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Taschen, la pasión por los libros, en el corazón de Madrid

Taschen, en la calle Barquillo
Devoradores de libros, sean bienvenidos. Así saluda Jesús Martinell desde la calle Barquillo a los fans de los libros, a los apasionados del papel. El papel, ¿no había muerto? Bien al contrario, tiene mejor salud que nunca. Basta ver estas estanterías de madera antigua, algunas combadas, negras, repletas de papel con colores eléctricos, con diseños osados, con las caras de Rembrandt, de Velázquez, las fotos de Testino, de Lindbergh, un combate de Mohammed Ali, John Lennon, o las imágenes de Leibowitz o de Bailey. Libros pequeños, grandes, colosales. Al fondo de la tienda están los ejemplares para coleccionista. Formatos que necesitan una carretilla para salir de la tienda. Taschen proclama la supervivencia del libro como objeto de arte. El otro, el que solo tiene texto, se transformará en bits, en libro electrónico, o en un archivo mp3 en el que una voz neutra nos lee un ensayo de Roger Scruton. Para el arte, el papel. Su textura. Jesús Martinell se pone unos guantes para abrir un formato ciclópeo que reúne retratos de Bailey. Lady Diana nos mira con sus ojos de cierva

Las editoriales salen al rescate de las librerías

Librerías
pequeñas librerías-acciones solidarias para mantenerlas a flote, Nórdica, Barret, Dos Bigotes, Penguin o Llibreries Obertes

Rachel Muyal, la librera de Tánger

Rachel Muyal. La mémoire d'une tangéroise. Dominic Rousseau. Editions La Croisée des chemins El azar. Una tarde de agosto en Tánger. No el Tánger que uno recordaba. La ciudad se ha convertido en el escaparate de la modernidad de Marruecos: islas de desarrollo en el norte, en Casablanca o en los nuevos puertos...

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Vasili Grossman

‘Vasili Grossman y el siglo soviético’: Vida y destino de Rusia

Alexandra Popoff ha escrito una biografía literaria de Grossman, entretejida con la Historia de Rusia. La autora pasa someramente por la vida personal del autor para centrarse en su obra, completamente condicionada por la realidad que vivió: el antisemitismo institucional en Rusia; la hambruna en Ucrania; las purgas, y su desastrosas consecuencias, no solo humanas, sino culturales y militares, o el genocidio en Armenia. Pero también la guerra, con la Batalla de Stalingrado y el Holocausto. Grossman, ‘que se entusiasmó como muchos otros con la construcción del socialismo, pronto se dio cuenta de la divergencia entre las promesas del poder y la realidad de la vida cotidiana de los trabajadores’. Acabó sus días empobrecido y solo por escribir lo que hoy parece innegable, que el nazismo y el stalinismo con dos caras de la misma moneda.
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Roger Scruton y el placer de la filosofía

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‘Guardianes de la memoria’, los que llevan el peso del pasado de Europa

Hay ciudades/signo, regiones que tienen un significado unívoco. Su campo semántico cubre apenas dos o tres sentidos. Negros, oscuros como pozos, o intensos por su carga de dolor. Son ciudades o regiones que cargan el peso de la historia, la grave tarea de estar ahí para significar una tragedia, una posibilidad siniestra de lo humano. Es decir, una posibilidad común a todos. Algo que debemos evitar con cuidado extremo, conscientes de que volver al horror es quizá un camino inevitable. Tienen esas regiones una fuerza de atracción irresistible. Como la lengua, que vuelve una y otra vez a repasar el perfil de la caries. Son ciudades y regiones que cargan, además de ese peso histórico, con la banalización del mal. El turista las frecuenta por el placer de "haber estado allí". Se autorretrata con sus móviles, comparte una sonrisa en el umbral de Auschwitz. Una risa fuera de lugar, como si al signo de la ciudad le hubiéramos privado de sentido.