Hace algunos años tuve ocasión de conversar con un diplomático ruso y se me ocurrió preguntarle por Andrei Kozyrev, el ministro de exteriores de la presidencia de Putin entre 1992 y 1996. Frunció el ceño y casi no entendí lo que me dijo. La única palabra que capté fue “americano”, y la conversación derivó hacia otros temas. He redescubierto a Kozyrev a partir de la guerra de Ucrania, y en efecto, vive en Estados Unidos desde hace años. Abandonó su país en los primeros años del gobierno de Putin, tras haber sido diputado en la Duma. Mantiene una postura liberal y pro-occidental, por lo que es muy crítico con los actuales acontecimientos.

He tenido ahora oportunidad de leer sus memorias, las de sus años como ministro, que llevan un título significativo: The Firebird: The Elusive Fate of Russian Democracy. Es sabido que el pájaro de fuego, que en los cuentos rusos personifica el bien, aunque es una criatura escurridiza y difícil de retener, fue inmortalizado en la música de Stravinsky, aunque en este caso es un símbolo de la democracia en Rusia, un sistema político que no acaba de echar raíces en el país de mayor superficie de la tierra. Kozyrev, nacido por azar en Bruselas en 1951, fue primero un joven diplomático entusiasmado con la perestroika de Gorbachov y enseguida se unió a Yeltsin, convencido de que una nueva etapa comenzaba en la historia y que Rusia terminaría por integrarse en Occidente tras la caída de la URSS. ¿No lo estaban haciendo, en mayor o menor medida, los países del antiguo bloque comunista?

Sin embargo, las dudas de Kozyrev respecto al sistema soviético no empezaron con Gorbachov. Empezaron a manifestarse en 1975, cuando solo tenía veinticuatro años, y estaba destinado en la delegación soviética en la ONU. Fue en Nueva York donde apreció plenamente el contraste entre la sociedad estadounidense y la de su país de origen, pero no le convencieron solo las multitudes, los rascacielos y los escaparates de las tiendas. El efecto más devastador en su conciencia no vino del capitalismo sino de la lectura de una novela prohibida entonces en la URSS: Doctor Zhivago de Boris Pasternak. La leyó con avidez en un banco de Central Park, aunque luego la dejó allí por temor a que alguien la encontrara en su residencia.

Hay muchas personas que se han quedado en la película de David Lean y la encantadora música de Maurice Jarre, y que no asocian esta obra con un hito en la literatura rusa, aunque ella esté presente el influjo de Turgueniev, Dostoievski, Tolstoi y Chejov, entre otros. Por si fuera poco, al final del libro hay unos poemas, supuestamente escritos por Yuri Zhivago, y en no pocos de ellos está muy presente la espiritualidad de una Rusia cristiana, que nada tiene que ver con un cristianismo al servicio del poder. La obra fue galardonada con el Premio Nobel en 1958, pero Pasternak se vio forzado a renunciar a él. Treinta años después, en la época de la perestroika, el libro podría editarse en la URSS, y el hijo de Pasternak pudo recoger el premio.

Libro denso, aunque sin un argumento épico, pese a transcurrir en Rusia entre los primeros años del siglo XX y los inicios del estalinismo, tan cargados de acontecimientos decisivos. Libro de profunda humanidad, con presentación, un tanto comprensiva, de los vicios y virtudes de sus personajes. No es un libro político. Recrea escenarios y situaciones, pero no condena, ni aplaude, ningún régimen político. No debió de gustar a las autoridades porque no era un libro comprometido con la causa. Kozyrev se dio cuenta enseguida de que esta novela es un canto a la libertad personal, a la convicción de que el ser humano es independiente del Estado, por mucho que la ideología comunista insistiera en lo contrario. A partir de ahí los clichés ideológicos, transmitidos desde la infancia, empiezan a cuartearse en una persona que no quiere actuar contra su conciencia.

Por lo demás, las memorias de Kozyrev recogen una interesante conversación que el autor mantuvo con su madre en el verano de 1991, con ocasión del golpe de estado fallido contra Gorbachov que aceleró la caída de la URSS. La madre le tachó de excesivamente idealista por creer que Yeltsin conseguiría introducir la democracia en Rusia. Años después, Kozyrev llega la conclusión de que los autores del golpe, partidarios del sistema soviético, no habían sido, en realidad, derrotados, pese a la desaparición de aquel país comunista. La madre del exministro era más intuitiva y le recordó en aquel momento que conocía a Yeltsin desde cuando era un activo miembro de las juventudes del Partido. Era un hombre muy impulsivo y en su espíritu convivían los deseos de cambio con los de estabilidad. Triunfaron estos últimos, y esto confirmó que todo era válido para conservar el poder. Como ejemplo, está el hecho de que Yeltsin no desmantelara el KGB y sus estructuras, pues consideraba que era una de las pocas cosas que funcionaban en el caos reinante en el país. Ciertamente Kozyrev no pensaba lo mismo, aunque nada pudo hacer. Su madre le advirtió, sin embargo, de que Yeltsin lo usaría en su ascenso hacia el poder y que luego se desharía de él. En efecto, en 1996 dejó el ministerio porque se dio cuenta de que Rusia se alejaba cada vez más de Occidente, y como diputado de a pie en la Duma su voz no tuvo mucha resonancia. La llegada de Putin al poder en 2000 fue el desenlace anunciado de esta trayectoria.

Quizás Kozyrev debió de haber repasado la lección aprendida tras la lectura de una novela en Central Park. Los idealismos son golpeados inexorablemente por las realidades de la vida. La fuerza del ser humano, como la de, consiste en mantenerse a flote en medio de  las adversidades.

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