Pues resulta que ayer, las chicas de la escalera de atrás, teníamos hora para ir a darnos un masaje relajante. El plan era ese, ir todas, pero al final solo pudimos ir Lola y yo. Hoy lo hemos contado en el café y las risas se oían por toda la oficina. Y es que cada vez que salgo por ahí con Lola me pasan estás cosas paranormales. Me río yo de las películas de Almodóvar.


El sitio en cuestión está en el centro de Madrid. Al llegar a la dirección que teníamos, vimos que toda la calle estaba en obras. El número de la calle correspondía a un portal un poco cutre y, al entrar, vimos que era un piso bajo en cuya puerta se leía “no llame, saldremos a por usted”. Nos miramos y no pude aguantar la risa al ver la cara de Lola mientras decía «pero ¿qué coño es esto?»
Entonces salió una mujer y nos preguntó «¿Tenéis cita?» a lo que Lola, levantado una ceja, contestó «No, pasábamos por aquí y hemos decidido pararnos un rato a admirar la puerta la bonita que tienen ustedes… claro, que tenemos cita»
En ese momento una prevé que la cosa se iba a poner interesante, todo con Lola es así, hay que armarse de valor. Pasamos y nos preguntan si queremos cabinas separadas o juntas. Lola dice que juntas antes de que me de tiempo a reaccionar. Y nos pasan a un cuartucho cutre, con dos camillas y nos mandan desnudarnos. Obedecemos. Entran dos señoras bajitas, mayores, con cara de mal genio, y nos preguntan si queremos masaje de espalda de piernas o de qué. Les iba a comentar que esa pregunta nos la podían haber hecho antes de dejarnos en bragas, pero Lola se anticipa y les dice «Hemos pagado el masaje relajante, vosotras sabréis cual es»
Nos mandan tumbarnos en las camillas. Se notaba en el ambiente que aquello iba a ser de todo menos relajante. Ponen una musiquilla de folklore albanokosovar y se disponen a masajear. La mía empieza a darme unos puñetazos que no sabía si relajarme o defenderme. A la vez me iba diciendo «¿Te duele?». La que está masajeando a Lola se empieza a picar y empieza a darle igual mientras le pregunta lo mismo, «¿Te duele?». No me va a doler, hija de puta, si me tienes que estar dejando la espalda con más cardenales que el Vaticano…
A todo esto, escuchando el martillo neumático de las obras y el pitido de la marcha atrás del camión que estaba descargando material en la puerta y a los operarios dándose voces los unos a los otros en plan «Echa aquí la mezclaaa, venga tiraaa»
Por otro lado, al estar bocabajo en la camilla, con doble papel protector (que nos abrieron muy poco para poder respirar) y la mascarilla, empezó a faltarme el oxígeno. Estaba en ese momento en el que crees que lo puedes controlar todo y te vas a poder relajar, respirar y no te va a dar la risa por mucho que la situación sea de cámara oculta cuando, de repente, se escucha «Low battery, low battery» El aparato del que salía la musiquilla de marras se estaba agotando antes que nosotras. Ya no pude aguantar más. Empecé a reírme intentando no ahogarme, disimulando todo lo que podía disimular, cuando la señora experta en pulpo a feira nos dice que nos demos la vuelta. Entonces miro a Lola, allí, en pelotas, con el ruido de las obras, oyendo a la gente que pasaba por la calle, la música folk, las campesinas rusas masajistas y el “Low battery” repitiéndose cada 30 segundos y ya no puedo más. Rompo a reír mientras la masajista me está dando unos golpes con el dorso de la mano en la espinilla que no sé si quiere que me relaje o está preparándome para jugar la champion. Lola, al oírme, empieza a reír ya sin ningún filtro, como es ella. No podía mirarla, me tuve que quitar la mascarilla porque me ahogaba. Los ojos me empiezan a llorar de la risa y a escocer porque la máscara de pestañas empieza a diluirse dentro de ellos y no quiero ni imaginar la cara que debo de tener con toda la pintura corrida. Entonces Lola, en un respiro entre risa y risa, se levanta y dice «¡Ya señoras! suficiente» Nos empezamos a vestir ante la mirada atónita de las masajistas rusas y salimos a la calle llorando de risa, dobladas, mientras Lola maldecía las ofertas, dice que lo bueno hay que pagarlo y tiene razón. Nos fuimos pensando en el cachondeo que iba a haber al día siguiente en la escalera cuando contáramos lo ocurrido, y así ha sido. Hoy se ha reído media oficina gracias a nosotras. Eso no está “pagaó”

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