Pues resulta que Bea ha roto con su novio. Sus rupturas son de 30 segundos, pero ella los vive con mucha intensidad. Nos ha contado que no ha pegado ojo en toda la noche y que esta vez sí que es la definitiva porque le había dicho cosas que nunca le dice.

En la escalera de atrás, como ya lo sabemos, la forma de consolar es un poco punki. Bea se apoya sobre el pasamanos y se cruza el abrigo de tal forma que puede abrochárselo en la espalda. A la vez que mete tripa, cruza fuerte los brazos y saca chepa. Esa postura le sirve tanto para las mañanas frías, cuando está helada, como para los días tristones como este, cuando nos habla mirando al suelo, y su fino pelo rubio le tapa media cara.

Marga le ha dicho que no se ponga tan intensa, que sabe que esta noche están reconciliándose otra vez. A mí, la verdad, es que me da pena, porque Bea lo vive todo con un sufrimiento extremo, y da igual lo que le digamos. Hay gente así, que se regodea en un sufrimiento. Da igual que sepa que esta noche se van a reconciliar porque hemos vivido esta situación 200 veces, ella sufre.

Pero en la escalera ya no existe el respeto que había con esta situación las primeras veces. Tina le ha dicho que lo que tiene que hacer es dejarle definitivamente, que es un triste. Ella no levanta la cabeza. Tina se envalentona y le dice que ella necesita alegría, no un tipo que se pasa el día jugando al ajedrez.

Ahí le damos todas la razón, que donde esté un señor que te haga reír antes, durante, y después, que se quiten los penurias. Y es que Bea lleva una vida muy gris. Pero ahí no entramos ni salimos, ella es la que tiene que ver lo que le hace más o menos feliz.

Marga le ha dicho que no se apene. Que, al final, estas crisis son lo que le dan vidilla a esa relación sin altibajos, sin chicha ni limoná. Nosotras solo intentamos que, por lo menos durante la jornada laboral, esté entretenida y sonría.

Lola estaba callada, escuchando, sujetando el café con ambas manos, aprovechando su calor para calentarse un poco. Es extraño en ella tanto rato en silencio, pero como es imprevisible, con ella nunca se sabe. Entonces ha mirado a Bea directamente y le ha dicho: «¡Niña! ¿Sabes lo que te digo? Qué como no quites esa chepa te echo el café por la espalda. Qué a tu novio en vez de echarle un polvo hay que echarle cadena perpetua ¡coño!»

Bea ha roto a reír y con ella todas las demás. Y Lola se ha ido riendo mientras subía la escalera, moviendo su melenón negro como quien mueve una bata de cola.

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