Ya había oscurecido cuando un cartel nos alertó de la salida que debíamos coger de la autovía para llegar a nuestro destino. Nada más salir de la vía principal un sonido me avisó de la caída de la temperatura: “4ºC, conduzca con precaución”. Giré el volante para tomar la curva siguiente a la derecha y una densa niebla cubría el valle. Eran en torno a las ocho de la tarde cuando, por fin, pudimos ver el cartel que nos daba la bienvenida: “Monasterio de Piedra”.

Situado en un enclave privilegiado, a orillas del río Piedra, en el término municipal de Alhama de Aragón, se yergue un magnífico monasterio cisterciense de finales del siglo XII. La historia de este foco de la cultura medieval comenzó cuando el rey Alfonso II de Aragón dona los terrenos a los monjes del Monasterio de Poblet (Tarragona) para que edificaran un nuevo lugar dedicado al trabajo y la oración, ora et labora, siguiendo así la regla de san Benito y del reformador francés san Roberto de Molesmes (1028-1110) a quien se considera fundador de la orden, aunque no fue sino su hijo espiritual, san Bernardo de Claraval (1090-1153), quien expandió la influencia de la orden fuera de Francia.

Una de las cascadas del jardín del Monasterio de Piedra.

El Monasterio de Piedra continuó su misión hasta 1835, fecha en la que se produjo la desamortización de Mendizábal, un proceso que consistió en la expropiación forzosa de buena parte de los bienes que administraba la Iglesia y las órdenes religiosas con el fin de pagar la deuda estatal.

Así, el Monasterio de Piedra salió a subasta y una familia de origen catalán, los Muntadas Campeny, se hizo con la propiedad. En 1983 es declarado Monumento histórico-artístico nacional. En 2009, bien de interés cultural. El año pasado el monasterio celebró su 800 aniversario.

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Visitar el jardín del monasterio es una experiencia increíble, así como alojarse en cualquiera de las habitaciones del lujoso hotel, antigua hospedería. Tuvimos la enorme fortuna de que el sol brillara con fuerza a la mañana siguiente en la que hicimos la visita.

Un recorrido con guía por las ruinas de la antigua iglesia convento y por el claustro es, como dicen los ingleses, un must en la visita, así como visitar el restaurante a las puertas del complejo y degustar la gastronomía del lugar.

Recomendable cien por cien para pasar, al menos, un día completo o el fin de semana, tanto en pareja como en familia , donde niños y mayores también podrán disfrutar de la estancia y pasear por buena parte de sus instalaciones al aire libre y desconectar todos de las ocupaciones habituales en un lugar donde salta a la vista que la tradición manda.

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