido, pero sí, me ocurre de vez en cuando. Es cierto que yo soy un gran partidario de la química, en casi todas sus variantes y, habitualmente, recurro al Escitalopram o al Orfidal. Si no los tienen a mano, una copa de vino blanco, o mejor dos, también ayudan; pero lo ideal en estos casos es tratar de identificar la causa de tu zozobra. Lo malo es que no siempre está claro que te inquieta, más aun cuando se trata de un cocktail de preocupaciones y desasosiegos. Sin embargo, a veces, uno es consciente de lo que le está desafiando a superar el momento. En mi caso, en esta ocasión, y en muchas otras, se trata del síndrome de la página en blanco.

A lo largo ya de algunos años de escritura, he comprendido que al escritor le inquietan principalmente dos cosas. La primera aunque no necesariamente la más importante es el miedo a no ser leído. No me refiero a ser leído y no gustar, si no a que la gente no te lea, literalmente. El escritor, a mi modo de ver, es un exhibicionista, alguien que expone sus sentimientos al gran público sin ningún tipo de pudor. Por supuesto, me estoy refiriendo al buen escritor, entre los cuales, sin duda alguna, me encuentro. Esto lo he comprobado desde las dos riveras del rio, como escritor y como lector. Si no puedes adivinar en el texto que es lo que inquieta al escritor, cuales son sus demonios, sus dudas y sus cavilaciones, sin duda el autor no ha cumplido su objetivo, no ha puesto su alma en el papel, no ha sabido despertar tus sentimientos. Por lo tanto, si un autor no despierta tus pasiones, sean estas altas o bajas, no le leas más. Hay cosas más excitantes que hacer, como por ejemplo planchar o ver los documentales de la dos.

El segundo miedo que motiva al escritor sin lugar a dudas, y no menos importante, es no ser el mejor. Decía Juan Tallón que “un escritor no debe escribir para ser mejor que otro, sino para superarse a sí mismo en cada nueva creación”. Es este miedo el que te atenaza cuando te plantas delante de la página en blanco. Como ya he dicho anteriormente, no tengo reparos en reconocer que me considero un buen escritor. Pueden llamarlo vanidad, y estarán en lo cierto; pero, curiosamente, no evalúo lo escrito sino hasta que lo leo, hasta que lo veo terminado, negro sobre blanco. Mi metodología pasa por la redacción, la corrección, y lo más importante, la lectura y relectura del artículo. Es entonces cuando, en un acto de narcisismo innegable, pienso que nunca más seré capaz de escribir algo así; que yo no soy el autor de lo que estoy leyendo. Lo reflejaba muy bien Julio Cortázar cuando explicaba a sus alumnos que “a veces me da vergüenza firmar mis cuentos, porque tengo la impresión de que no soy su verdadero autor, de que me los han dictado”.

Hay que tener cuidado con este tipo de sensaciones. Recuerdo muy bien lo que me ocurrió cuando me compré mi primera moto. He de decir que, como con la escritura, yo empecé a montar en moto más bien mayor y por lo tanto me faltaba la destreza de los moteros de cuño; no obstante, con práctica y perseverancia, llegó un momento, demasiado temprano, hay que decirlo, en el que pensé que ya hacía las cosas bien, que me había poseído el espíritu de un motero y ya conducía como un Angel del Infierno. Por supuesto, fue entonces cuando me pegué mi primera leche importante, que no sería la última, ni la penúltima.

Pues siempre que me pongo a escribir, me atenaza ese miedo, el miedo a darme una leche cuando creo que esto ya lo tengo dominado. Y además, ocurre. Muchas veces, tras releer un artículo antes de enviarlo a redacción, pienso “joder tío, hoy te has salido. Que bueno eres, cabrón”; y resulta que el artículo no tiene respuesta alguna, dejándote, como dice Joaquín Sabina “como una kawasaky en un cuadro del Greco”. Y sin embargo, otros artículos de los que has desconfiado en todo momento, despiertan todo tipo de comentarios, ya sean positivos o críticos.

En cualquier caso, que hablen de mí, aunque sea bien. Me decía hace poco Euprepio Padula que el secreto está es persistir, en estar presente, en escribir, escribir, escribir y después escribir. Y esto, créanme, lo pongo en práctica, porque es lo que sé hacer. Y lo seguiré haciendo hasta que la muerte nos separe, al teclado y a mí.

Así que ya saben. Amenazo con volver. Sean felices, mientras puedan.

@elvillano1970

los placeres y los días

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