Profundamente feminista, bipolar y bisexual, abusada sexualmente, perdidamente enamorada de su marido y deseosa de quitarse la vida. Virginia Wolf tuvo una existencia compleja y difícil, adelantada a su tiempo y a la realidad de la Inglaterra victoriana que le tocó vivir. Sus inquietudes y su conflictiva visión de la sociedad se plasman magistralmente en una obra, compuesta principalmente de una serie novelas y ensayos visionarios, original y especialmente difíciles de poner en escena.

A pesar de estas dificultades, Carme Portaceli coge el reto de adaptar para las tablas la historia de Mrs. Dalloway, una mujer de clase acomodada turbada por un mundo interior complejo, tanto como el de la propia Wolf, pero cuya imagen exterior es el ideal de la eterna «señora de». La función en el Teatro Central de Sevilla (con todas las entradas vendidas) tuvo el añadido del encuentro posterior del público con los actores.

La compleja personalidad de Mrs. Dalloway

Con la excusa de preparar una fiesta para su marido (que nunca aparece en escena), la historia narra 24 horas en la vida de Clarissa Dalloway, las que van desde que comienza la preparación hasta la apoteosis de la fiesta en sí misma. Con una estructura narrativa claramente deudora del Ulysses de Joyce, en la obra se va mezclando la acción en el tiempo presente (los preparativos que la señora Dalloway va haciendo) con la aparición de personajes de su pasado, que pasan de ser voces en la mente de la protagonista a convertirse en protagonistas de historias paralelas y entrelazadas. Un mosaico de vivencias que han hecho de Mrs. Dalloway una personalidad difícil, aparentemente reprimida pero con unas enormes ansias de libertad y amor a la vida.

El texto teatral (que firma la propia Portaceli junto con Michael De Cock y Anna M. Ricart) se traslada de la época victoriana al siglo XXI, sintetizando la novela en momentos neurálgicos sin perder su espíritu. Poca acción, poco desarrollo dramático, pero mucha profundidad en los personajes, con todos los actores perennemente en escena, ya sea actuando, tocando piezas musicales (en vivo), paseando o sencillamente observando.

El contagioso feminismo de Virginia Wolf

La novela fue un alegato de su autora contra la pasividad de la mujer, en una sociedad que las veía como poco más que meros floreros de sus importantísimos maridos. Si la mujer victoriana debía colocarse siempre en un plano secundario, sonriente y sin causar problemas, su traslación a la época presente no pierde actualidad. La puesta en escena pone el foco no solo en la protagonista, sino también en su hija, en sus pasados amoríos (de ambos sexos) y en una historia paralela a la que el texto teatral cambia de género. Si en el original era mujer quien cuidada de un turbado escritor (alter ego de la propia Wolf), sobre las tablas es un hombre quien lo deja todo para estar al lado de una mujer que solo quiere quitarse la vida.

Una escenografía cautivadora, una dirección impecable, un brillante elenco de actores (aunque con alguna interpretación algo más floja, sobre todo al inicio) y un par de números musicales que rompen el drama con cierta inspiración al Lou Reed del New York.

El encuentro con el público

Tras hora y media que se hace corta, el posterior encuentro deja a los actores en manos de un público ansioso por saber más sobre la obra. La propia Blanca Portillo nos reveló las dificultades de abordar un personaje continuamente contenido, que no puede permitirse exteriorizar ningún sentimiento que no sea una radiante sonrisa de alegría.

Los actores de Mrs. Dalloway, en el encuentro posterior con el público

Hay que decir que buena parte del público (o al menos de quienes intervinieron) lanzaron respetuosas críticas hacia el elenco. «Hay que verla dos veces», repitió hasta en tres ocasiones la protagonista (con el asentimiento unánime del resto de actores) para captar sutilezas y complejidades que se pierden en el primer contacto con una obra sin prácticamente acción, pero con mundos interiores en continua explosión. Un equilibrio de dificultades que refleja el tormentoso espíritu de Virginia Wolf, una autora crucial en su época que sigue estando de actualidad en la nuestra.

Escrito por Ignacio Moreno.

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