‘Funeral de estado’, de Sergei Loznitsa: el erotismo de unas exequias

Desde una perspectiva muy ajena, el culto a la personalidad diseñado por muchos de los gobernantes de este mundo no está mal tirado. Primero porque te aseguras obediencia y devoción absoluta. Claro. Y segundo porque el tradicional y obligatorio alzamiento a los cielos, la divinización, logra que los errores, criminales en la mayoría de ejemplares de esta especie, sean casi hazañas, incluso para los enemigos: “Fulano mató a 4.000.000. Mengano ordenó la muerte de 11.000.000, como si fueran poderosísimos diablos espectrales y no tipos que no tenían ni media hostia, que ventoseaban y se cortaban las uñas de los pies como todo el mundo. En el caso del funeral de Iosif Vissarinovich Stalin, “Acero”, sin necesidad de construir una pirámide cual faraón de todas las rusias. En palabras de Sebag Montefiore, “un zar rojo”.

Funeral de estado

Entre la admiración de los seguidores de la fe comunista o los nostálgicos de la URSS que aún quedan en una Rusia que, como el periodista Ricardo Marquina muestra en su excelente documental, “Rusia, revolución conservadora”, va virando, entre ilógicos devaneos, financiados siempre por occidente, a la derecha; entre los enemigos del zarismo proletario, en cuya descripción de las atrocidades cometidas hay montones de granos de arena, agentes contribuyentes de esa subida a los altares, -más allá del credo contrario, cuantas más palabras se escriban sobre mi enemigo, más grande será su mito-; y entre el espectador más neutral o, sencillamente, aficionado a la historia que no puede evitar el morbo, el trabajo del polémico director ucraniano, Serge Loznitsa, disponible en ese santuario de calidad cinematográfica y documental que es la plataforma Filmin, es más una película erótica, que una sucesión de imágenes sobre el funeral de un señor de setenta y cuatro años que, entre otras actividades, gobernó durante treinta el país más grande de la Tierra.

Se dice que Calígula, aquel emperador romano convertido, quizá por sus enemigos, en pervertido hooligan, hacía correr la falsa noticia de su muerte por toda Roma para saber quién se alegraba y así llegar después “el maestro armero con la rebaja”, que diría aquel. Y es que en “Funeral de estado”, (2019), es difícil apartar la vista, a pesar de ser un documental sin narración, sin descripciones, más bien una retransmisión atemporal, -lo mejor que tiene es que te hace sentir testigo presencial del funeral del “Padrecito”-, de los rostros de las miles de personas que desfilan tras el féretro del que rigió sus destinos durante tantos años, lo que lleva a recordar las palabras de Vasily Grossman: “La gente parecía marchar hacia la muerte en un estado de hipnosis, en una especie de aceptación mística cristiana-budista de la fatalidad».

Todos lloran, sí, ¿pero todos lloran de verdad?

Loznitsa, autor de “Donbass”, “Babi Yar. Context”, etc… apenas aporta nada de su talento, más que la idea, que no es poco. Toma imágenes inéditas, de grandísimo valor y las expone, sin apenas editar, dejando incluso la música que se oyó en el interior del velatorio, -Réquiem de Mozart, Marcha fúnebre de Chopin-, durante más de dos horas, como si fuese un corresponsal al que le ha fallado el sonido de su micro en la retransmisión. Como si “Koba”, el georgiano protagonista interpretando su propia muerte, hubiese fallecido en la lejana Unión Soviética ayer mismo. Y ni siquiera habla de la asfixiante atmósfera que se respiró en la Plaza Trúbnaia, en el estrecho Bulevar Rozhdéstvenski… por la cantidad de personas pegadas unas a otras, -hubo decenas de fallecidos-. A pesar de eso, Loznitsa muestra lo grotesco de ese culto a la personalidad que, años después, descubriríamos en los sepelios de jefazos como Nasser, Mao, Jomeini, Chávez…

