Tierra salvaje. Robert Olmstead. Hermida editores. Traducción de José Luis Piquero

Tierra salvaje es una novela sobre los cazadores de bisontes, sobre la épica de esos hombres y mujeres solitarios, de vidas desoladas, que se lanzaban a las grandes llanuras del medio oeste para cazar, sin descanso, en las grandes manadas de bisontes que pastaban en aquellas tierras. El paisaje es inmenso, azotado por tormentas pavorosas, un espacio inabarcable, infestado de lobos y serpientes, en el que todo riesgo implica una muerte inmediata.

Tierra salvaje
Tierra salvaje

Hombres como los que se describen en este párrafo: «Michel examinó concienzudamente a los hombres. En aquellos tiempos de cosechas perdidas había muchos abrumados por hipotecas que no podían pagar y que aun así no querían aventurarse a ir al sur y atravesar la línea muerta para internarse en territorio comanche. En lugar de ellos, éstos eran los hombres que ella había contratado, y cada uno tenía su historia, y no muy buena. Eran campesinos sin tierra, vagabundos llevados por el viento de las circunstancias (…) Eran hombres de ninguna parte, sin hogar, sin relaciones, sin el anhelo de algo que nunca fue. Nunca más volverían a morir por una tierra». Por que muchos de ellos son ex combatientes de la guerra civil norteamericana. Algunos visten todavía las casacas del ejército del sur. Todos tienen heridas, cicatrices, mutilaciones de esa guerra fratricida. En el universo de Tierra salvaje todos son animales susceptibles de ser cazados, las bestias y los humanos.

Una inspiración en la historia familiar

En un ensayo firmado por el autor de esta novela, e incluido en la edición de Hermida Editores, Olmstead cuenta que el personaje central de la novela está inspirado en las tres generaciones de mujeres que le criaron. La ficción, por tanto, hunde sus raíces en la propia historia familiar, en el tejido del patrimonio sentimental del autor. Las describe como mujeres duras y de múltiples habilidades: maestras, enfermeras, trabajadoras sociales, restauradoras, agentes de ferrocarril, inmigrantes y bohemias, que fumaban, jugaban a las cartas y ocasionalmente se tomaban un trago. Llevaban armas, eran fuertes y llenas de recursos.

Robert Olmsted
Robert Olmsted

La novela transcurre en el año 1873. Elizabeth Coughlin ha perdido a su marido, pisoteado por un caballo que le aplasta el tórax y le provoca una dolorosa agonía por asfixia. La novela comienza lejos, y no empieza por ella sino por su cuñado. Desde las primeras frases, sabemos que no estamos en un ambiente de refinados perfumes y asientos mullidos: «A cierta distancia del pueblo le salió al encuentro el olor a aguas residuales y creosota, la peste a lejía y aceite de queroseno, la carroña de animales muertos y sacrificados no aptos para el consumo humano. Alcanzó el trazado de calles vacías, un mundo en construcción abandonado, de cabañas hechas con tablones, con suelos de tierra y tejados planos, cubiertos de zarzas y desechos. Dos perros callejeros gruñían disputándose un hueso. Por todo el terreno había un palmo de restos de langostas muertas».

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El paisaje humano de esta novela es solo una extensión de estos suburbios de desolación, cicatrices, y gangrena. Olmstead lo trata con una épica triste y desencantada. La vida de los personajes de esta novela es árida y fría. No hay lugar para la ternura, no hay tiempo para amar. Quizá tan solo, de forma ocasional, para salvar la vida de un equipo de desolladores atrapados en una tormenta. No hay sueños. La vida tan solo permite luchar por una supervivencia elemental, vinculada al presente.

La línea muerta

En Tierra Salvaje, Elizabeth se embarca en una cacería de bisontes con su cuñado, un hombre distante y misterioso, un cazador que ha probado fortuna en África, paisaje de algunas de sus pesadillas. Michael ayuda a su cuñada a salvar una parte de su vida anterior: la finca que compartía con su marido muerto, hipotecada y a merced de los prestamistas. Elizabeth y Michael organizan una caravana para cruzar la llamada «línea muerta», la que separa el estado de Kansas del territorio indio. Al otro lado de la línea, todo son amenazas. No existe la ley. Un lugar donde a nadie le importa una vida.

La prosa de Olmstead recuerda a la de Cormac McCarthy. Es una prosa concisa, seca, tiene una gran fuerza evocadora y la consigue con recursos mínimos. Traslada al lector toda la crudeza de una vida a la intemperie, de rostros y cuerpos llenos de cicatrices, magulladuras, mordeduras de perros y serpientes. Es un mundo áspero, frío, en el que los latidos emocionales del corazón se ocultan, se dejan pasar, un mundo en lucha permanente, donde solo cabe la supervivencia.

Tierra salvaje
Cientos de pieles de bisonte esperando un transporte

La matanza

Hay momentos en los que la descripción no es apta para estómagos blandos o mentes educadas en el edulcorado mundo de Disney: «Cuando terminó había 110 bisontes muertos o muriendo, y los desolladores pronto serían motas en la distancia, llegando al campo seguidos por Aubuchon y los carniceros. Al anochecer estarían desollados y colgados. Lenguas, rabadillas, lomos, corazones y vísceras se usarían para ahumar, poner en salmuera, secar, encurtir y hacer embutidos, para la parrilla o el perol. Como máquinas, su lúgubre tarea había empezado y al final del día retornarían en la oscuridad y a la luz del fuego serían como los trabajadores del diablo».

Tierra salvaje cuenta cómo, en la segunda mitad del siglo XIX, se produjo lo que el autor llama «la mayor destrucción masiva de criaturas de sangre caliente de la historia de la humanidad». Bisontes, osos, lobos, elefantes, hipopótamos, leones, jirafas, los grandes vertebrados, todos sucumbieron ante las balas. En África Michael se ha dedicado a los animales de la sabana, al negocio del marfil, y de los esclavos. En los Estados Unidos mata bisontes desde una loma, con un fusil con mira telescópica en el que cada día carga 150 balas letales. El bisonte fue diezmado. Cuando cesaron las armas, las manadas que sumaban cincuenta millones de bisontes se quedaron en quinientos animales.

Sharps, el rifle de la matanza

La razón de la extinción no fue por necesidades de alimentación, sino para alimentar a la industria de la época. Al menos no fue la razón principal. Fue por la llamada «industria de las cintas». Telares, tornos, forjas, sierras, todas las máquinas recibían su movimiento de una serie de correas sin fin y de poleas que las conectaban con turbinas de agua y con máquinas de vapor. La masacre comenzó en 1871. Coincidió con el descubrimiento de un nuevo método para curtir la piel del búfalo y con la invención del rifle Sharps. Entre 1872 y 1874, la Unión Pacific trasladó 1,3 millones de pieles.

Rifle Sharps de 1874
Rifle Sharps de 1874

La fuerza de la prosa de Olmstead se mantiene en una traducción brillante. El oficio del traductor consiste en reconstruir una voz en el idioma propio, que es tarea muy compleja cuando se trata de una novela con un tono tan personal como esta. El oficio del traductor consiste, por tanto en desaparecer. Y en esta novela solo se nota en los créditos, donde viene su nombre. El lector aprecia además una edición muy cuidada, en la portada, en la armazón física del libro, y en toda la información que acompaña a la novela, y que nos hace esperar nuevas ediciones de la obra de este autor, hasta ahora inédito en español.

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