Cuentan que un día, un joven se acercó a Balzac para pedirle consejo sobre como titular un libro que acababa de escribir. Balzac, tras estudiar al individuo, le contestó : “ Muy fácil, ¿ sale algún tambor ? “. “ No “. “ ¿ Y alguna trompeta ? “. “ Tampoco “. “ Pues entonces está clarísimo… Sin tambores ni trompetas “. Hay que ser un  genio como Honoré de Balzac, y tener los nervios templados, de acero fundido, para que te salga una respuesta así, de forma espontanea, que deja una cita que trasciende los siglos, mientras vas por la calle, no sé, a comprar el pan.

La velocidad de la ironía

Esa velocidad en la ironía es un don, una virtud equivalente a poder correr los cien metros lisos en 9,58 segundos, como Usain Bolt. Hay días que la vida te obsequia con ese momento, que aparece de la nada y se hace carne, como la virgen de Lourdes y que queda grabado a fuego, con un hierro candente en tu cerebro, hasta el final de tus días.

Decía William Ellery Channing que “ una anécdota de un hombre vale más que un volumen de biografía “. Coincido plenamente con esa afirmación. Tengo un amigo, al que quiero mucho, que en un viaje que hicimos juntos a los Picos de Europa, tierra exuberante y magnífica, ante mi expresión de admiración por las impresionantes vistas de los altos lebaniegos, me contestó “ son más bonitos que la puta mierda “. Si esto no es una declaración de intenciones, que baje dios y lo vea. Por supuesto, el resto del viaje me guardé mis opiniones al respecto, por si acaso.

Volviendo a Picos de Europa, hubo una época dorada de mi existencia en la que mi mujer Maricarmen, mi hijo Javier, entonces un infante y yo, veraneamos varios años en un pueblecito cercano a Potes llamado Cabariezo. Bueno, realmente íbamos una semana, para luego trasladarnos al calor y el bullicio del levante español.

Dije “ que bonitas las montañas “. A lo que Maricarmen, sin tan siquiera volverse a mirarme, respondió : “ Donde esté El Corte Inglés, que se quite tanta puta montaña “.

Para mí, esa semana en las montañas era vitaminas para todo el año. Es verdad que, cuando llevábamos allí cuatro días, sobre todo en los años que sucedieron al primero, ya habíamos visto gran parte de aquel lugar, maravilloso sin duda y que, para alguien tan urbanita como mi mujer, podía llegar a resultar tedioso.

¡Qué bonitas las montañas!

Para ilustrar esta afirmación, recuerdo que por las tardes nos tumbábamos en el jardín de la casa que alquilábamos. Yo, que como dice mi padre, en ocasiones, soy más pesado que una vaca en brazos, no podía evitar emocionarme ante la visión de la cordillera cantábrica y todas las tardes hacía una loa de lo bonitas que eran las montañas, a lo que Maricarmen, que ya me soporta hace casi treinta años, respondía, habitualmente, con monosílabos.

Sería la cuarta o quinta tarde que pasábamos en la quietud monacal de nuestro jardín. Hay que decir que, por aquel entonces, Cabariezo tendría unas ocho casas, cuatro de ellas deshabitadas, por lo que ver pasar a un vecino con sus dos vacas, camino de los pastos, se convertía en el acontecimiento del día.

Así que, ahí estaba yo, emocionado con las vistas, cuando, expresando mis sentimientos a flor de piel en voz alta, dije “ que bonitas las montañas “. A lo que Maricarmen, sin tan siquiera volverse a mirarme, respondió : “ Donde esté El Corte Inglés, que se quite tanta puta montaña “.

Esta es una de esas frases cifradas, con un mensaje subliminal, que en este caso era que, a pesar de lo bucólico del lugar, ya no volverías a veranear en Potes en tu puñetera vida. Milagrosamente, por una pirueta del destino, fuimos varios años más, pero la frase está tatuada en algún lugar de mi cerebro, con tinta indeleble, para el resto de mis días.

Según Plutarco, “ a veces una broma, una anécdota, un momento insignificante, nos muestran mejor a un hombre, que las mayores proezas o las batallas más sangrientas “. Es cierto. Recuerdo, en este momento, una anécdota que mi padre me ha contado, muchas veces, a lo largo de los años.

Un reloj que no anda

Para situar el contexto, mi padre nació en el año 1934, por lo que le tocó vivir toda la guerra civil. El segundo de cinco hermanos, a los diez años era huérfano de padre y madre. Comprenderán que, circunstancias como estas, forjan personalidad, así que, una tarde se encontraban jugando al futbol con una lavativa a la que le habían recortado el pitorro. Entre los jugadores había un chaval del barrio que, por circunstancias, era más favorecido económicamente que el resto de los chicos y que, merced a esta condición, de la que presumía habitualmente, llevaba un reloj de pulsera.

En un momento del encuentro, por un lance del juego, mi padre golpeó al otro chaval, por azar, justamente en la muñeca en la que portaba el reloj. El chico, quizá por su carácter altivo, miró el reloj y le espetó a mi padre “ ¡ Gilipollas !. ¡ Me has roto el reloj ! . ¡ Ya no anda ! “ . Mi padre, que siempre ha tenido carácter porque se ha tenido que buscar las castañas sin ayuda, le contestó “ ¿ como que no anda ?. Ponlo en el suelo y verás si anda “.

El chaval, supongo que jugándosela a ver quien los tenía más grandes, se quitó el reloj y lo puso en el suelo y mi padre, sin pensárselo dos veces, supongo, le pegó una patada al reloj que lo mandó al otro lado del terreno de juego.

Entonces miró al chaval que estaba lívido y le dijo “ ¿ No decías que no andaba ? “. “ Mira como anda “.

No se ustedes, pero yo, a un tipo así, lo quiero en mi equipo.

Sean felices.

Julio MOreno

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