‘La sal de la tierra’, de Józef Wittlin, la gran novela polaca del siglo XX

La sal de la tierra. Józef Wittlin. Traducción de Jerzy Slawomirski y Anna Rubió. Editorial Minúscula.

Estamos ante la edición definitiva en español de La sal de la tierra, la novela polaca más relevante del siglo XX. Wittlin planeó la obra como una trilogía, pero el destino le impidió terminarla. El escritor polaco pasó de combatir en la Gran Guerra a sufrir la invasión nazi. Se refugió primero en Francia y más tarde en Estados Unidos, después de cruzar la España de Franco, de la que tuvo que salir huyendo, como cuenta su hija en De un día para otro, unas memorias que relatan la peripecia de este escritor que fue candidato al Nobel y que murió en los Estados Unidos. La edición de Minúscula incorpora Muerte sana, un fragmento de la segunda parte de la trilogía, el único que se conserva. La empresa de Wittlin naufragó por la pérdida de los manuscritos que completaban una obra para la que tenía título: Novela sobre el paciente soldado de infantería.

La maquinaria de la guerra

La sal de la tierra

Ese soldado de infantería es Piotr Niewiadomski. La sal de la tierra comienza con un prologo en el que se narra el momento en el que el emperador Francisco José I firma el decreto de guerra. Wittlin se recrea en ese acto moroso en el que el emperador pregunta cuántas divisiones tiene: 38, le responden. La firma activa su sangre, su corazón bombea por un instante con más fuerza. El decreto pone en marcha la gran maquinaria de la guerra. Dos generaciones de europeos habían vivido en paz. La última guerra, la franco-prusiana, se había detenido en 1871.

Wittlin es un maestro en el manejo del ritmo, de los escenarios complejos, y de los registros diversos. Escribe: «¡Empezó todo! Partieron las tropas, los caballos, los asnos, las mulas, y el ganado de carne. Partieron el hierro, el latón, la madera y el acero. Traquetearon los trenes. rechinaron los camiones y retumbaron los armones cargados de granadas, de proyectiles y de bombas colocadas en cajas como si fueran botellas de agua mineral».

Trenes para la guerra

Y se detiene en el capítulo primero en la estación de Topory-Chernelytsia, en algún lugar de la Galitzia, en la vida de un mozo de cuerda, Piotr Niewiadomski. Piotr es pobre, posee la mitad de una casa y un huerto (la otra mitad es de su hermana que trabaja en un burdel de la ciudad) y una zamarra que heredó de su padre. Piotr es patizambo, un poco lerdo, analfabeto, no sabe distinguir la izquierda de la derecha, y fuerte como una mula. La gran aspiración en la vida de Piotr es ser ferroviario, cubrirse la cabeza con la gorra de los ferroviarios. La guerra le pondrá el quepis militar y un uniforme. Piotr se sabe los horarios de los trenes, pero su mundo se hunde el día que se declara la guerra porque los trenes ya solo van a llevar soldados y material militar.

La sal de la tierra cuenta el proceso en el que las vidas de los súbditos del emperador se convierte en soldados, en carne de cañón, en la «cadaverina» (término acuñado por Wittlin después de la II Guerra Mundial) que alimenta la maquinaria de los estados. La novela transcurre entre el 15 de julio de 1914 y el 25 de agosto de ese mismo año. Apenas cinco semanas. No hay escenas en el frente. No se escuchan disparos de cañón. Tan solo algún lejano relámpago de la guerra, cada vez más cercana. Wittlin se centra en el proceso por el que los pueblos diversos, de culturas diversas, de lenguas diferentes, de sueños y anhelos diversos, se transforman en ejército, en una masa granítica de uniformes. Y ese punto de vista de la novela se desarrolla con una escritura que analiza con todo detalle, con sensibilidad finísima, la transformación de seres humanos en unidades de ejército.

El antisemitismo

Una escritura que anticipa otras tragedias. El antisemitismo estaba allí, profundamente enraizado. La escena en la que los reclutados pasan el reconocimiento médico la leemos hoy como el presagio de lo que vendría después de la primera Gran Guerra. El personaje del sargento Bachmatiuk, que tiene como libros sagrados los reglamentos militares, encarna la psicopatía que destruyó Europa. La transformación de humanos en soldados es para él una Creación, un tomar posesión de las almas. Y cuando lo consigue, ha culminado su obra maestra.

La sal de la tierra nos habla hoy del conflicto entre el ser individual y el ser social. Piotr es un tipo sencillo y sin mundo, algo tonto. Pero en su búsqueda de explicaciones a las cosas es capaz de encontrar su propia mitología, su propia poesía. Y de plantear las grandes preguntas. Ha hecho un juramente al emperador. Ha hipotecado su vida. «A cambio de nada. Y el hombre no tiene más que una vida. ¡Ojalá tuviera dos: una para el emperador y la patria y otra para sí mismo! Después de dar la vida por el emperador en tierra mar o aire, aún se podría volver a casa con la otra vida. Pero tal como estaban las cosas no había manera de contentar a nadie: ni a uno mismo ni al emperador». El miedo, el señor del campamento, y la Disciplina, a la que se someten, serán los mecanismos que hacen posible esa obediencia.

Nazis, comunistas

Wittlin narra todo esto con humor, con distancia, con piedad. Los registros que maneja en la novela van desde la visión popular a las referencias clásicas, y pasa del punto de vista de Piotr al de los oficiales militares o al del narrador que escribe a su descendencia para intentar explicarles cómo se pasó de la vida civil a la barbarie con una facilidad narrativa magistral. Hay pocos sucesos en La sal de la tierra, pero todos los detalles forman parte del análisis literario en el que Wittlin nos cuenta cómo alguien decidió algo en el prólogo de la novela y todo un imperio se lanzó ciego y obediente a la aniquilación del enemigo y a entregar sus cuerpos al emperador. La sal de la tierra forma, con las obras de Joseph Roth, con la literatura de Hasek, la gran literatura del periodo de entreguerras.

Wittlin comenzó a escribir La sal de la tierra en 1925. La publicó en 1935. Fue candidato al premio Nobel. Huyó de Polonia por las amenazas antisemitas. Su familia se reunió con él en París y buscaron refugio en Estados Unidos, donde pasó el resto de su vida, impotente, deprimido, lejos de Polonia. Los comunistas no trataron mejor su obra. Le castigaron con el silencio. Y solo fue recuperado después de la caída del régimen. La edición se completa con escritos de Wittlin sobre la novela y un posfacio de Wojciech Ligeza que analiza los valores literarios de la obra. La traducción, brillante. Tan solo chirría la reiteración de una expresión poco española. No decimos «acto continuado» (página 195, aunque se dice en otras anteriores) sino «acto seguido».

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Alfredo Urdaci
Alfredo Urdaci
Nacido en Pamplona en 1959. Estudié Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra. Premio fin de Carrera 1983. Estudié Filosofía en la Complutense. He trabajado en Diario 16, Radio Nacional de España y TVE. He publicado algunos libros y me gusta escribir sobre los libros que he leído, la música que he escuchado, las cosas que veo, y los restaurantes que he descubierto. Sin más pretensión que compartir la vida buena.

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