Lunes. Yo en la cama. Fuera llueve como si se hubieran dejado el grifo abierto. Miro el reloj digital que tengo en la cómoda, pero entre que estoy medio dormido y que ya hace tiempo que la presbicia se empeña en recordarme la edad que tengo, tardo unos 10 segundos, quizá sean 15 minutos, en enfocar para comprobar, como quien va a un baño público y descubre, una vez que ha triunfado, que no hay papel, que ya son las 7:18 y el despertador sonará a las 7:20.

Yo esperaba una hora más benévola, no sé, las 4:30 o así, algo que me permitiera echarme una siesta post sueño nocturno. Si, la mejor hora para echar la siesta son las 5 de la mañana, lo tengo comprobado. Pues nada. A levantarse. Yo, cuando me levanto el lunes y voy hacia el baño parezco Eduard de la Croix recorriendo la milla verde. Me gustaría estar en cualquier momento, a cualquier hora, que no fuese lunes por la mañana.

El lugar, me vale. A fin de cuentas ese rato que pasas encerrado en el baño, leyendo lo que pillas más a mano, normalmente por desgracia el teléfono móvil, es uno de los mejores momentos del día o, al menos, está en el top 3. Las reflexiones más profundas que harás a lo largo de la jornada surgen ahí, en el váter. A partir de ese momento los acontecimientos contaminan tu lucidez inicial. Esto, como en el chiste, no es bueno ni es malo, ya que esta lucidez a veces te hace ver realidades que quisiste ignorar cuando te fuiste a la cama, pero eso es otro cantar.

Bueno. Al menos yo, cada mañana, triunfo con seguridad. Y no me estoy refiriendo al mañanero, ya quisiera yo. Triunfo en el baño. Esto es como jugar a la lotería y llevar todos los números. Más de un cliente vip de all bran daría con seguridad un dedo, aunque sea del pie, por tener mi regularidad y poder volver a desayunar una porra. Donde esté una buena porra que se quite el bífidus activo.

Pues a partir de ahora, como dice Lester Burnham, interpretado por el genial Kevin Spacey en American Beauty, todo va a peor. Si, él empieza el día cascándosela en la ducha y yo triunfando en el inodoro. Son dos placeres distintos, pero placeres al fin. Si no tenemos aunque solo sea un momento de triunfo absoluto el lunes por la mañana, la semana será una mierda con toda seguridad.

Ese ritual de mojar los dedos en el agua y santiguarme, que quieren que les diga, siempre me ha aportado algo. Llámenlo fé, llámenlo superstición. Ahora, cuando llegas a la iglesia, ¿qué te encuentras en la entrada?. Gel hidroalcohólico.

A partir de aquí, ducha, desayuno, elegir la ropa y al matadero. Cada uno gestiona como enfrentarse a un lunes por la mañana. Yo particularmente me siento como Manolito, el amigo de Mafalda, cuando lo llaman a la pizarra. Mi única esperanza es que el martes llegue pronto. Tengo un buen amigo que los martes suele decir “ llegando mañana, pasado mañana viernes “, una frase fantástica para aliviarte la semana. Ya no quedan mentes preclaras como este hombre. La frase define mi esperanzada alegría los martes, pero el lunes siquiera tengo este alivio.

Para ir rematando la mañana, el ascensor no funciona desde el viernes. Al menos, ahora toca bajar. Seis pisitos de vellón tienen la culpa. Afronto el reto con la posibilidad clara de que cuando vuelva ya esté arreglado y me ahorre tener que subirlos. Pero no. El lunes no deja espacio a la esperanza y cuando llego a la calle echo mano al bolsillo y al otro bolsillo y al otro y al otro; “ ¡ La mascarilla ! ¡¡¡ Me cago en… !!! “.

Vuelta a casa

Esto de la mascarilla me hace reflexionar sobre como nos ha cambiado la vida el coronavirus famoso. No ya en lo importante, que también, sino en las pequeñas rutinas diarias que, aunque nimias, son mucho más importantes que los problemas profundos.

 Por poner un ejemplo común, yo lo noto mucho cuando voy a misa. Si, es cierto. Voy a misa 5 o 6 veces al año. Si a alguien le molesta, puede quemar una foto del Papa, para protestar.

Uno llega a la iglesia y ya empieza, desde la puerta, a notar la diferencia. No me refiero solo a que llevemos mascarilla, no. A mí siempre me han gustado mucho las iglesias que tienen agua bendita a disposición del usuario. Ese ritual de mojar los dedos en el agua y santiguarme, que quieren que les diga, siempre me ha aportado algo. Llámenlo fé, llámenlo superstición. Ahora, cuando llegas a la iglesia, ¿ que te encuentras en la entrada ?. Gel hidroalcohólico. Que digo yo que podían combinar ambos productos y bendecir el gel. Gel hidroalcohólico bendito. En un solo gesto, podríamos protegernos del virus y expiar nuestros pecados. Todo son ventajas. No sé como todavía no se le ha ocurrido a nadie.

Darse la paz con el codo

Luego hay una cosa que me incomoda enormemente. Ahora, después de “ la paz del señor esté siempre con vosotros”, el cura pasa a otra cosa, provocando lo que yo llamo un sacramentus interruptus. Me falta el gesto de darnos la paz. Al menos, al principio, nos dejaban darnos la paz con el codo, pero ahora la OMS lo ha prohibido. Supongo que será por si después de darle la paz a alguien te da por chuparte el codo.

Si la evolución nos hubiera regalado la posibilidad de poder chuparnos el codo, estaríamos en otro nivel. En el nivel de los gatos, por ejemplo. Siempre he admirado profundamente ciertas habilidades de los felinos. Un animal con la capacidad de lamerse los genitales, sin duda está en la cima de la pirámide evolutiva. Nos ha pasado por la derecha. Si los humanos supiéramos hacer eso, no saldríamos de casa.

Yo creo que en referencia a la evolución, somos más como los perros, cuya máxima habilidad, por el contrario, es lamer el culo de sus congéneres, habilidad esta bastante practicada por según que sectores del género humano. De cualquier modo, no dejemos que la inminencia del lunes nos arruine el fin de semana. Practiquemos la máxima de Rabindranath Tagore, premio nobel de literatura en 1913;

Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas “.

Así pues, nada de lágrimas. Buen fin de semana, a todos.

Julio MOreno
Julio MOreno

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