‘Suite italiana’ Javier Reverte. Plaza y Janés. 382 páginas. 20,90 euros

El libro lleva por subtítulo “Un viaje a Venecia, Trieste y Sicilia”, aunque empieza  en Bolonia, que es el punto de partida en territorio italiano de esta gira, que es sobre todo un viaje literario. El autor lo advierte en el primer compás: “¡Qué tiempos aquellos , en los comienzos del siglo XX, cuando los escritores pugnaban por pergeñar ambiciosos trabajos que se esforzaban en despejar las brumas de la existencia y dieran sentido a la propia, libros que afrontasen con coraje los problemas eternos de los hombres” Este es el tono, que no se abandona hasta el final. El libro de Reverte tiene un aire decadente, un  timbre crepuscular, como de un presente cansado, ahíto, a ratos hastiado.

La decepción por el presente

El autor comienza su gira italiana consciente de que no va a ver nada nuevo, o más bien de que será difícil contar algo nuevo de ciudades que los lectores  conocen, de calles y plazas donde la globalización ha puesto las mismas marcas de moda, de templos y catedrales en los que ya se han hecho todos los autorretratos, esos “selfies” que parecen el gran pretexto del turismo contemporáneo. En cada capítulo hay una admiración rendida por el pasado, con el contrapunto de una profunda decepción por el presente.

Suite italiana
Portada de ‘Suite italiana’ de Reverte

Anotamos  como prueba y ejemplo este párrafo en el que se describe una zona de playa junto al Hotel  des Bains de Venecia: “Seguí mi paseo alejándome de la zona de baños. La playa abundaba  en maderos a la deriva; también en latas de cerveza vacías y a medio devorar  por el óxido, botellas  degolladas y huellas de gaviotas huidas. Había un restaurante, La Pérgola, también cerrado. Y tuve  la súbita sensación,  ante la mole del lujoso hospedaje  y de las casetas de aire de antaño, de que traspasaba los umbrales del tiempo para regresar al “mundo de ayer” de Stefan Zweig, a los días anteriores a la Gran Guerra, o cuando menos a los Felices Veinte. Aquel me parecía de pronto un universo irremediablemente perdido, como el mundo clásico. Y yo era  el único testigo de la desolación”. El párrafo termina  con una frase lapidaria, con una pregunta que es  a la vez  un certificado de decadencia: “¿Cuándo llegarán los bárbaros? , me pregunté”

El mundo de ayer

El lector, lectora en este caso, echa de menos en el viaje de Reverte algo más de aventura, un sumergirse en el mundo de la Italia  de hoy. El paseante por Venecia, por Trieste, por Roma o por Palermo, es un paseante solitario. Por momentos da la sensación de que se trata de un guía turístico. Eso sí, un guía lleno de erudición, de un conocimiento profundo y detallado de la obra de Thomas Mann, de las Elegías de Duino de Rilke, de los capítulos del Ulises de Joyce, o de las circunstancias vitales de Lampedusa. Conoce también la historia de la República Serenísima, el imperio del mar, su expansión por el Mediterráneo con el pretexto de las Cruzadas y sus batallas más gloriosas. El mundo de ayer; en buena parte del libro el mundo de anteayer. Un viaje que se puede hacer  desde la biblioteca de casa. Hay pasajes en los que el lector sospecha que el viaje de Reverte, su itinerario, es tan solo un pretexto para hilvanar historias, un callejeo de descanso entre batallas de otros tiempos.

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Así que lo que abunda en el texto de Reverte  son historias del pasado. Apenas hay sucesos del presente. Es probable que ese mirar  solitario se deba a su falta de dominio de la lengua italiana, pero decepciona que en país tan lleno de contrastes, tan llamativo, no haya conseguido una implicación mayor. Tan solo al final, en Bagheria, el autor tiene un encuentro con una mujer robusta y de palabra exuberante que le protege de algún suceso inconveniente. Y como no hay presente, no hay humor, no hay ironía, que suele ser un rasgo que los lectores apreciamos en los viajeros: el viaje como pretexto para ensayar una mirada irónica sobre la realidad propia, y una contemplación cómica sobre la vida y costumbres del extranjero. Cansa tanta mirada melancólica, que regresa al final del libro, como un estribillo tantas veces repetido: “¡Ah, aquellos días de entreguerras en que hombres como Mann, Rilke, Joyce y Lampedusa buscaban certezas y trataban de explicar la vida humana y dar sentido a la propia!…, ¿se han ido para siempre? ¡Ah, los Gustav von Aschenbach, Leopold Bloom y Fabrizio Salina!…,¿son ya los ángeles fantasmales de Rilke? Una idea de la vieja Europa murió con ellos, pero todavía llamean sus brasas resplandecientes”.

