Allons enfants de la Patrie, le jour de glorie est arrivé “ ( “ Vamos hijos de la patria, el dia de gloria ha llegado “. La Marsellesa, himno nacional de Francia ).

Esta mañana me he levantado con espíritu de lunes. Yo los lunes me despierto como los pájaros, no volando libre, sino cagándome en todo, perdonen la expresión. Además, hoy me dolía todo el cuerpo. En principio, con la que está cayendo, uno tiende a pensar que ha cogido el Covid, pero cuando me he parado a analizar la situación, me he dado cuenta de que son las consecuencias del partido de padel de ayer.

Si, por lo general tengo la tendencia a creerme más joven de lo que soy y no me doy cuenta de que, como dice mi mujer, estoy en la infancia de la vejez. No me negarán que es una expresión optimista; pero cuando uno recurre a este tipo de subterfugios, se puede encontrar con que alguien te diga “ pues estas muy bien para tu edad “, lo cual significa que tienes edad para estar hecho una mierda, pero de momento no se te nota mucho.

Bueno, pues una vez superados los dolores de todo tipo, porque yo hay mañanas que tengo que hacer inventario para saber qué me duele o, mejor dicho, cuantas cosas me duelen, he desayunado tranquilamente mientras les ponía a mis hijos sus desayunos, les hacía los bocadillos y las camas. Después, como Dios manda, a planchar.

Nosotros, muy al contrario, somos un pueblo sumiso, cuando nos gobernamos nosotros. Bien es verdad que cuando son otros los que vienen a tocar los huevos, pueden acabar colgando de una encina y con sus tripas en un canasto, como los húsares,

Si, en casa se plancha el lunes, porque se pone la lavadora el fin de semana. Lo de la lavadora es una entelequia, porque con tres hijos, mi mujer y yo y Andrea, la estudiante americana que habita en la habitación de la entrada, se ponen en realidad dos o tres lavadoras. Así que, una vez terminadas las labores del hogar, aún he tenido, milagrosamente, tiempo para leer un poco el periódico, en el móvil, claro está.

Yo echo mucho de menos aquellos tiempos en los que, antes de coger el metro, iba al kiosco y me compraba el ABC. No lo hacía por convencimiento o tendencia, sino porque, en aquellos tiempos y creo que ahora también, el formato del ABC era un poco más pequeño que otros diarios y además, venía grapado, cosa que no sucedía con otros medios, así que era más manejable a la hora de leerlo en el metro. Ahora ya casi nadie compra el periódico en papel y, si me apuran, tampoco hay kioscos de prensa.

Bueno, pues de este modo, yo he seguido fiel al ABC, ya por costumbre y, ojeando la edición de hoy, he podido conocer que, según los tribunales franceses, llevar la mascarilla en exteriores, o más bien la obligación de llevarla, atenta contra las libertades individuales y, por lo tanto, la medida va a ser declarada ilegal, inconstitucional o como quiera que allí se denomine.

Más allá de estar totalmente de acuerdo con los jueces franceses, sin que sirva de precedente, esto me ha hecho divagar, en mi desplazamiento, sobre cuan diferentes pueden ser los pueblos y he llegado a la conclusión, válgame Dios, de que en según qué materias, envidio a los franceses.

Ya sé que esto que digo es controvertido, dado que nunca les hemos tenido mucho cariño a los gabachos, yo el primero. Yo he visitado Francia en numerosas ocasiones, pero siempre recordaré la primera. Por aquel entonces, yo tenía quince años y estaba realizando, junto a mis padres y mi hermano, un tour en autocar por Europa. Recuerdo que el conductor del autocar, Pedro se llamaba el tipo, ante la proximidad de la frontera francesa comenzó a  jurar en arameo, lo que a mí, a tan tierna edad, me llamó la atención.

Como quiera que ya habíamos trabado algo de confianza, le pregunté a Pedro que si no le gustaban los franceses, a lo que Pedro, sin dejar de mirar la carretera, como era su obligación, me contestó “ antes le daría toda mi sangre a un perro que una gota de agua a un francés “.Aún hoy, a mis cincuenta y tantos años, creo que es la frase más lapidaria que he oído en mi vida, y más viniendo de un tipo que se pasaba un mínimo de diez días al mes en Francia. Sus motivos  tendría.

Pues, al margen de esto, sigo pensando que los franceses y los españoles somos muy distintos en según qué materias, inclinándose la balanza a su favor en algunas que yo considero importantes. Esto de las mascarillas en Francia no ocurre espontáneamente, sino que, con toda seguridad, será consecuencia de la denuncia de algún colectivo o ciudadano, que ha cuestionado la norma. En esto, los franceses son categóricos, hasta el punto de que han sabido levantarse contra sus gobernantes en cada ocasión en la que han considerado que abusaban de su poder.

Baste con recordar lo que sucedió en 1789, cuando el asunto no solo acabó con la cabeza de Luis XVI en un cesto de enea, sino que también acabó con el feudalismo y el poder del clero y la nobleza, todo en el mismo paquete. Nosotros, muy al contrario, somos un pueblo sumiso, cuando nos gobernamos nosotros. Bien es verdad que cuando son otros los que vienen a tocar los huevos, pueden acabar colgando de una encina y con sus tripas en un canasto, como los húsares, pero sin embargo no hemos sabido nunca levantarnos contra nuestros tiranos autóctonos y, si lo hemos intentado, ha sido sin éxito.

Sin embargo, esta sumisión al poder no se ha traducido en un sentimiento patrio que sí tienen lo franceses. Yo, cuando veo a las multitudes en Francia, bajo su enseña Nacional, cantando su himno a pulmón abierto, sin distinción de filiación política, social o étnica, siento una envidia muy insana. Bien es verdad que ellos tienen un himno con una letra que ensalza sus valores de Libertad, Igualdad y Fraternidad, mientras que nosotros tenemos que corear nuestro himno como si fuéramos Masiel cantando el “la,la,la”. Tan bajo hemos caído que no tenemos ni letra.

Los españoles somos más de partirle la cara al vecino, por eso el verdadero enfrentamiento armado que ha marcado la historia contemporánea de nuestro triste país fue una guerra entre hermanos, entre amigos, entre familiares.

Por no hablar de que hay una parte nada despreciable de ciudadanos españoles que, arrastrando lo que pasó en 1936 odian la bandera y cualquier símbolo que represente la nación. Es hora ya de olvidarse de aquello. Para todos los que están condicionados a ese sentimiento antipatriótico, tampoco se les dio tan mal. Quedaron subcampeones, medalla de plata. Miradlo desde ese prisma, por volver al optimismo. Hora es ya de tomar ejemplo, hora es ya de subvertir la norma, sobre todo si es tiránica. Hora es ya de dejar de poner la otra mejilla.  Así que, como decía el ilegalizado texto de Don José María Pemán, “ alzad lo brazos, hijos del pueblo español “.

Bueno, con que alcéis la voz, de vez en cuando, nos vamos a conformar. “ Aux armes, citoyens. Formez vous bataillons.¡ Marchóns, marchons ! “ ( “ A las armas, ciudadanos, formad vuestros batallones. ¡ Marchemos, marchemos ! “. La Marsellesa ).

Levántense del sillón, de una puñetera vez.

 @julioml1970

juan tallón
Julio MOreno

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