Los viejos creyentes. Vasili Peskov. Traducción de Marta Sánchez-Nieves. Impedimenta

Perdidos en lo más profundo de la taiga siberiana, los Lykov vivieron 42 años aislados del mundo. Los viejos creyentes es un libro fascinante sobre el reencuentro de los que huyen «del siglo» con la sociedad. En 1978, un grupo de geólogos rusos se encontró con una familia que había vivido en completo aislamiento en en una zona deshabitada de la cordillera de Abakán, en el Distrito de Tashtypsky, República de Jakasia, Siberia meridional. Eran cinco: el padre, Karp Osipovich Lykov y sus cuatro hijos. Tres de ellos morirán pronto, de forma súbita. Cuando Vasili Peskov, redactor del Komsomolskaia Pravda llega a la isba donde habitan, tan solo quedan el padre y su hija menor, Agafia. Los viejos creyentes son seguidores de un cisma que se produjo en la iglesia rusa durante el reinado del zar Pedro I. Su catálogo de pecados incluye todo producto del mundo, desde las cerillas hasta los alimentos en conserva.

Lejos del mundo

Los viejos creyentes
Los viejos creyentes

Los viejos creyentes son anacoretas, gentes retiradas del siglo. Han ido escapando del mundo civilizado. Para ellos todo creación humana es pecado. La causa de su anacoretismo es remota. Sus orígenes hay que buscarlos en los tiempos del zar Alejo y de su hijo Pedro I (finales del siglo XVII y primeros del XVIII). «Fue una conmoción colosal provocada no solo por varias reformas de los ritos eclesiásticos y por la precisión de los libros reescritos desde el griego. Cambió radicalmente un remoto modo de vida».

Los partidarios de la «antigüedad sagrada» se marcharon a lo más profundo de los bosques. El zar Pedro se convirtió para ellos en el Anticristo. El patriarca ortodoxo Nikon, en su ángel negro. Los viejos creyentes a su vez se dividieron en numerosas sectas. Los Lykov formaban parte de los que pensaban que vivir con el mundo era un pecado. Su única preocupación, su gran inquietud, era el cuerpo espiritual. Piensen ustedes, lectores en cómo se puede sostener un proyecto como este durante más de cuarenta años y encontrarán la respuesta en Los viejos creyentes.

El hombre no llegó a la luna

Durante más de cuatro décadas, los Lykov no tuvieron contacto con nadie. Tan solo un grupo de militares se acercó a su isba después del final de la segunda guerra mundial en busca de desertores. Los Lykov no tuvieron noticia alguna de ese conflicto, ni de las purgas anteriores de Stalin, ni siquiera de la llegada del hombre a la Luna. Si habían visto el fugaz resplandor de estrellas, sin pensar ni de lejos que aquello pudieran ser satélites creados por el hombre. Cuando se reencuentran con la civilización, son ya los primeros tiempos de la perestroika. No saben qué significa. Desconfían y se preguntan si les puede perjudicar. En su creencia, tocar a un hombre «del mundo» era pecado. No daban la mano, y si por accidente tocaban a alguien, corrían a un depósito de agua construido con corteza de abedul para lavarse las manos.

Perdidos en lo más profundo de la taiga siberiana, los Lykov vivieron 42 años aislados del mundo. Los viejos creyentes es un libro fascinante sobre el reencuentro de los que huyen "del siglo" con la sociedad. En 1978, un grupo de geólogos rusos se encontró con una familia que había vivido en completo aislamiento en en una zona deshabitada de la cordillera de Abakán, en el Distrito de Tashtypsky, República de Jakasia, Siberia meridional. Eran cinco: el padre, Karp Osipovich Lykov y sus cuatro hijos. Tres de ellos morirán pronto, de forma súbita. Cuando Vasili Peskov, redactor del Komsomolskaia Pravda llega a la isba donde habitan, tan solo quedan el padre y su hija menor, Agafia. Los viejos creyentes son seguidores de un cisma que se produjo en la iglesia rusa durante el reinado del zar Pedro I. Su catálogo de pecados incluye todo producto del mundo, desde las cerillas hasta los alimentos en conserva.
Karp, el padre de los Lykov, con dos de los geólogos que los descubrieron

La amistad con el mundo significaba la enemistad con Dios. Había que huir y ocultarse. Los Lykov pertenecían a la corriente «errante» de viejos creyentes. «No aceptaban nada del mundo, las leyes del estado, el servicio militar, los pasaportes, el dinero, cualquier autoridad, los «juegos en las fiestas», los cánticos y todo lo que «la gente no temerosa de Dios pueda inventar». La vida los acorralaba y los empujaba hacia los lugares más remotos del mundo. Los Lykov habían llegado a su isba, perdida en la taiga, después de un viaje de trescientos años.

Cristal que se arruga

El relato de Peskov está organizado como un reportaje por entregas. Narra cada visita a la isba, y la evolución de ese diálogo que se entabla entre una familia de vida fosilizada y el mundo. Todo les sorprende. Una bolsa de polietileno hace exclamar al padre: «¡Señor, qué invento es este! ¡Cristal que se arruga!» Peskov va reconstruyendo los años de aislamiento, el modo de vida en una zona del planeta cubierta por la nieve durante meses, con temperaturas por debajo de los treinta, una vida rodeada de animales salvajes, sin electricidad, sin apenas herramientas. Los Lykov tienen prohibidas hasta las cerillas. Encienden el fuego con métodos propios de la edad de piedra.

El reencuentro no está exento de tensiones familiares. Hay que responder a la pregunta de si la elección de esa vida ha sido un error. Los Lykov obedecen un designio divino y siguen al padre de la familia como a un patriarca. La noticia de la aparición de esta familia remota conmociona a la opinión pública rusa. El desenlace de la historia lo deben seguir ustedes, lectores, en esta obra fascinante, toda una lección práctica de antropología, también de humanidad esencial. Desde las primeras páginas del libro se plantea el lector las cuestiones esenciales: ¿qué pensaban los Lykov de los afectos extrafamiliares? ¿cómo resolvieron la pulsión amorosa? ¿qué sintieron al ver llegar un helicóptero? ¿utilizaron las linternas que les trajeron los geólogos? Responder a esas preguntas es el sentido de un libro que no olvidarán.

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