martes, febrero 27, 2024

Plagio, una novela sobre la apropiación como motor de la cultura

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Plagio. Patrícia Font. Editorial Barrett

Germán García está en el teatro leyendo las últimas páginas de una novela que es un plagio de su última novela. Así se inicia Plagio, de Patrícia Font. Solo hay un problema, y es que Germán concluye que el plagio es mejor que el original. Y la cosa se complica cuando Germán recibe la llamada de Matías, su plagiador.

plagio

Patrícia Font (Barcelona, 1972) es periodista. Es autora de la novela Inundación (Sloper, 2017) y de la obra teatral 111bis, finalista del Premi Born de Teatre en 2008.
Plagio es una novela corta de catorce capítulos.

La novela se desarrolla a través de dos narradores: uno en tercera persona y otro en primera persona, ambos en presente, aparte de las historias que se insertan dentro de las historias. Un libro para pensar sobre el concepto de autoría, plagio, de lo que se ha venido en denominar apropiacionismo cultural, obra derivada o el concepto de tradición, y donde el teatro como espacio físico, pero también como elemento cultural, tiene un papel central, como ocurría en un libro que también se ha publicado recientemente como El libro de nuestras ausencias de Eduardo Ruiz Sosa (en el libro aparecen textos teatrales). Un libro con notas a pie de página que funcionan como cuentos desprendidos del tronco principal, algo así como hojas de un árbol.

Citas, que no plagios

Me permito citar, que no plagiar, algunas frases del libro que invocan una voluntad de estilo:
«… las cortinas del interior son idénticas, de esas plateadas que no dejan pasar la luz y que recuerdan a las bolsas para los cadáveres».
«…los troncos de los plataneros de las calles estaban maniatados con luces…»
«Unas palomas con sobrepeso sobrevuelan en la latitud de Orestes…»
«Las piscinas sin agua son como tumbas»
(de hecho, las piscinas son otro espacio importante en la novela).
Plagio investiga sobre el mundo del teatro y de su funcionamiento, sobre sus miserias y sus glorias. El concepto de plagio se va agrandando en la novela hasta alcanzarlo todo. Así, los dobles, los actores, la duplicación de las iniciales del nombre de uno de los personajes o que un hijo tenga el mismo nombre que el padre, el alter ego, las fotografías, las litografías, la parodia, el hermano, el espejo, el negativo, el contrario, el reflejo, el impostor, el alias, y toda clase de imitación de otra cosa: por ejemplo, una planta real y una planta artificial. Solo falta la oveja Dolly.
Un libro que está lleno de repeticiones conceptuales, de personajes, de ideas, de palabras, de títulos que se repiten, un poco para insistir en esta idea de la copia, del doble y también como una voluntad de estilo.
La historia, como ya la propia portada de algún modo indica o profetiza, es un poco loca, y probablemente el súmmum sea cuando uno de los personajes dice que está poseído por el espíritu de David Foster Wallace.
Se podría decir que Plagio es un libro copiado, pero no lo es. Es un libro original y a ratos subversivo. Una autoficción en la que se intuye hay algo de ajuste de cuentas, aunque dicho ajuste de cuentas solo pueda ser interpretado en su justa medida por los implicados. Pero quizá no sea eso.
Y, finalmente, llegamos al plagio supremo: la ficción como plagio de la realidad. En ese momento se lanza un puente entre ambos mundos, el real y el ficticio, como en esas películas en que los actores saltan de la pantalla al patio de butacas.
Conclusión: el plagiador que plagia el plagio buen plagiador será.

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