La vida de mierda de mi padre. La vida de mierda de mi madre, y mi propia infancia de mierda. Andreas Altmann. Traducción del alemán de Carles Andreu. Seix Barral

Andreas Altmann es un escritor alemán, conocido en Alemania sobre todo por sus libros de viajes. Sus reportajes sobre países exóticos tienen el mismo nervio, el mismo ritmo trepidante que estas memorias en las que relata su vida de mierda, la de su madre, y la de parte de su familia. El título se abre con una alusión a su padre, que tenía una vida de mierda, y que proyectaba todos sus fracasos sobre el resto de la familia. Lo mejor de estas memorias es que se trata de una vida extrema, que está contada sin ningún afán de buscar la compasión del público y que el relato huye como de la peste de cualquier cursilería, que suele ser el líquido de aroma insoportable en el que se maceran este tipo de experiencias. Aquí el lector se va a encontrar carne cruda, sangrante, con sus venas, sus tendones abiertos, mocos, lágrimas, golpes, sumisión y rebeldía.

andreas altmann

Andreas Altmann tiene la virtud de ir al corazón de las cosas. El relato tiene 168 escenas, las más largas de unas pocas páginas, y un epílogo. En la primera, que sirve de introducción, el autor regresa a Alemania para ocuparse de un piso destrozado por una inquilina drogadicta que le ha robado el ejemplar de Mein Kampf, la obra de Hitler, única herencia que le quedaba de su padre.

Su nacimiento ocupa el segundo capítulo: «llegué al mundo con un grito de desesperación. Quien gritó fue mi madre: vio mi sexo y soltó un sollozo histérico, prueba de su atroz decepción. Para ella, todo lo masculino (y qué podría haber más masculino que un rabo) era un símbolo de infamia y opresión, de desilusión perpetua». Cuando la madre se queda a solas con el niño, intenta ahogarlo con una almohada. La enfermera llega a tiempo de evitar la muerte del bebé. Con ese par de golpes, Andreas Altmann ya tiene cautivo a cualquier tipo de lector.

Santos y rosarios

El padre es un nazi, ex combatiente del frente del Este, tarado en la Segunda guerra mundial, propietario de una tienda en la que vende rosarios y artículos religiosos, burbujas de cristal con una virgen en medio de un líquido nevado, cristos de orfebrería y todo tipo de baratijas con las que los mercaderes del santuario de Altötting, en Baviera, adornan la fe de los devotos y de los turistas.

La vida en casa es un infierno de golpes, castigos, gritos, desprecios, sumisión desesperada y clima agobiante. Hacia fuera, la familia es modélica. El vendedor de rosarios tiene prestigio. Su devoción nazi no es diferente de la que profesaban la mayoría de los bávaros, y ahora está dormida, convertida en furia doméstica. Los domingos, en la iglesia, el padre es un ejemplo de rigor católico. Un alemán ejemplar.

La rebeldía

El ambiente que describe Andreas Altmann combina la represión de la religión con la del autoritarismo. Lo religioso funciona como el gran relato que condiciona la libertad de las personas. La madre de Andreas es una mujer sumisa, sometida por un tirano que la desprecia. Es la primera víctima del padre. La madre llegará a marcharse de casa, pero rechaza el divorcio por sus efectos en los pecados que cierran el paso a la felicidad eterna. Andreas sufre en casa y en la escuela. Su cuerpo es débil y sin fuerza, su talento no despierta. Las observaciones de sus profesores confirman a su padre que no se trata de un ejemplar mejorado de la raza aria.

En ese cuadro trágico, Andreas se busca la vida. Narra su infancia con humor. El lector de La vida de mierda de mi padre… ríe a carcajadas en algunos pasajes, sin ningún tipo de mala conciencia. La tragedia, contemplada con distancia, tiene momentos de comedia. Conforme avanza el relato, el niño se va haciendo grande, su capacidad para engañar al padre aumenta, su fuerza para plantarle se hace más madura, y la furia del padre va perdiendo impulso con la edad.

Subjetividad

Los capítulos finales, y sobre todo el epílogo, son un cierre redondo para el relato, porque Andreas Altmann descubre las claves de lo que ha sido su vida en la biografía de sus padres, y encuentra el incierto consuelo de entender sus vidas, vidas de mierda, deformadas por la guerra, por el nazismo, por una religión entendida como el terror que ahoga el impulso vital, la búsqueda personal de la belleza. Al final hay un atisbo de piedad al contemplar esas vidas destrozadas, malgastadas, infelices. Andreas Altmann alcanza una visión distante, que salva el libro de ser tan solo el desahogo vital de una infancia torturada.

El relato es subjetivo, siempre en primera persona. La historia tiene mucha fuerza, está contada con furia, y no flaquea en su verosimilitud, aunque el lector se pregunta en algunos pasajes cómo se puede sostener la imagen pública de una familia ejemplar cuando la madre abandona el hogar, incapaz de soportar más humillaciones, y entra en su lugar otra mujer, una especie de orco agorilado con la que el padre mantendrá una convivencia ambigua y tan tiránica como la anterior.

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