La Fundación Mapfre, en su sede de Bárbara de Braganza, expone la obra completa de uno de los grandes de la fotografía de calle.

La vida y la obra de Anthony Hernández está en Los Ángeles, en las periferias urbanas o en las calles a las que se asoman las tiendas de moda y lujo de la ciudad. Su estilo es crudo, atrevido, siempre desolador. Su ojo busca el gesto, la espera, las ruinas. Y su visión de la fotografía se va haciendo cada vez más abstracta, hasta llegar a algunas imágenes que recuerdan esos campos de color que vibran en las pinturas de Mark Rothko.

Hemos elegido esa fotografía de los zapatos manchados de polvo para ilustrar este artículo porque reúne en una sola imagen los puntos de interés de este fotógrafo que busca siempre en la materia prima más humilde la fuente de una obra que sorprende por su originalidad, por su pobreza, y por una ejecución impecable.

Hernández cuida tanto el aspecto técnico y formal que mientras sus colegas fotógrafos de calle paseaban por lo ciudad con sus Leicas, discretas y ligeras, él deambulaba en busca de imágenes a bordo de una camioneta en la que cargaba un pesado trípode y una cámara de gran formato. Ese ejercicio de penitencia ascética que consiste en portar un artefacto tan incómodo nos da la medida de la voluntad de un fotógrafo que busca compaginar el retrato de un instante que se escapa con los medios menos adecuados para retratar esa fugacidad. El instante líquido, para Hernández, merece un negativo de gran formato. Trasladado luego a las impresiones de grandes dimensiones que cuelgan en la Fundación Mapfre, el resultado produce un gran impacto.

El contemplar toda la obra de este artista, toda una vida de fotografía, permite seguir la evolución de su mirada. Si hay un hilo conductor es el de la preocupación social, pero siempre subordinada al arte. No es un arte militante y condicionado por la ideología. Su serie sobre Paisajes para los sin techo retrata las condiciones de vida de los que no tienen un hogar en una época en la que Los Angeles se convirtió en una ciudad de excluidos. Suelos repletos de colillas, una bolsa de plástico que cuelga de una rama y guarda las escasas pertenencias de un homeless; un carro de supermercado abandonado en el bosque. No hay retratos, no hay personas, pero están ahí.

Hay imágenes de Roma, pero a Hernández no le interesan las ruinas del imperio sino los vacíos de las construcciones contemporáneas, fríos, inhóspitos, desalmados. Y de regreso a Los Angeles vuelve a las periferias para retratar el fracaso de las construcciones a medio terminar, ruinas de proyectos. Como él mismo dice: «Ser consciente es más importante que la evidencia de esa consciencia sobre un trozo de papel. Ser sensible hacia lo que pasa por delante de ti es más importante que lo que pasa a través de la cámara».

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