La profesora es una miniserie que ha triunfado en el mercado británico. Son cuatro capítulos de una pesadilla en forma de muñeca rusa. La historia principal es la de la una profesora, Jenna, interpretada de forma magistral por Sheridan Smith. Jenna da clases de inglés en una escuela privada de secundaria. Es una buena maestra, sus métodos funcionan, consigue buenos resultados de los peores estudiantes, y va a ser promocionada como directora del departamento de lengua inglesa. Su vida profesional es brillante; su privada privada un desastre y un caos. Jenna está divorciada, vive con el dolor del suicidio de su madre, tiene muy malas relaciones con su padre, un viejo y prestigioso profesor, bebe más de la cuenta, el alcohol le provoca grandes lagunas de memoria, y frecuenta discotecas de jóvenes en busca de sexo. Un cóctel explosivo.

La explosión se esa mezcla que se combina en La profesora estalla cuando a Jenna le acusan de haber mantenido relaciones sexuales con un menor, alumno de su clase de inglés, en los baños de la discoteca Lazarus. Llueve sobre terreno mojado. En la primera escena de La profesora Jenna abandona una cama que no sabe de quién, corre para intentar llegar a tiempo al colegio, mientras soporta las arcadas de una resaca colosal. El director del centro le llama a su despacho para decirle dos cosas: que merece la promoción de convertirse en directora de inglés, y que al centro han llegado unos correos en los que la llaman zorra desatada.

El primer capítulo nos presenta también el ambiente en el que trabaja Jenna. Coquetea con un colega, y no tiene buenas relaciones con otras profesoras del centro. Se presentan así los antagonistas. La primera es el personaje interpretado por Sharon Rooney, madre de otra alumna. No admite la cercanía de Jenna con los alumnos, su estilo de vestir minifaldas y camisas escotadas, su afición por la juerga y el alcohol y la impresión de que tiene manía a su hija, a la que valora, según la madre, por debajo de sus méritos.

La duda

A partir de la denuncia, la vida de Jenna se hunde. Insiste en su inocencia, pero su memoria está vacía. No hay pruebas contundentes pero la prensa, los profesores, todos creen al menor. El infierno es dantesco: acoso de jóvenes animados por la imagen de mujer fácil, portadas en la prensa, y el envío de una serie de sobres con contenidos pornográficos e imágenes de la vida privada de Jenna, que termina por aceptar la acusación, incapaz de soportar más la tortura a la que se ve sometida.

A partir de aquí los guionistas trabajan con cálculo minucioso para construir un esquema similar al e las muñecas rusas. La historia de Jenna encierra otra historia. A los autores de La profesora les interesa la trampa, la condena social, la facilidad con la que se puede convertir un relato incompleto en una condena preventiva. No quieren profundizar en las relaciones con el padre, o en la compulsiva afición al alcohol de la profesora. Ese cálculo de guion se demuestra tramposo en el capítulo final. Nos han hecho comprender a Jenna, simpatizar con ella, padecer por la persecución a la que se ve sometida. Pero nos han ocultado un elemento que habría arruinado esa persuasión y que está oculto en el esquema de muñeca rusa.

No vamos a revelar el esquema que conduce a la serie al final, pero si nos interesa señalar que la historia se orienta a abrir una brecha en el tabú de las relaciones entre adultos y menores. El resultado de los cuatro capítulos pretende instalar la duda, trabajar en esa zona de incertidumbre, que siempre existe, en las relaciones desequilibradas entre un profesor y un alumno.

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