Eduardo Arroyo: una biografía pintada. Centro Niemeyer. Avilés. Hasta el 5 de mayo
Abarcar la biografía de Eduardo Arroyo en una sola exposición sería tarea imposible. El artista fue pintor, ilustrador, escultor, escritor, cartelista, periodista. La muestra abierta en Avilés recoge, a través de la obra de Arroyo, algunos elementos esenciales de su biografía, de sus fuentes de inspiración, y algunas de las obras más relevantes de su vida de artista. La muestra termina con el último lienzo que pintó (El buque fantasma, 2018), y ofrece como epílogo que la entrevista que grabó con Alberto Anaut, una larga conversación en la que desgrana sus orígenes, su vida familiar, y los años de educación en el Liceo Francés y en otros colegios de Madrid.

En la muestra está su obra más política, representada por Los cuatro dictadores, de 1963, hoy propiedad del Centro Reina Sofía. Responde a su posición en aquel momento, rabiosamente política, de un pintor que reconocía la pintura como un proceso autobiográfico: «estás pintando continuamente tu vida. Es el resultado de tu evolución. La mía es una pintura muy autobiográfica, con curiosidades, si quieres, exteriores, que muchas veces no aparecen en el cuadro, que son observaciones, miradas producidas por la cotidianidad en un ciero sentido, la lectura de un periódico, la lectura de un libro, el paseo por la ciudad, no sé, indudablemente hay una relación muy estrecha con la vida de uno. En una biografía pintada».

Y dentro de su obra más política, la muestra del Centro Niemeyer se detiene en los óleos y dibujos dedicados a Tina. Constantina Pérez Martínez fue una mujer asturiana represaliada en los años sesenta por una huelga minera. Además de ser torturada, la policía la sometió junto a otra compañera, a un rapado humillante para señalarla públicamente. El caso provocó un manifiesto firmado por más de un centenar de escritores, artistas e intelectuales, al que respondió Manuel Fraga, como ministro de información. Desde Roma, Arroyo intervino en el caso con una serie dedicada a Tina, para la que se inspiró en un cuadro de Joan Miró. Esa mímesis mironiana fue una ironía, una forma de reprochar a Miró la ausencia total de compromiso político del que era, aquellos años, uno de los pintores españoles más universales.
La muestra permite moverse por las diferentes etapadas de Arroyo. En los años setenta su figuración narrativa se vuelve hermética. Pinta cuadros con alusiones literarias, a Joye por ejemplo. Años más tarde ilustrará para Galaxia Gutemberg una edición ilustrada del Ulises. O a Robinson Crusoe, una de las obras que más influyeron en su vida. Arroyo tiene en su obra un abanico de iconos, un diccionario de símbolos propios, desde el boxeador a los deshollinadores, desde los gatos que pueblan sus noches a los antifaces. La muestra termina con su último cuadro, un gran lienzo barroco, empapado de muerte, que representa un barco hundido, rodeado de rostros esquemáticos y negros.