Línea de fuego. Arturo Pérez Reverte. Editorial Alfaguara

Línea de fuego tiene un buen título, una magnífica portada y una extraordinaria página de citas. Hasta aquí llega lo bueno. Pérez-Reverte ha escrito una crónica, que no una novela, sobre algo que no ocurrió, en un lugar que no existe, protagonizada por gentes que nunca estuvieron allí. El autor se ha esforzado para que en la batalla de Línea de Fuego no haya buenos ni malos. Algo que toda una generación sabíamos. La generación de españoles que tuvimos un abuelo en cada bando. Abuelos que, en muchos casos, no tuvieron opción de elegir al lado de quien luchaban y que ya no están entre nosotros para contar la verdad.

Hace 25 años que no leía a Pérez-Reverte. Lamento decir que en un cuarto de siglo ha mejorado poco. Pero hay que apreciar su coherencia: en 2010 afirmaba que a él la calidad literaria le importaba un rábano. En fanfan.es no hacemos política sino crítica literaria. No busquen aquí otra cosa.

Ecuánime con la miseria en los dos bandos

Pérez-Reverte clama desde todos los periódicos, en las numerosas entrevistas que ha concedido para promocionar Línea de fuego, que su novela es ecuánime. Es verdad. Ha repartido entre los dos bandos hambre, piojos, polvo, sudor, mugre y sufrimientos a partes iguales. También algo de generosidad y heroísmo, y mucho humor negro y villanía. Si las cosas fueron así no es de extrañar que nuestros abuelos contaran tan pocas cosas de la guerra. A qué recordar tanta miseria…

La crónica de esta batalla imaginaria dura diez días. Diez días en los que el lector salta de trinchera nacional a trinchera roja, con las balas silbando y el estómago encogido por el miedo. Las escaramuzas están escritas con la verosimilitud con la que solo puede contarlas alguien a quien los tiros le han silbado en las orejas y que ha sentido el temblor del suelo en el cuerpo a tierra.  El autor se ha esforzado en documentarse sobre armamento, graduaciones y jerarquía militar y sobre el uso del habla de la época. Noblesse oblige, estamos hablando de todo un académico…

Una crónica, no una novela

Pero esto no hace de Línea de fuego una novela. Pérez-Reverte ha escrito una crónica periodística. Le resulta difícil retener el interés del lector, que no sabe hacia dónde va el relato. Apenas interrelaciona a los personajes, que parecen estar en burbujas independientes. No existe un conflicto que tenga que ser resuelto y que intrigue al lector sobre sus posibilidades de desenlace. Es un relato plano, sin altibajos, uniforme en su saltar de esquirlas, polvareda y lenguaje tabernario. Una novela tiene que dar pistas al lector y engañarle o dejarle prever el destino de los protagonistas. No ocurre así en Línea de Fuego. Las secciones narrativas son tan cortas y tantos los personajes, que no permiten empatizar con ellos: ni con el cobarde Gorguel, ni con el cínico Bascuñana, ni con la decidida Pato, ni con el requeté Les Forques.

Brigadistas en la batalla del Ebro
Brigadistas en la batalla del Ebro

Y ¿qué decir del moro Selimán? ¿De verdad cree el autor que su hablar hará que le perdonemos su despreciable papel de desvalijador de cadáveres?? Los personajes son estereotipos, no personas de carne y hueso. Los comunistas son obcecados, que ponen al Partido por encima de todo, controlados por el comisario soviético de turno, y que se expresan a golpe de consigna. Los requetés, meapilas dispuestos a morir por España, si es en gracia de Dios, y proclives a fusilar prisioneros. No hay claroscuros en ellos, no nos demuestran que son, como todo ser humano, capaces de lo mejor y de lo peor.

Promesas que se deben cumplir

Adolece el relato, además, de un mal que aqueja a muchos autores de moda en España y a casi todas las series y películas españolas: unos diálogos irrelevantes. Los diálogos tienen que tener un propósito, ya sea darnos a conocer a los protagonistas o sus intenciones. Hacer que los personajes hablen, solo porque le ha llegado la hora de hablar, es absurdo. No sirve al relato y, además, irrita al lector. Decía Chejov que no se deben hacer al lector promesas que no se pueden cumplir. El problema de Pérez-Reverte, no es que no las cumpla, es que ni siquiera las esboza.

Lo mejor de esta crónica, en el que la gran protagonista es la guerra, es la breve escena final, antes del epílogo. La generosidad de los protagonistas nos reconcilia por fin, con el ser humano. No creo que Línea de fuego tarde mucho en llegar a la gran pantalla, si lo permite la pandemia. Se podría hacer una estupenda película bélica, caso de que exista un director dispuesto a ser ecuánime también. Aunque donde mejor quedaría es en el cómic, que por otro lado fue para lo que quedó Alatriste. Un buen tebeo con sus pum-bahs y sus rartatatatás y sus explosiones continuas es el medio natural para Línea de fuego.

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