Rafael Narbona vive en el límite de la ciudad, en la última casa antes del agro. Al otro lado de la valla hay huertas y algún sembrado por el que, a veces, se acercan los gamos. La casa tiene un jardín con árboles y perros y una luz crepuscular en la que flotan los retratos, los libros encuadernados en piel, las portadas de los tebeos de Tintín y una réplica del cohete con el que subió a la Luna. Rafael, autor del Retrato del reportero adolescente, nos recibe en un salón que mira al oeste. Piedad sonríe con dos inmensos ojos azules y ofrece café y pastas y una hospitalidad cordial y sencilla. Son dos filósofos. Llevan cuarenta años tejiendo un matrimonio de complicidad.

Más de mil quinientos artículos llevan la firma de Rafael Narbona, que es crítico, también escritor. Su Retrato del reportero adolescente repasa la vida y andanzas de Tintín y la obra de Hergé, su creador. Es el libro de una pasión, porque en Narbona la pasión precede a la erudición. Aquí en Fanfan hemos comentado sus obras más recientes: esta sobre Tintín y los Peregrinos del absoluto, en la que profundiza en la vida y la obra de Teresa de Jesús, de Blaise Pascal, de William Blake, Cioran, Bataille y Thomas Merton entre otros.

Narbona tiene una conversación fluida. Entra a todos los temas, no con afán de polémica, sino de decir lo que piensa, de no callar en asuntos que considera de trascendencia. No es un crítico ajeno a las redes. A diario uno puede leer en Twitter sus reflexiones sobre la vida, el matrimonio, la literatura, la religión, o sus entrevistas para El Cultural. La última, una brillante conversación con Javier Marías. Hablamos con Rafael Narbona sobre la depresión devastadora que le atacó durante diez años, de música, y de educación, a la que ha dedicado buena parte de su vida como profesor de instituto.

En la edad en la que el buho de Minerva levanta el vuelo, Narbona prepara nuevas obras. Una de ellas sobre la historia de la filosofía a la luz del concepto de optimismo. Y nos regala el placer de una buena conversación. En la era de la comunicación rápida y banal, charlar con Narbona es el caviar.

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