Sales de plata se abre a la calle Lope de Vega, junto a una tienda de zapatos a medida, cerca de un restaurante con estrella Michelín, en el Barrio de las Letras, en el corazón de Madrid. Las calles llevan el nombre de Lope de Vega, de Cervantes. Es tarde de viernes y pasean por estos callejones grupos de estudiantes de bachillerato. Un profesor les recita el soneto de Quevedo dedicado a Góngora en el que evoca con estilo hiperbólico el tamaño de su nariz: «las doce tribus de narices era».

Al pasar por Sales de plata quizá tuviera que explicarles también la química de la fotografía analógica: una sal de plata sobre una película de celuloide, sensible a la luz, que en contacto con el líquido de revelado (un ácido) deja ver la imagen en negativo que luego habrá que positivar, o por medios analógicos (con una ampliadora que proyecta la imagen en papel fotográfico) o mediante un escáner. Mágico.

Cristóbal y Marta se sientan al otro lado del mostrador de Sales de plata. A un lado hay una estantería con viejas cámaras, míticas Mamiya, soberbias Nikon, alguna Pentax de tamaño colosal, todas con huellas de uso, de otras manos. Las cámaras tienen siete vidas. Hay otras humildes, compactas, y muchas lentes de todas las medidas de angular. Hablan los dos, en un orden complementario.

Vamos a los orígenes: «Esto empezó como un blog, como algo que se nos fue de las manos. Yo empecé con la fotografía mientras estudiaba filosofía. En las últimas vacaciones con mi madre pensamos en hacer un blog. A la vez empecé a trastear con cámaras analógicas, con compra venta en eBay. Y el blog creció, con colaboraciones. En un principio esto era una habitación en mi casa. Empezaron a preguntarnos por cámaras y fuimos evolucionando hasta montar una tienda on line. Montamos una oficina en Sol, en un cuarto piso. Pero no teníamos visibilidad. Han sido muchos años. El inicio fue de andar por casa. Ahora te lo contamos resumido, pero han sido diez años. En este local llevamos tres».

Sales de plata
Marta y Cristóbal, con dos cámaras analógicas

Las siete vidas de las cámaras

Al fondo del local hay una puerta que da a un laboratorio, que alquilan, como algunas cámaras, a precio por día. Uno puede tener una Leica un día entero por 28 euros. Quienes no conozcan este universo fotográfico deben pensar que llevar colgada una Leica para tirar fotos por la calle o en un estudio es como manejar un Rolls Royce. Aquí se puede comprar película en carretes, seguir cursos de revelado y de técnicas alternativas, escanear tus negativos o alquilar una Polaroid para un cumpleaños. «Y reparación, dice Marta. Tenemos taller. Todas las cámaras mecánicas tienen una oportunidad de reparación. No tienes que tirarla para comprar una nueva como ocurre a menudo con las digitales, aquí les damos una segunda vida». Y una tercera, y una cuarta.

¿Y por qué alguien a quien le interesa la fotografía hace el camino de lo digital a lo analógico? «Es personal, dice Marta, cada uno tiene su historia» » En mi caso, añade Cristóbal, tengo que decir que nuestro público ha cambiado mucho desde que abrimos. Al principio predominaba la gente mayor. Ahora nuestro público es muy joven, chavales de catorce años que nunca han visto la fotografía analógica. No la han visto en casa. Van a la tangibilidad, que es algo que esta volviendo, retomar algo orgánico. Mucha gente quiere tener la foto en papel. A mi a nivel personal me parece que lo analógico tiene algo terapéutico. Esa limitación te ayuda a disfrutar del viaje. Llevas tres carretes y vas a hacer las fotos en el momento que quieres, no estás pendiente todo el tiempo»

La trampa del modo automático

Para Marta hay algo más, un valor didáctico. Con lo analógico se aprende fotografía, se entienden mejor los procesos, lo que ocurre desde que vemos hasta que tenemos la imagen impresa. Las cámaras digitales tienen la cómoda trampa del modo automático. El software suplanta al fotógrafo, que solo tiene que encuadrar y disparar. En el entorno analógico hay que medir, muchas veces enfocar de forma manual, y tener en cuenta la limitación de la película: tienes un carrete de sensibilidad 400 y te tienes que apañar en todas las situaciones lumínicas.

«Lo digital, dice Cristóbal, es un aprendizaje falso, porque es prueba y error. Aquí previsualizas cuando estás haciendo la foto, tienes la idea de lo que quieres, otra cosa es que luego salga mejor o peor. Es un poco como el vinilo. El CD ha muerto, el vinilo sigue ahí. Quedan el vinilo y Spotify. La venta de vinilo crece año tras año. Te ofrece algo diferente, que no encuentras en el otro lado. Ese crack de la aguja sobre el vinilo es como el grano de la película, esa textura que lo digital intenta imitar»

La perfección de lo digital fatiga. ¿Y los materiales? «Es contradictorio, dice Marta, Kodak ha retomado algunas películas, y ahora abren una nueva planta. Algunas marcas apuestan, otras prefieren no hacerlo. No está muriendo. Las marcas están haciendo su propio mercado. Ilford, Rollei, Kodak. Fuji ha descontinuado películas mientras apuesta por otras. Y hay películas que están continuamente agotadas, porque hay más demanda que oferta».

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El laboratorio

En el Barrio de las Letras

Pasamos al mercado de cámaras. Aquí puedes encontrar desde una robusta Pentax a una magnífica Mamiya de formato medio. Son máquinas míticas, marcas que han estado en las manos de los grandes fotógrafos de la fotografía analógica: Newton, Salgado, Chamorro. Habla Cristóbal: «Las únicas cámaras analógicas que se fabrican hoy son Leica y exigen una gran inversión. Todo el mercado de analógicas es de segunda mano. Hay mucho material que se puede reparar y seguir utilizando. Ten en cuenta que Nikon estuvo produciendo la F3 durante veinte años.»

La charla termina. La tarde va entrando en la sombra y la calle se llena de paseantes: «Este es nuestro barrio. Es un barrio cercano, lleno de comercios alternativos, diferentes, con mucha comunidad de vecinos, un poco pueblo, nos conocemos todos. Hay luthieres, muebles vintage, una estrella Michelín, un gran café. Es un pueblo, y a la vez es turístico, tiene mucha vida». Lo dice Marta, ya en la puerta de este Sales de plata. El barrio sigue su vida de pueblo, una aldea cosmopolita en la que se oye hablar ruso, chino y español de México, se venden juguetes mecánicos de madera y tartas de limón recién salidas del horno. Quizá es el modelo para salvar la trama histórica de las ciudades.

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Entrada de Sales de plata

Lo cierto es que la película no ha muerto, y más bien goza de buena salud. ¿Conocen el proyecto que resucitó las Polaroid? Recuperaron cámaras, lotes de película instantánea. Comenzaron por reunir material viejo, incluso películas caducadas que vendían por lotes desde Austria. Hasta que consiguieron resucitar la Polaroid en todas sus versiones. Lo llamaron el «proyecto imposible». Hoy se llama «la película no está muerta».

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