Sicilia, la isla más triste

Hay en el libro una mirada  atenta a Sicilia, ese enigma que escapa a todos los escritores. Reverte se fija sobre todo en Lampedusa. Se nos ocurre que además del autor del Gatopardo hay otro escritor que hunde más sus raíces en el alma siciliana y es Pirandello. Y en Sicilia es obligado hablar de la mafia, y pasar por Corleone. El autor traza una historia detallada de la mafia y de sus evoluciones. Volvemos a echar de menos una mirada al presente. ¿Cuánto queda de la mafia de Totó Riina, de Provenzano. ¿Ha dicho adiós Italia a la Cosa Nostra? Apenas hay en el libro diálogos con sicilianos. Tan solo algún intercambio de palabras con los cuidadores de los cementerios con tumbas de notables mafiosos o de célebres hombres de letras.

En el libro encontramos la descripción de algunos de los  crímenes mafiosos más célebres. En particular del asesinato del juez Falcone. Ocurrió el 23 de mayo de 1992. Falcone y su esposa vivían en Roma. Regresaron a Palermo para pasar el fin de semana. De camino desde el aeropuerto, a la altura de Capaci, una potente bomba colocada en un sumidero de agua bajo la autovía hizo volar el coche por los aires. Dice Reverte que quizá fue alguien de la Democrazia Cristiana quien avisó a los mafiosos, a Giovanni Brusca, que fue  quien accionó el mando a distancia. No fue así. La investigación demostró que la mafia conocía dónde se guardaba en Palermo el coche blindado que servía de transporte al juez. Lo supieron porque la mafia tiene ojos y oídos en todos los rincones. Bastó con colocar una vigilancia permanente para saber cuándo llegaba Falcone a Palermo. El día que vieron salir el blindado de su escondite, los mafiosos supieron que había llegado su hora.

Una cuenta que se cerrará con la muerte

Tampoco es cierto que  fuera  Falcone el autor de la famosa frase: “he abierto una cuenta con la mafia que solo se saldará con mi muerte.” La frase se la dijo Tommaso Buscetta a Falcone el día que comenzó su confesión sobre la estructura, formas y maneras de actuar de la Cosa Nostra. Antes de comenzar a contar sus secretos, Buscetta le advirtió de que su testimonio implicaba para el juez una condena a muerte. Un detalle más. Cita Reverte ese “mirar para otro lado” de la iglesia católica en el caso de la mafia, cuando no un cierto grado de complicidad. Se olvida de citar casos de héroes como el padre Pintacuda, jesuita que dejó escrito testimonio de su compromiso contra la Cosa Nostra en el libro La scelta.

El libro se cierra con una nota de agradecimientos que en realidad es una vendetta. En ese párrafo se alude a los días en que escribió el autor el libro como «días en que los entonces ministros del PP Fátima Báñez y Cristóbal Montoro, bajo el gobierno de Mariano Rajoy, desataron una verdadera persecución, con grandes penalizaciones económicas y ánimo genocida, contra los escritores y la cultura de nuestro país». Hablar de ánimo «genocida» es absolutamente impropio de un escritor que debe conocer el valor de las palabras. Pero hablar de persecuciones «a la cultura» por una cuestión de cuentas es otro exceso. La cultura no exime ni de pagar impuestos ni de cumplir la ley. Si se tratara del fisco, hay muchos otros gremios que podrían esgrimir la persecución, pero no queremos ponernos medievales. Ese final, ácido, desabrido y desproporcionado, nos parece un error, un epílogo desafortunado, un poco siciliano.

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