En la burlesca comedia negra de los Coen, “La balada de Buster Scruggs”, en uno de sus seis episodios, el de los conductores de aquellas míticas caravanas que llevaron a poblar el oeste de los Estados Unidos, se produce este hermoso diálogo. «¿Qué es peor, socio, el polvo o el barro?. Los dos, diría».

Se ha de suponer que se pregunta qué es más molesto o más complicado a la hora de limpiar. Sea lo que sea, qué pocas veces y con qué pocas palabras el género western se ha definido tan bien a sí mismo.

De la mano del ayudante de dirección Iñaki Sánchez Arrieta, llega a las plataformas el thriller “El lodo”, trabajo que, -su segundo largometraje-, de forma tediosa, aunque no exento de cierta brillantez, se queda a medio camino, no entre el drama y el suspense, sino entre lo ya mil veces visto o lo que aún queda por ver.

el lodo

Ricardo, Raúl Arévalo, que por muchas veces que ponga perfil del De Niro de los 70-80, no termina de alcanzar la excelencia en su arte y uno lo prefiere detrás de la cámara, es un biólogo experto que llega a La Albufera menos atractiva con la intención de proteger el entorno natural de su niñez y, de paso, intentar cerrar la herida provocada por la tragedia familiar que lleva a cuestas. Le acompaña Claudia, su pareja, Paz Vega, casi siempre notable, esta vez con un personaje, entre principal y secundario, con muy poco que aportar a la trama.

Para cumplir con su misión, Ricardo tendrá que enfrentarse a la oposición de los nativos del lugar, lamentablemente mostrados por Arrieta, como suele ser habitual en el cine español, como un creepy hatajo de cazadores furtivos, -en realidad, para las narrativas de las nomenklaturas del cine patrio actual, que sean o no furtivos da igual, porque si son cazadores no son buena gente y no hay más que hablar-, de descerebrados parroquianos de taberna que no ven más allá del horizonte que les vio nacer y que, en representaciones como la de “El lodo”, a un aficionado a la saga de videojuegos Fallout le recuerdan a “Point Lookout”, expansión de su tercera entrega.

Estereotipos, etiquetas, prejuicios, ya se sabe. Entre los inquietantes pueblerinos tenemos a Roberto Álamo, que parece no querer detenerse en su imparable trayecto hacia el encasillamiento en papeles de maduro fortachón y trastornado, lo cual, pese a ello, no le resta, para ejemplo, “Josefina”, “El páramo”, mucho más “Antidisturbios”. Picoteando en la sombra, como una deidad ausente, aunque omnipresente, la jefa del pueblo, la gran Susi Sánchez, con su seductora y profesional veteranía. Eso sí, por encima de ellos destaca Joaquín Climent en una interpretación más que complicada, teniendo que poner voz y gestos a un personaje que apoya a Ricardo, esto es, lo correcto, pero que no deja de defender a los suyos, con lo que en los pueblos, sin prejuicios, eso conlleva, es decir, lo que no se puede traicionar, lo sagrado y lo ancestral.

Es curioso, pero al poco de llegar al pueblo, a Ricardo lo llaman los lugareños Gregory Peck, alusión con sorna de un devoto del séptimo arte como debe ser Sánchez Arrieta, (y servidor), al personaje de Peck en “Horizontes de grandeza” o, lo que es lo mismo, joven refinado del este que llega al oeste donde sus educados modales y sus correctas costumbres no son muy bien vistas por los rústicos texanos encabezados por el capataz Heston. Por ahí en “El lodo” todo bien, aunque sea más de lo mismo.

Arévalo, qué poco cambia el semblante este chico, es el forastero que viene a abrir las aguas y añadir la zona a la biosfera, protegida de cacería y abuso de regadío. Es un científico de prestigio que ha trabajado en Brasil, pero su soberbia intelectual, a la que no le falta razón, le impide ver que las cosas en una tierra castigada por la sequía, el abandono gubernamental y tutelada por una rica de las de toda la vida, no son tan fáciles. Entre esas aguas la cinta se deja llevar y ver. El problema, su defecto, es endémico en las recientes producciones nacionales: frialdad y sopor de escaparate.

El personaje principal de “El lodo” es el mismo de “El sustituto”, con Ricardo Gómez, más aburrido que una caja de gusanos de seda, falto de empatía e irreversible mala leche facial. Cuesta cogerles la conexión. Cuesta identificarse con actores que no vocalizan tan mal como los más jóvenes, que se quedan en lo correcto, pero que son incapaces de ser algo más que una cara profesional, lo que hace que carezcan de estímulo y que sus películas transcurran lastradas.

Se ha escrito que en “El lodo” está el Peckinpah de “Perros de paja”. Confieso ser un amante incondicional del cine de mi país, pero en las gafas rotas de Dustin Hoffman en el angustioso film del maestro de la violencia cinematográfica, hay más cinematografía que en cualquier segundo de “El lodo”, que no puede evitar otro de los defectos del cine autóctono, este, salvo alguna excepción, presente desde tiempos remotos, las muy mediocres escenas de acción.

Incluso un cinéfilo aficionado, ignorante en apartados técnicos, sabe que aquí se usa bien el paisaje, el encuadre, la fotografía, la ambientación, el contexto, ubicar la música, sacar lo mejor de cada actor, los silencios, aunque sean de buenos, pero soporíferos profesionales. Se utiliza de modo excelente, cómo no, la crítica, lo carnal, pero cuando llega la escena del contacto físico violento, especialmente sin el apuntado de una buena escopeta de caza, se nos ven todas las pelusas, no porque se intente una aproximación a la realidad, -la violencia real es un tratado de escenas muy mal rodadas-, no porque no tengamos a un Statham, sino por, -palabra de neófito-, abundancia de parpadeos.

“El lodo” es un trabajo aceptable que se pierde entre lo de costumbre, que parece convertirse en lo de siempre, que cae en el fácil prejuicio a la imagen de los pueblos y que morirá en la peor de las zonas estancadas que muestra, la de la indiferencia. Entre el polvo y el barro. O, como diría uno de mi pueblo, “ni chicha, ni limoná”.

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