Es una de las series de moda. Vernon Subutex fue un día el santón de una tienda de discos, Revolver, por la que pasaba la bohemia del rock de París. Estrellas, fans, adictos, drogatas de todos los fármacos, vividores, intelectuales más o menos falsos y aficionados a las posturas interesantes. Revolver ha cerrado. El mundo del vinilo entró en decadencia. Lo mató el walkman primero, lo remató el CD. Aquel París ha muerto, y Vernon vive en un piso del que le desahucian en el primer capítulo. Esgrime el valor de algún disco de primera impresión. Un intento vano: le ponen en la calle. El primero al que pide ayuda es un músico, Alex, que sigue encaramado al estrellato, con su corte de fans. Una fama débil y efímera. Los valles de inspiración de Alex se han salvado gracias a algún plagio del que pronto va a pagar el precio. Vernon comienza un viaje en el que va dando tumbos por París. De mano en mano. El retrato de la generación compuesta por sus viejos amigos es un aguafuerte lleno de nostalgia, lástima, fracaso y personajes derrotados. Está basada en la novela de Virgine Despentes.

Un mal día lo tiene cualquiera

Vernon Subutex está llena de rock, discos de vinilo, sexo, nostalgia y un montón de personajes tarados. El que no está averiado por el exceso de drogas lo está por su afición al sexo. Un montón de desequilibrados, unos ególatras, otros sátiros, y algunos que no saben quienes son. Oscilan entre la dominación y la paranoia. En medio de ese caos, Vernon intenta conseguir cada noche una cama caliente y una ducha. Para lograrlo tiene que recurrir a sus viejos colegas, los asiduos de su tienda Revolver. Su mala fortuna de tipo desahuciado es «solo una cuestión de unos días, algo pasajero».

El caso es que todo lo que toca Vernon termina en un lío mayúsculo. Su capacidad de estropearlo todo es colosal. Sus equilibrios terminan siempre con él y los que le rodean, tirados por el suelo, maltratados por la vida. La novela, y luego la serie, hacen un retrato ácido del mundo de la producción de cine que se reúne en el festival de Cannes. Una jauría de ególatras en busca del último disparate: unos para mantener su vida falsa, otros para tapar sus crímenes. Crecieron en aquella bohemia del rock y aspiraron a vivir en los márgenes de la sociedad. Lo que son veinte años después es un montón de escombros. Inspiran piedad, una piedad triste.

Los que nunca cambian

Tienen en común el recuerdo de unas cuantas batallitas. Nada serio: noches de drogas duras o blandas, algunos conciertos, y unas cuantas peleas entre bandas rivales, entre sectas del rock and roll. No son nadie. Los que han conseguido una posición lo han logrado a base de casarse con la hija de un banquero. Ningún mérito. La vida se limita a pasear al perro y obedecer a una esposa rigurosa. Están también los que han cambiado de sexo o están en ello. Genial la respuesta de un travesti cuando tiene que confesar su condición: «no he terminado la transición».

Una joven musulmana persigue el fantasma de su madre, actriz porno. Y una rubia sin escrúpulos vende su habilidad para hundir reputaciones. se la compra el más miserable de los personajes de la serie. Hay guantazos para todos: para los de derechas y para la izquierda, esa izquierda que contrata lacayos a cambio de que les adulen de la mañana a la noche. Los contrata y los exprime antes de dejarlos tirados.

Sorprende que Vernon Subutex esté entre las recomendaciones de Iglesias Turrión, ese vicepresidente que se pasa el día viendo series. Las termina antes que los demás, lo que quiere decir que les dedica unas horas. Sorprende porque de todos los personajes de la serie, el que más se parece a Iglesias Turrión es el más despreciable, un sátiro con inclinaciones al sado, un tirano con sus empleados, que les paga siempre que le adoren.

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