Desde el “Comunicado oficial desde Moscú”, resonando a través de miles de altavoces a todas las regiones de un estado de más de 20 millones de kilómetros cuadrados y once husos horarios, paralizando tan inmenso territorio, con un mensaje en el que se intenta evitar decir que Stalin ha muerto, sustituyéndolo por un “su corazón ha dejado de latir”, brillante y familiar pátina sobre la desaparición del Zeus de la mitología soviética. Desde las repúblicas bálticas, desde la petrolera Azerbayán, desde el koljós Lenin en la República Autónoma Socialista Soviética de Tayikistán, desde Magnitogorsk, obra maestra de sus planes quinquenales, desde los jinetes de las estepas de Altai, desde ese rebelde, que no revolucionario, quiste histórico para la Madre Patria que es Ucrania, donde muchas de las babushkas que lloraban su muerte tal vez no olvidaban el Holodomor de 20 años antes, cuando millones de ucranianos murieron de hambre, -recomendable “Hambruna roja, de Anne Applebaum, sobre dicha catástrofe-, hasta la necrópolis del Kremlin, hasta el mausoleo del embalsamado Cronos del primer país comunista de la historia, en el que asistimos, bajo la nevada y varios cañonazos, a los discursos de Jrushchov, Malenkov, Molotov y el mismísimo Lavrenti Beria, que sería eliminado solo nueve meses más tarde de esas históricas imágenes. Incluso la española Pasionaria está presente, en aquel 5 de marzo de 1953, mismo día de la muerte del grandioso compositor Serguei Prokofiev, acaecida también en Moscú y que casi fue velado en un clandestino anonimato cerca de allí. El autor de la “Danza de los caballeros” tuvo la impertinencia de morir el mismo día que el único dios que tuvo la URSS.

Desde el erotismo hasta el exterminio.

Las palabras que los soviéticos escuchaban en aquel desgraciado día eran: «Hoy es el primer día sin Stalin… es el día en que ya no está. La muerte ha llegado y todo es inútil. La muerte ha llegado y estamos solos. ¡Viva la causa inmortal de Stalin! Viva el gran pueblo soviético… constructor del comunismo, que vivirá para ver el triunfo del comunismo. Nuestro padre ha fallecido… nuestros corazones están llenos de tristeza. Pero a su pueblo ha dejado su genio. ¡Su corazón de acero permanecerá para siempre! Los estandartes sagrados llevados por los camaradas. Un camino de dificultades está por delante. El comité central invencible y glorioso, vencerá y desafiará su muerte. Cuando todos lo vimos en su ataúd y nos despedimos y le dimos nuestros últimos respetos, conocíamos su poder, pero qué suavizadas están ahora sus facciones mientras descansa. Sabíamos que era el mejor en nuestro planeta. Victorioso en cada batalla, en cada guerra. Pensar en los demás era su principio. Su corazón era desinteresado hasta la médula. Esta tragedia nos ha unido, como ningún día feliz lo ha hecho. Unidos de la mano para siempre, servimos a nuestro Stalin todos como uno. Miro a su rostro. Y por primera vez en mi vida con mi corazón y mi mente capto esa misteriosa palabra. ¡Inmortalidad! Es cierto que su corazón ha dejado de latir, un corazón cálido y apasionado, entregado a su pueblo. Su cabeza inmóvil descansa sobre una almohada. Nunca más un genio nacerá en él. Sus labios están sellados bajo su bigote. Nunca más pronunciarán sus cuidadosas palabras, sus elaborados discursos. Y, sin embargo, ¡aquí no hay muerte! Porque han nacido tantos pensamientos preciosos en su genial cerebro. Tantas palabras sabias inspirando a millones de personas fueron pronunciadas por esos labios. ¡Tanto amor! ¡Amor abrumador por la humanidad, por ese corazón audaz y valiente, que ya no queda espacio para la palabra muerte. Solo vida eterna. ¡La inmortalidad!

En mi opinión, las dos horas constituyen un documento de gran valor histórico, pero Sergei incurre en el error de muchos de los que hoy critican a tipos como Stalin, Hitler, Franco, Mao, Pol Pot y todos los miembros de esa cuadrilla de genocidas: -cuantas más palabras se escriban sobre mi enemigo, más grande será su mito-, sin olvidar sus crímenes. Su intención se entiende: ¡mirad lo ridículo que fue el funeral del jefazo de la Unión Soviética, ese asesino! Pero, al mismo tiempo, contribuye, de una manera casi obscena, erótica, a ese culto a su personalidad. Tras una nana estalinista, al menos rubrica bien al final, nos devuelve a la realidad, con el horrible resultado de sus actos:

“De acuerdo con cifras oficiales históricas, más de 27 millones de seres humanos fueron ejecutados, torturados y olvidados para siempre en campos de trabajo, Gulags. Se calcula que más de 15 millones de personas murieron de hambre…”

A esas personas debería rendir culto la historia y borrar el nombre de Stalin y los demás para siempre.

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