Pues resulta que hoy nos hemos ido a comer por ahí las chicas de la escalera de atrás. Lo hacemos de vez en cuando, viene muy bien para ventilar y poder poner verde a los jefes sin la tensión de que aparezcan en cualquier momento.


Hemos quedado en un restaurante nuevo. Cada una ha ido en su coche porque ya no pensábamos volver por la tarde. Pero cuando hemos llegado, veo que Lola abre la puerta del maletero y saca el cuadro horroroso que preside la sala de juntas. Es un cuadro al que yo le tengo especial manía porque siempre me toca enfrente en las reuniones mañaneras, esas tediosas reuniones que solo sirven para perder el tiempo, y yo me distraigo analizando el cuadro.

Es una pintura llena de matices, todos criticables. Vamos, que es lo más feo que os podáis imaginar. Es la imagen de un caballo percherón que no comprendo quién lo ha podido poner ahí. Lola ha decidido que hoy lo dejaba en el primer contenedor que encontrara. A mí me ha dado un ataque de risa porque no puedo entender esos arranques que le dan, pero me encantan.

Bea se ha puesto nerviosísima cuando la ha visto venir con el cuadro. Ha dicho que estamos locas, que como nos pillen vamos a liar la de Puerto Hurraco, pero, a la vez le daba un ataque de risa nerviosa. Las demás estábamos muertas de risa, dobladas y, para no variar, llamando la atención de todo el que pasaba por la calle. Cada una, como podía, entre carcajada y carcajada, iba dando ideas de qué podíamos hacer con el cuadro.

Lola, con la falta de vergüenza que le caracteriza, ha metido el cuadro al restaurante y lo ha puesto en una silla a la vez que le decía al camarero «al burro este que no le falte de na». Yo no sé como no nos pegan en los restaurantes, porque a todos los que vamos les hacemos la performance y alegramos al resto de los comensales.

Hoy lo del cuadro ha sido todo un espectáculo. Tenemos la suerte de encontrarnos siempre con camareros de lo más enrollado y el de hoy hay sido un crack. Le ha puesto al cuadro un cuenco con agua y unas zanahorias. Creo que no hemos dejado de reírnos en toda la comida.

Cuando hemos terminado de comer nos hemos hecho fotos de grupo con el cuadro y, para terminar la faena, hemos decidido dejar nuestra huella. Marga ha sacado unos rotuladores del bolso y nos hemos puesto manos a la obra. Nos íbamos pasando el cuadro unas a otras ante la atónita mirada del resto de mesas que se reían de oírnos y de ver la que estábamos liando.

Como os podréis imaginar el cuadro se ha llevado dibujos varios, todos guarros, siempre pasa eso cuando no se sabe que dibujar. Lo que ponía una lo superaba la siguiente. Ha sido tremendo. Nos ha costado convencer a Lola, que quería tirar el cuadro por una ventana a modo de bumerán.

Las demás hemos pensado que mejor devolverlo a su sitio. También hemos pintado algunos pequeños detalles al caballo, a la vista. Sé que mañana, en la reunión, va a ser difícil controlar la risa, pero hemos pensado devolverlo a su sitio. Espero que mañana no llegue ningún jefe antes que nosotras porque entonces si que vamos a tener que bailar la conga para poder distraer al personal y poderlo colgar como estaba.

Todo esto está documentado con fotos desde el momento que el cuadro sale de la oficina, hay fotos de todo el proceso. Si alguno de los que leéis esto tiene en su sala de juntas un cuadro con un caballo, que le de la vuelta. Si detrás tiene dibujos de pichas variadas y frases escabrosas, trabajamos contigo, amigo.

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