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38 estrellas. La mayor fuga de una cárcel de mujeres de la historia. Josefina Licitra. Seix Barral

La crónica es un género que se escribe en español de América. Los grandes escritores de crónica vienen del sur: Leila Guerriero, Caparrós, Villoro, Rodrigo Fresán. Podemos hablar de un «boom» literario de la crónica. El libro que publicó Anagrama, editado por Jorge Carrión, con un puñado de crónicas ejemplares se llamó Mejor que ficción. El tomo demuestra que «el arte del relato sin ficción ha llegado a un nivel sin precedentes en la historia de la literatura de nuestra lengua». En ese momento de excelencia de la crónica se puede inscribir el trabajo de Josefina Licitra, que se llama 38 estrellas y que reconstruye la historia de la fuga de una prisión de mujeres en Montevideo en 1971. Aunque para llegar a la excelencia, le sobran muchos rasgos de propaganda y un poco de vieja retórica naïf de santoral izquierdista.

La historia de 38 estrellas

38 estrellas narra una fuga, pero es mucho más. La fuga es el pretexto, el centro donde convergen las historias de algunas de las mujeres que se fugaron de un penal femenino el 30 de julio de 1971. Es también la historia de los tupamaros, vista desde la óptica femenina. Y es sobre todo el rescate de una historia oculta y silenciada, arrumbada en el olvido. Los tupamaros lo llamaron operación Estrella. Licitra llegó a esta historia de manera casual. Lo cuenta en el prólogo. Estaba trabajando en un perfil periodístico sobre José Mujica, el que fuera presidente de Uruguay.

Habló con su mujer, Lucía Topolansky. Ella había sido una de las reclusas fugadas. Mencionó, sin mucho detalle la Operaciòn Estrella. Licitra, espoleada por la curiosidad, comenzó a hurgar en fuentes directas. Un detalle le conmovió: las reclusas habían utilizado hilos y cintas métricas de costurera para tomar medidas que sirvieran para el túnel, excavado desde el exterior, llegara hasta su celda colectiva. Huyeron de la prisión de Cabildo por las alcantarillas.

Estructura de relato policial

El relato, estructurado con las técnicas de un thriller, de una novela policial, comienza por el final. Las reclusas juegan al truco sobre un tapete que cubre el agujero que acaban de hacer los que trabajan desde el exterior. Han utilizado un gato hidráulico. El suelo se ha roto. Deja escapar la fétida humedad de las cloacas. En unas horas, las 38 estrellas estarán fuera de la prisión, de nuevo en la clandestinidad. La historia va desplegando, a partir de detalles, la biografía de las fugadas más relevantes, o al menos de las que han querido hablar, que no han sido todas. Abundan las historias de mujeres de clase media arruinada. Uruguay había dejado de ser la «Suiza de América» y los ajustes los pagó una clase media incipiente que fue proletarizada sin paliativos.

Mitología tupamara

La estructura de la crónica es brillante. Funciona como un mecanismo que te lleva con interés hasta el final, aunque sepas desde el inicio cuál es el resultado del plan de fuga. Lo que chirría en el relato de Licitra es que, aunque la autora afirme en alguna entrevista que se despojó de su tendencia a idealizar a aquellas militantes, cae una y otra vez en la santificación de las tupamaras. Uruguay era una democracia, con un alto índice de corrupción (lean con detalle el escándalo de la Monty, destapado por los tupamaros) En ese intento de llegar al poder con las armas, se encontraron pronto con la tiranía.

La dictadura de Bordaberry llegaría en 1973. En buena parte alentada por los asaltos, secuestros, y enfrentamientos a tiros entre policías y tupamaros y asesinatos brutales a sangre fría, como el que costó la vida a cuatro soldados en 1972. Aquel grupo ya era un ejemplo para los montoneros argentinos, y estaba en la órbita de los servicios secretos cubanos de Fidel, que entrenaban a sus militantes y les daban apoyo internacional para fomentar un foco de rebeldía en la región.

38 estrellas
Las hermanas Topolansky celebran la amnistía en 1985

Atentos lectores a este párrafo que se nos propone en la página 18 de 38 estrellas: «Los tupamaros no solo querían tomar el poder a través de la acción armada -como muchos otros movimientos de los años sesenta y sesenta- sino que persiguen su objetivo mediante procedimientos de gran nivel de cálculo, creatividad y osadía. Los tupamaros roban bancos, toman pueblos, asaltan camiones con mercadería que luego reparten en los barrios pobres, denuncian empresas con manejos oscuros para el fisco, hurtan armas de las casas mismas de los militares, hacen secuestro valiéndose de autos robados a sus dueños, y piensan las fugas con el arrojo de un desesperado – el movimiento tiene miembros de origen obrero y rural- y el cálculo de un ilustrado: también tiene integrantes de clase media universitaria».

Santos laicos

Querían tomar el poder por las armas, en efecto, pero los detalles de generosidad tipo Robin Hood son adornos y abalorios que aparecen varias veces en el libro, y le restan credibilidad. Al que le quitan el coche se lo devuelven. Al que le fastidian un día de trabajo se lo compensan con dinero. Otro ejemplo (página 66): «Si le robaban el arma y el uniforme a un policía le daban el dinero para que se lo comprara de nuevo a sabiendas de que sus jefes lo obligarían a pagarse su propia ropa de trabajo. Su apretaban a un automovilista para quitarle el vehículo con vistas a una acción, al momento de devolvérselo le dejaban en el asiento los billetes para comprar la gasolina que habían gastado». Dan ganas de llorar y de comenzar un proceso de beatificación.

El libro tiene de forma intermitente algunos detalles naïf, de una candorosa ingenuidad (en la mejor de las hipótesis) que certifican que la autora no ha tomado distancia con esa imagen de «santos laicos» que siempre han tenido en la izquierda este tipo de movimientos y sus militantes. Los tupamaros nacieron en los años 60. Nunca lucharon contra una dictadura. Acosaron y hostigaron a gobiernos democráticos. La vía de la acción violenta, el pistolerismo, provocó una reacción represiva y desencadenó esa espiral tan conocida de acción y reacción que termina en el desastre.

Los valores de 38 estrellas

38 estrellas tiene, sin embargo muchos valores. Por ejemplo el análisis del papel de la mujer en los movimientos izquierdistas de la época: un papel secundario, subordinado a los hombres, siempre en la sombra. También el de mostrar los códigos morales conservadores de la izquierda, y la represión implacable de todo aquel que osara abandonar la disciplina o no seguir las órdenes del llamado «centralismo democrático», ese eufemismo inventado por Lenin para enmascarar con un bote de pintura léxica la dictadura interna de las bandas y partidos de la izquierda radical. Un relato más distante, menos «implicado» emocionalmente habría llevado esta obra hasta un nivel mucho más alto. Queda lastrada por una indulgencia que empaña el enorme y minucioso trabajo de investigación y de documentación que exige una reconstrucción tan prolija.

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